El amor

Tomasa

Poeta recién llegado
Que si hielo abrasador,
que si fuego helado,
que si quien lo probó lo sabe;
la verdad es que acerca de este sentimiento
han corrido ríos de tinta y de tantos
que padecieron su dulce tiranía.

Es ese malo conocido y bueno por conocer,
el que suele acabarse mucho antes
de que todo haya acabado oficialmente,
el que tan pronto te alegra la existencia
como acto seguido te la amarga
en perfecta solución de continuidad.

En el fondo no le interesan
ni la cantidad ni la calidad;
es la novedad lo que le mueve,
y hace muy buenas migas
con el dinero.

Su peor enemigo es el aburrimiento.

No tiene principios ni lealtades, ni le concierne
la igualdad en absoluto; solo aspira
a más de lo que puede, aunque lo normal
es que tenga que conformarse con quien es.

Es un tierno déspota esclavo del capricho
y está dispuesto a todo
con tal de conseguir sus objetivos;
capaz de obras heroicas y gestos luminosos,
así como de infamias, traiciones y locuras.

No se puede confiar en el amor.

Su entusiasmo es intenso pero breve,
y encontrará otro objeto de deseo
en cuanto necesite volver a las andadas.

Utiliza despiadado la hermosura
para manipularnos, seduciendo
a nuestra voluntad desorientada
con su birlibirloque de espejismos,
con prestidigitación de nuestro origen.

A pesar de su naturaleza tan mezquina,
ha sido siempre la luz de los poetas.

Cuando no logra salirse con la suya,
cuando se frustra durante mucho tiempo,
a menudo se vuelve un tipo peligroso
al que llaman odio.

No es malo ni bueno,
sino ambas cosas juntas a la vez,
igual que el corazón donde se aloja.

Un porfiado misterio al que le cuesta
tirar la toalla con los años.

Lo más parecido a la felicidad
consiste en aprender a tolerarlo,
a convivir con él.

Suele rondarme, tratando de influirme,
y yo procuro hacerme el distraído.

No es para tanto,
ya se cansará.









 
Última edición:
Que si hielo abrasador,
que si fuego helado,
que si quien lo probó lo sabe;
lo cierto es que acerca de este sentimiento
han corrido ríos de tinta y de tontos
que hasta perdían sus vidas por su causa.

Es ese gran malo conocido o bueno por conocer,
aunque en general solo podamos agarrarnos,
en el mejor de los casos, a definiciones legendarias,
al relato de romances más o menos fantásticos,
los mitos que sobre él a través del tiempo
ha ido edificando, con mayor o menor fortuna,
la experiencia de quienes nos precedieron,
de cuantos gozaron y sufrieron su dulce tiranía.

Decía Marx sobre la era moderna
que "todo lo sólido se desvanece en el aire,
todo lo sagrado es profanado,
y los hombres se ven forzados a considerar
sus condiciones de existencia
y sus relaciones recíprocas con desilusión...",
y de alguna manera, uno siente,
como hijo de su tiempo,
que lo mismo le sucede al amor,
esa relación humana fundamental,
sin la cual no es posible explicarnos.

Al margen de lo que el amor sea o deje de ser,
el secreto, en todo caso, para una relación
lo más estable posible en este mundo tan líquido,
donde la solidez del amor, a menudo,
se reduce al descarte de candidatos en Tinder,
al aquí te pillo y aquí te mato,
donde hemos pasado de Calisto y Melibea
a lencería mínima con corazoncitos de colores,
el secreto, decíamos, se cifra
en disimular, a largo plazo, con arte
el monstruo del mutuo desprecio,
en mantenerlo a raya, en amarrarlo en corto
cuando quiera saltar a la yugular de su presa,
porque, con el tiempo, y más temprano que tarde,
el monstruo querrá hacer de las suyas
muchas, pero que muchas veces.

No son tiempos para ese amor
que los poetas de otros tiempos nos legaron;
tal vez su prestigio de dios caprichoso
que transmutaba el alma en un prodigio
de reacciones alquímicas contradictorias,
haya menguado irremediablemente,
amén de una condición virtual
donde hasta lo más sólido
que creíamos conocer se desvanece,
como las cenizas al aire de un poema
que nadie se detiene ya a leer.
Mucha verdad y gran final sus apuntes.
Líneas reflexivas.

Saludos
 

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