victorialozano
Poeta recién llegado
El amor no es una palabra que se pronuncia con facilidad, ni una promesa que el viento se lleva.
El amor es paciencia, porque sabe esperar cuando el corazón quisiera correr; porque comprende que las flores más hermosas no nacen en un solo amanecer.
El amor es bondad, es la mano que levanta sin recordar las caídas, el abrazo que sana sin preguntar cuántas veces fuiste herido.
El amor no conoce la envidia, porque se alegra cuando el otro sonríe. No necesita competir, porque entiende que cada alma tiene su propio tiempo.
El amor no presume, ni busca ser admirado. No grita para demostrar su fuerza, porque el amor verdadero habla más con sus actos que con sus palabras.
El amor no se llena de orgullo. Sabe pedir perdón, sabe reconocer sus errores y entiende que nadie es demasiado grande como para dejar de aprender.
El amor no humilla, no avergüenza, no hiere con palabras que después no puedan borrarse. Respeta incluso cuando duele.
El amor no vive pensando solo en sí mismo. Aprende a compartir, a escuchar, a dar sin calcular si recibirá lo mismo.
El amor no se deja gobernar por el enojo. Respira, espera, y recuerda que una palabra dicha con ira puede romper lo que años de cariño construyeron.
El amor no lleva un registro de las heridas. No guarda una lista de ofensas antiguas. Perdona, no porque olvide el dolor, sino porque decide que el rencor no tendrá la última palabra.
El amor no disfruta cuando alguien cae. Se alegra con la verdad, porque sabe que solo ella puede sostener un corazón.
Todo lo soporta, porque Dios le da fuerzas. Todo lo cree, porque aún en la oscuridad conserva la esperanza. Todo lo espera, porque confía en que Dios sigue obrando aunque los ojos no lo vean. Todo lo persevera, porque el amor no abandona en la primera tormenta.
Y entonces comprendemos que el amor del que habla la Biblia no es un sentimiento pasajero, sino una decisión diaria.
Es el reflejo del corazón de Cristo: amar cuando es fácil, amar cuando cuesta, amar incluso cuando duele, porque quien aprende a amar de esa manera ha comenzado a parecerse un poco más al Dios que primero nos amó.
El amor es paciencia, porque sabe esperar cuando el corazón quisiera correr; porque comprende que las flores más hermosas no nacen en un solo amanecer.
El amor es bondad, es la mano que levanta sin recordar las caídas, el abrazo que sana sin preguntar cuántas veces fuiste herido.
El amor no conoce la envidia, porque se alegra cuando el otro sonríe. No necesita competir, porque entiende que cada alma tiene su propio tiempo.
El amor no presume, ni busca ser admirado. No grita para demostrar su fuerza, porque el amor verdadero habla más con sus actos que con sus palabras.
El amor no se llena de orgullo. Sabe pedir perdón, sabe reconocer sus errores y entiende que nadie es demasiado grande como para dejar de aprender.
El amor no humilla, no avergüenza, no hiere con palabras que después no puedan borrarse. Respeta incluso cuando duele.
El amor no vive pensando solo en sí mismo. Aprende a compartir, a escuchar, a dar sin calcular si recibirá lo mismo.
El amor no se deja gobernar por el enojo. Respira, espera, y recuerda que una palabra dicha con ira puede romper lo que años de cariño construyeron.
El amor no lleva un registro de las heridas. No guarda una lista de ofensas antiguas. Perdona, no porque olvide el dolor, sino porque decide que el rencor no tendrá la última palabra.
El amor no disfruta cuando alguien cae. Se alegra con la verdad, porque sabe que solo ella puede sostener un corazón.
Todo lo soporta, porque Dios le da fuerzas. Todo lo cree, porque aún en la oscuridad conserva la esperanza. Todo lo espera, porque confía en que Dios sigue obrando aunque los ojos no lo vean. Todo lo persevera, porque el amor no abandona en la primera tormenta.
Y entonces comprendemos que el amor del que habla la Biblia no es un sentimiento pasajero, sino una decisión diaria.
Es el reflejo del corazón de Cristo: amar cuando es fácil, amar cuando cuesta, amar incluso cuando duele, porque quien aprende a amar de esa manera ha comenzado a parecerse un poco más al Dios que primero nos amó.