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El Amor y la Conciencia

Bender Carvajal

Poeta recién llegado
Debiéramos de vivir
con el encanto de las palomas
y cruzar entre los edificios
mirando al piso por alimento.
Debiéramos arrullar el sedimento
y posponer la noche de los augurios,
dejar que el hambre nos libere
de tanto canibalismo social
que nos aparta de tú y de mí,
y despertar por las mañanas
con aeroplanos de trigo
fundiendo los hijos que te regalo
y que tu vientre ingrato me los vuelve a negar.
Debiéramos escribir versos de cal,
cosechar metales con tijeras y cenizas,
dejar que la poderosa sien
ya no duela con recurrencias autobiográficas,
oprimir pájaros con la boca besadora,
contener el llanto incontenible,
y hacer el amor con laberintos de sangre
derramada como el sosiego…
Debiéramos de querernos y decirlo
con la frecuencia de los infartos
que sufre la tierra y ver el efecto telúrico
sobre nuestras pieles inamovibles,
deshacer los icebergs opresores de gargantas
y en lo posible ir al lecho
con las ganas del porvenir…
Debiéramos de considerar el odio,
recurso ilimitado de la complacencia
como una opción viable
y no como la supremacía de lo detestable…

El amor no debiera de desesperarnos.
Más duelen los azules adormecimientos
del alma que conspira contra todo
que la matemática insostenible
de las espigas con que me clavas el iris,
como una estaca entre los párpados
para que no te olvide.
Debiéramos de ser millonarios
y de esta pobre pobreza que nos cercena
reírnos boca arriba
como dos cerdos hastiados
del afrecho salado tibio dulce de nuestros cuerpos,
ser eternamente ricos y no padecer el hambre
de peceras con papilas gustativas
que se alimentan de anfibios tutelares;
debiéramos no estar condenados
a ser tan frágiles frente al silencio
y tener las auroras necesarias
para que todo lo que comienza en beso
destilado sobre la almohada
no acabe siendo pecado maratónico del arrepentimiento.

Tal vez debiéramos abortar las cadenas
del exiguo pecho que oscurece el alma,
detener el lejano y mínimo suculento
placer con que te adoro,
someter el sexo y la alquimia,
suturar pezones contra palmas elevadas,
y penetrar sin la devota convicción
de que tal vez debiéramos
matar de una buena vez
lo que incesantemente nos agoniza.
 
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