Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El amor nace conmigo, como una espina clavada en el costado, como un río que no sabe hacia dónde va pero insiste, terco, en buscar su océano. Lo llevo desde siempre, aunque a veces lo olvide, aunque lo entierre en las arenas movedizas del miedo o lo cubra con la costra dura de los días que no importan.
Nace conmigo, como la música que suena en una casa ajena, apenas un murmullo que se cuela por las ventanas cerradas. No lo pido, no lo invento, no lo espero: simplemente está ahí, latiendo como un reloj sin agujas, como el temblor en las manos que nunca acaba de desaparecer.
El amor me habita antes que los nombres, antes que los cuerpos. Nace conmigo, no por ti ni por nadie, no por un rostro ni una voz ni la promesa de lo eterno. Es una raíz que no precisa tierra, que crece hacia adentro y florece en la oscuridad, como si supiera que su única misión es ser, incluso cuando todo lo demás se desvanece.
Y ahí estoy, condenándome y salvándome a partes iguales, porque el amor me ha nacido tantas veces que ya no sé si soy yo quien lo carga o si es él quien me lleva a cuestas. Nace conmigo y me desborda; me obliga a buscarte en los pasillos de lo imposible, en los espejos que devuelven rostros que no son tuyos, en los silencios que gritan lo que no puedo decir.
El amor nace conmigo, pero no me pertenece. Es una herencia incómoda, un destino que no elegí y que, sin embargo, acepto. Porque en su luz, en su sombra, en su caos y su fulgor, soy más yo que nunca.
Y aunque el amor nazca conmigo, siempre termina muriendo en alguien más.
Nace conmigo, como la música que suena en una casa ajena, apenas un murmullo que se cuela por las ventanas cerradas. No lo pido, no lo invento, no lo espero: simplemente está ahí, latiendo como un reloj sin agujas, como el temblor en las manos que nunca acaba de desaparecer.
El amor me habita antes que los nombres, antes que los cuerpos. Nace conmigo, no por ti ni por nadie, no por un rostro ni una voz ni la promesa de lo eterno. Es una raíz que no precisa tierra, que crece hacia adentro y florece en la oscuridad, como si supiera que su única misión es ser, incluso cuando todo lo demás se desvanece.
Y ahí estoy, condenándome y salvándome a partes iguales, porque el amor me ha nacido tantas veces que ya no sé si soy yo quien lo carga o si es él quien me lleva a cuestas. Nace conmigo y me desborda; me obliga a buscarte en los pasillos de lo imposible, en los espejos que devuelven rostros que no son tuyos, en los silencios que gritan lo que no puedo decir.
El amor nace conmigo, pero no me pertenece. Es una herencia incómoda, un destino que no elegí y que, sin embargo, acepto. Porque en su luz, en su sombra, en su caos y su fulgor, soy más yo que nunca.
Y aunque el amor nazca conmigo, siempre termina muriendo en alguien más.