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El amor en tiempos del verbo

Miriam Camelo

Poeta recién llegado
Amado mío, esta tarde noche de sábado es fría.
El viento corea su mejor canción,
sacude las azaleas del patio,
eriza los nidos que flotan entre el follaje
y se escucha la danza de los pasos
que vienen y van por las callejas,
las risas núbiles se esfuman,
a través de las ventanas
iluminan opacas, luciérnagas silentes
de casas contiguas a la nuestra.
Un grillo solitario trova, persiste
aguarda tranquilo, su eco se escucha
más allá de las lindes del vecindario.

Amado mío, ignoro donde estás,
el alborozo del mundo se inviste de sombras
y no avizoro las arenas donde se marcan tus huellas.
Somero verso que huele a hábito
tu saludo de las mañanas,
la indiferencia casi roza mis vestidos,
pero algo nos retiene,
algo que no se ve, uno cerca del otro... ¡No es amor!,
quizás, la pausada soledad del invierno que se cierne,
la irremediable pérdida del color vivo, nos asiste,
ya no incomoda, no causa asombro, no se repele.
De tus ojos, el verde trigo, maduró hace meses,
hay más verdad en tus silencios
que en la escalera ondulante de disculpas.

Amado mío, no te necesito para vivir, tampoco necesitas de mí,
tan solo, el anhelo de compartir las cosas simples:
de las madrugadas y de los ocasos
de las canciones románticas, del florecer de los cerezos
de las lluvias por las noches, del esplendor en las mañanas
del matizado de los cielos y la dulzura de los duraznos,
todo ello y mucho más, queda atrás, se olvida
imágenes de mis sueños que viajan en tren.

¿Qué decir de la piel, de los huesos y la carne?
Crisol de amor entre sábanas.
Estaba bien todo,
linos arrugados en las medias noches de luna
y de los miércoles bajo el agua,
de los lunes, el desayuno y cena antes de la cena,
cuando el hambre de la piel era más fuerte.
Nos envolvía una alegría infinita de eneros,
la romería de besos, las oraciones al oído,
breviario de caricias y el pulso de las olas en el cuerpo.

Amado mío, en estas largas horas de madrugada
no basta cerrar los ojos para morir.
¿Entonces, el dueño de la herida quién es?
¿El que sufre la indiferencia o el que se aleja para vivir?
Cara y sello del destino
vuela por la distancia, la moneda del azar.
No se puede improvisar un adiós, algo nos retiene,
la saga de la costumbre
y el rayo de luz del verbo, de ese verbo transitivo,
ser y estar, de los dos.
 
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Amado mío, esta tarde noche de sábado es fría.
El viento corea su mejor canción,
sacude las azaleas del patio,
eriza los nidos que flotan entre el follaje
y se escucha la danza de los pasos
que vienen y van por las callejas,
las risas núbiles se esfuman,
a través de las ventanas
iluminan opacas, luciérnagas silentes
de casas contiguas a la nuestra.
Un grillo solitario trova, persiste
aguarda tranquilo, su eco se escucha
más allá de las lindes del vecindario.

Amado mío, ignoro donde estás,
el alborozo del mundo se inviste de sombras
y no avizoro las arenas donde se marcan tus huellas.
Somero verso que huele a hábito
tu saludo de las mañanas,
la indiferencia casi roza mis vestidos,
pero algo nos retiene,
algo que no se ve, uno cerca del otro... ¡No es amor!,
quizás, la pausada soledad del invierno que se cierne,
la irremediable pérdida del color vivo, nos asiste,
ya no incomoda, no causa asombro, no se repele.
De tus ojos, el verde trigo, maduró hace meses,
hay más verdad en tus silencios
que en la escalera ondulante de disculpas.

Amado mío, no te necesito para vivir, tampoco necesitas de mí,
tan solo, el anhelo de compartir las cosas simples:
de las madrugadas y de los ocasos
de las canciones románticas, del florecer de los cerezos
de las lluvias por las noches, del esplendor en las mañanas
del matizado de los cielos y la dulzura de los duraznos,
todo ello y mucho más, queda atrás, se olvida
imágenes de mis sueños que viajan en tren.

¿Qué decir de la piel, de los huesos y la carne?
Crisol de amor entre sábanas.
Estaba bien todo,
linos arrugados en las medias noches de luna
y de los miércoles bajo el agua,
de los lunes, el desayuno y cena antes de la cena,
cuando el hambre de la piel era más fuerte.
Nos envolvía una alegría infinita de eneros,
la romería de besos, las oraciones al oído,
breviario de caricias y el pulso de las olas en el cuerpo.

Amado mío, en estas largas horas de madrugada
no basta cerrar los ojos para morir.
¿Entonces, el dueño de la herida quién es?
¿El que sufre la indiferencia o el que se aleja para vivir?
Cara y sello del destino
vuela por la distancia, la moneda del azar.
No se puede improvisar un adiós, algo nos retiene,
la saga de la costumbre
y el rayo de luz del verbo, de ese verbo transitivo,
ser y estar, de los dos.


Una entrega íntima y muy sentida, plasmada hermosamente.
Gracias por compartir, ha sido un placer pasar.
Mis saludos más cordiales.
 
Amado mío, esta tarde noche de sábado es espléndida N
El viento corea su mejor canción,
sacude las azaleas del patio,
eriza los nidos que flotan entre el follaje
y se escucha la danza de los pasos
que vienen y van por las callejas,
las risas núbiles se esfuman,
a través de las ventanas
iluminan opacas, luciérnagas silentes
de casas contiguas a la nuestra.
Un grillo solitario trova, persiste
aguarda tranquilo, su eco se escucha
más allá de las lindes del vecindario.

Amado mío, ignoro donde estás,
el alborozo del mundo se inviste de sombras
y no avizoro las arenas donde se marcan tus huellas.
Somero verso que huele a hábito
tu saludo de las mañanas,
la indiferencia casi roza mis vestidos,
pero algo nos retiene,
algo que no se ve, uno cerca del otro... ¡No es amor!,
quizás, la pausada soledad del invierno que se cierne,
la irremediable pérdida del color vivo, nos asiste,
ya no incomoda, no causa asombro, no se repele.
De tus ojos, el verde trigo, maduró hace meses,
hay más verdad en tus silencios
que en la escalera ondulante de disculpas.

Amado mío, no te necesito para vivir, tampoco necesitas de mí,
tan solo, el anhelo de compartir las cosas simples:
de las madrugadas y de los ocasos
de las canciones románticas, del florecer de los cerezos
de las lluvias por las noches, del esplendor en las mañanas
del matizado de los cielos y la dulzura de los duraznos,
todo ello y mucho más, queda atrás, se olvida
imágenes de mis sueños que viajan en tren.

¿Qué decir de la piel, de los huesos y la carne?
Crisol de amor entre sábanas.
Estaba bien todo,
linos arrugados en las medias noches de luna
y de los miércoles bajo el agua,
de los lunes, el desayuno y cena antes de la cena,
cuando el hambre de la piel era más fuerte.
Nos envolvía una alegría infinita de eneros,
la romería de besos, las oraciones al oído,
breviario de caricias y el pulso de las olas en el cuerpo.

Amado mío, en estas largas horas de madrugada
no basta cerrar los ojos para morir.
¿Entonces, el dueño de la herida quién es?
¿El que sufre la indiferencia o el que se aleja para vivir?
Cara y sello del destino
vuela por la distancia, la moneda del azar.
No se puede improvisar un adiós, algo nos retiene,
la saga de la costumbre
y el rayo de luz del verbo, de ese verbo transitivo,
ser y estar, de los dos.

Espléndida poesía. Un placer. Saludos
 
Amado mío, esta tarde noche de sábado es fría.
El viento corea su mejor canción,
sacude las azaleas del patio,
eriza los nidos que flotan entre el follaje
y se escucha la danza de los pasos
que vienen y van por las callejas,
las risas núbiles se esfuman,
a través de las ventanas
iluminan opacas, luciérnagas silentes
de casas contiguas a la nuestra.
Un grillo solitario trova, persiste
aguarda tranquilo, su eco se escucha
más allá de las lindes del vecindario.

Amado mío, ignoro donde estás,
el alborozo del mundo se inviste de sombras
y no avizoro las arenas donde se marcan tus huellas.
Somero verso que huele a hábito
tu saludo de las mañanas,
la indiferencia casi roza mis vestidos,
pero algo nos retiene,
algo que no se ve, uno cerca del otro... ¡No es amor!,
quizás, la pausada soledad del invierno que se cierne,
la irremediable pérdida del color vivo, nos asiste,
ya no incomoda, no causa asombro, no se repele.
De tus ojos, el verde trigo, maduró hace meses,
hay más verdad en tus silencios
que en la escalera ondulante de disculpas.

Amado mío, no te necesito para vivir, tampoco necesitas de mí,
tan solo, el anhelo de compartir las cosas simples:
de las madrugadas y de los ocasos
de las canciones románticas, del florecer de los cerezos
de las lluvias por las noches, del esplendor en las mañanas
del matizado de los cielos y la dulzura de los duraznos,
todo ello y mucho más, queda atrás, se olvida
imágenes de mis sueños que viajan en tren.

¿Qué decir de la piel, de los huesos y la carne?
Crisol de amor entre sábanas.
Estaba bien todo,
linos arrugados en las medias noches de luna
y de los miércoles bajo el agua,
de los lunes, el desayuno y cena antes de la cena,
cuando el hambre de la piel era más fuerte.
Nos envolvía una alegría infinita de eneros,
la romería de besos, las oraciones al oído,
breviario de caricias y el pulso de las olas en el cuerpo.

Amado mío, en estas largas horas de madrugada
no basta cerrar los ojos para morir.
¿Entonces, el dueño de la herida quién es?
¿El que sufre la indiferencia o el que se aleja para vivir?
Cara y sello del destino
vuela por la distancia, la moneda del azar.
No se puede improvisar un adiós, algo nos retiene,
la saga de la costumbre
y el rayo de luz del verbo, de ese verbo transitivo,
ser y estar, de los dos.
Intimista poema aunado desde ese amor que todavia es
ensoñación individual de momentos. me ha gustado.
saludos de luzyabsenta
 
JOSÉ LUIS GALARZA buenas noches. Gracias por llegar unos minutos a mi ventana. Me alegra mucho que haya sido de su agrado.
 
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