noxifer
Poeta recién llegado
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EL ANDRÓGINO NEGRO
EL ANDRÓGINO NEGRO
[FONT="]TRAGEDIA EN CUATRO POEMAS, UN CUENTO Y DOS EPÍLOGOS.
Ella hacía magia y él poesía. A ambos les gustaba sentir el ritmo oculto del silencio. Cuando caía la noche cada uno se encerraba en su habitación a desentramar los filamentos del sueño; de ese mundo que los había escogido para traspasar sus barreras y poder alcanzar nuevos estados de conciencia, más allá de la vida, la muerte o la materia.
Ella, se concentraba para penetrar con su energía las regiones primigenias de los seres y las cosas; él se concentraba para convertirse en el canal puro por el cual los dioses le hablaran a los hombres; ella detenía su mirada en algunos astros y arcanos que la observaban en el cielo desde su ventana; él leía en su cama a uno de sus muchos poetas muertos y soñaba con las musas que le hablaban. Ambos se preguntaban cada vez que despertaban “¿Qué hay más allá de la vida, de esta irrealidad, de esta mentira?” Sólo ellos llegaban siempre a esta misma pregunta debido a que no eran seres diferentes o seres a parte, si no dos seres únicos que tenían la misma extraña sangre: la misma esencia indivisible que los atraía y los complementaba. Porque eran los últimos herederos de un antiguo ser andrógino que tenía dos rostros, cuatro brazos y cuatro piernas pero que al querer escalar el cielo desafió a los dioses y se convirtió en el padre y la madre de los hombres, luego de ser condenado a vagar dividido por el mundo buscando su otra mitad perdida; condenado a buscarse en vida para volver a ser un solo ser como su destino. Por esto, a pesar de que los dos jóvenes sólo se habían visto un par de veces por la calle, de noche se buscan en el sueño y en la vigilia, llamándose entre los susurros del viento nocturno, la lluvia del sino y las sombras de la locura; sin importar que en el mundo exterior no encuentren aún los medios ni las razones para poder conocerse y comunicar esas palabras, esas miradas y esa soledad compartida que permitiría aquella unión tan añorada.
Tu eres mi pasado,
mi presente
y mi futuro.
Tu eres mi vida,
mi muerte
y mi resurrección.
Pero no eres mía
y nunca lo serás,
sólo sé que lejos existes.
Esa certeza eterna
que será por siempre mi pena,
será mi redención.
Pues no deseo poseerte ni exhibirte,
tan sólo quiero contemplarte:
Contemplarte cuando amanece;
cuando el alba me sonríe en silencio,
cuando el silencio sonríe amaneciendo,
cuando nuestras miradas lejanas se unen,
cuando lejana me sonríes y me miras.
Cuando el sueño conjuga nuestros pasos
como dos brillantes estrellas
de una misma constelación.
Como dos extraños rumbos
de esa misma vía sin división.
No deseo poseerte ni exhibirte
en esta eterna noche blanca,
en esta noche clara sin alba.
Tan sólo deseo contemplarte,
Sin fin ni tiempo;
Pues tu eres mi tormento indefinible,
tu eres mi arte y mi aliento.
Y aunque no lo sepas…
te quiero.
Y, mientras esperaban a que el momento llegara, él le seguía dedicando poemas a esa joven misteriosa: a veces le hacía versos a sus ojos, a sus vestidos oscuros, a su cuerpo esbelto, a su cabello suelto, a sus labios escarlata o hasta la forma cómo lo miraba. Ella, en cambio, pensaba en él mientras le dedicaba algunos de sus hechizos, le materializaba regalos secretos y le recitaba augurios y protecciones para cada parte de su cuerpo y de su alma: para sus manos finas, para sus ojos negros, para esos brazos y labios que anhelaba sentir entre los suyos y para esa mirada soñadora que siempre buscaba entre las últimas sombras del alba. Él se imaginaba con ella, trazando planes, diálogos, acciones, entre caricias y situaciones que terminaban confluyendo en ríos cristalinos de tonos, ritmos, figuras y tiempos, que desembocaban a su vez en el océano del verso. Ella pasaba muchas noches en vela creando aquél peligroso filtro de amor prohibido, que debía hacer que el que lo bebiese alcanzase el todo con la persona amada: embriagándolo y uniéndolo para siempre con su otra mitad hasta después de la muerte de la muerte, o eso ella creía, y no se equivocaba.
No sé si ya es suya mi realidad,
No sé si yo la sueño o soy el sueño,
sólo sé que de mi ser no soy dueño
cuando me besa sin ley ni piedad.
Sé que me invoca entre la oscuridad,
que me mata y revive con empeño,
con su mirada cual ardiente leño
que quema mi alma y mi corporeidad.
Pero aún así añoro su prisión,
al pensar como sueño o sonrío
al hilvanar besos sin su pasión.
Y si me llega a abrazar con su frío
yo abrasaré con mi fuego su corazón
y (destruyendo este soneto)
uniré para siempre su amor al mío.
Así consumían ambos sus energías, hasta que una noche clara y serena por fin se conocieron en una feria. Él buscaba, entre la algarabía y el gentío, dejar reposar por esa noche a la musa que todo ese tiempo no había parado de susurrarle versos en su mente; de repente su mirada se posó en la de aquella joven de negro que esperaba sentada debajo de un letrero que decía que allí se leía el destino. Así se encontraron sus miradas, por unos minutos que podrían haber sido fugaces y a la vez eternos; y sin saber que hacer o decirse ella terminó invitándolo a que él se sentara para leerle su suerte.
Ahora se miran de cerca, él lo hacía pálido y nervioso como un borrador de nata que añora que su lápiz se equivoque para poder ir a frotarse con su rastro; ella por su parte lo mira anclada al suelo como si fuera un barco que le gustara naufragar por el cielo, a la deriva entre las nubes y el viento.
Y cuando ella llegó a su casa recordando las palabras y miradas que se había cruzado con el joven que tanto tiempo había esperado se dio cuenta muy alegre y contenta que los buenos augurios que le habían dado las cartas se estaban cumpliendo, y por ello les agradeció a los dioses con una profunda reverencia; pero luego recordó que las cartas le habían advertido que su alegría estaba teñida de una posible desgracia, fulgor de su memoria que, si bien por un momento le preocupó, después de unos instantes dejó atrás ya que muy pronto el deseo la sumergió en el ensueño: imaginó como sería la próxima cita que ellos dos habían pactado, pues antes de que ella comenzara a leerle las cartas él le había propuesto que se vieran de nuevo en otro sitio más silencioso donde le pudiese vaticinar con más tranquilidad su futuro. Y ella aceptó, por supuesto.
Esa tarde en ese bosque solitario, cuando se encontraron, ella estaba hermosa, mucho más de lo que él la había podido imaginar; y él no podría estar igual de radiante que ella pero de igual manera ella tenía la capacidad para verlo por dentro, mucho mejor que por fuera y por eso colmo parte de sus ansias al poder tocar de nuevo sus manos con su mirada interna. Juntos pasaron esa tarde sin hablar de arcanos, visiones o futuros hasta que el rojo bañó las montañas y guardaron un silencio solemne ante el glorioso fin del día y el nacimiento augusto de las primeras estrellas nocturnas; esas luces nuevas que si bien los dejaba fundirse por un instante con el inmenso firmamento también les recordaba que ya debían partir y alejarse para luego allí mismo volver a encontrarse.
De esta manera siguieron citándose en ese mismo bosque silencioso, aunque pasaba el tiempo y a pesar de que cada vez sus abrazos se acercaban más aún no se sentían preparados para regalarse aquello con lo cual habían suspirado, velado y consagrado con tanto afecto en todas esas noches de vigilia; de hecho cada vez que regresaban a sus casas con el regalo prometido de nuevo en sus manos pasaban el tiempo retocándolo, a veces destruyéndolo y otras embelleciéndolo hasta que el alba se presentaba y el sueño de nuevo los llamaba.
Un suspiro compartido
fue la flecha.
Un infinito distraído
fue el blanco.
Y lo único que quedó,
sombrío, oscuro, solitario,
fue un silencio.
Un silencio pensativo, tímido, ermitaño.
Un silencio perdido.
Entre un cielo recién pintado
con la espuma de un sueño
y el calor de un aliento.
Entre la fuerza de una mirada
y el fulgor de un verso;
un verso oscuro y secreto,
por supuesto.
Un verso ígneo, ardiente, apasionado
que conjugó a dos seres
trazando locuras,
trazando conspiraciones.
Mientras ocultaban:
extraños sombríos placeres,
sonrisas cómplices,
miradas pícaras,
abrazos abrasadores.
Porque hasta la luna,
supiera lo que supiera,
nunca contaría
lo que en secreto compartían.
Porque hasta el silencio
escuchara lo que escuchara
Nunca revelaría
lo que sólo ellos sabían.
Ocultarían al mundo y al viento
sus dos pares de huellas,
sus dos agitados corazones,
sus dos cuerpos en vela.
Entre versos profundos,
entre palabras cifradas.
En rincones ocultos,
en miradas disfrazadas.
Y así,
por los siglos de los siglos,
la noche y el tiempo
esconderán aquél fuego:
aquél aliento ardiente,
aquél oscuro juego.
Porque así,
por los tiempos de los tiempos,
besándose ocultos,
besándose en silencio,
ellos eternizan juntos
aquél delirio prófugo;
aquél amor secreto.
Pasaron los días y los meses hasta que un día él despertó presto a enfrentar su timidez y su miedo, al percibir desde su ventana al amanecer más hermoso y triunfante que nunca nadie antes había visto ni vería; y estuvo contemplando aquél nacimiento hasta que el sol subió a su altísimo trono y reinó por completo; e incitado por esos matices, flujos y energías que penetraron en lo profundo de su espíritu él juró que ese día le donaría y le expresaría a la joven hechicera todo lo que él había guardado todo este tiempo entre la soledad, el devenir y la ausencia: todos aquellos versos y sentimientos que ya lo amenazaban con quemarlo por dentro, dejándolo hecho cenizas y polvo. Este era el día, el que los dioses le ofrecían para por fin poder intercambiar sus máximos dones con el único ser que ansiaba y quería.
Así él la llamó esa mañana y le propuso que se vieran ese mismo día. Y, a pesar de que nadie más sabía que él escribía poesía, esa tarde él le confesó ese secreto y todo lo que siempre había sentido hacia ella. Y así, para cerrar la unión que el joven pretendía forjar con la hechicera, él quiso regalarle con un beso ese máximo poema, aquél que a él le había podido hacer sonreír en las más negras noches de melancolía o tristeza; su más sublime creación, pues para él este era el que mejor esbozaba lo que siempre había sentido por ella, idealizando el mundo hasta llevarlo más allá del umbral de las palabras. Ella por su parte estaba tan atraída con esa brillante mirada decidida, que no tuvo en cuenta las señales y advertencias que noches antes le habían dado los dioses a través de las cartas y se decidió también a regalar nada más ni nada menos que esa pócima de amor, ese tatuaje líquido imborrable; ese recuerdo que para siempre les iba a dejar grabado en sus almas ese máximo filtro y que sólo necesitaba una de sus gotas para, hasta en el corazón más apagado, incitar la más fuerte liberación ante el ser amado, fusionando cualquier pareja de almas divididas pero añoradas.
De esta manera, cuando él apartó su mirada de ella para sacar su poema de donde lo había guardado con tanto cuidado, la maga llenó las dos copas de vino con aquél líquido extraño y amargo, aunque excediendo involuntariamente la dosis en una copa más que en la otra, convirtiéndose ésta en la carta invertida. En una de las dos copas se ocultó aquella poción de amor y él, sin saber que estaba listo en su copa el gran regalo que le esperaba sacó su poema y se lo extendió a la joven con su corazón agitado y sus manos nerviosas; ella lo recibió y lo leyó en silencio cerrando el último verso con un largo beso, un beso hirviente y apasionado que hizo palidecer a muchos de los mares que hoy se besan y abrazan en cada estrecho que la tierra y el cielo los dejan. Así la joven hechicera se convirtió para siempre en el último ser vivo sobre este mundo que pudo posar sus ojos, y su alma sobre esos versos y esos labios: fragmentos de fulgores divinos que le sacaron instantáneamente aquella sonrisa y aquella mirada que nadie vivo podría ahora describir con palabras. Ella guardó con mucho cuidado el poema y sonriendo tomó su copa y le dijo que brindaran. Y mutuamente subyugados, él por esa sonrisa y aquellos labios embrujados y ella por esa voz y ese poema que desde ese momento quedaría inscrito en su memoria, chocaron sus copas y tomaron hasta el fondo de aquella esencia misteriosa.
Y si las palabras pudiesen llegar igual de alto como hasta el lugar donde juntos alcanzaron con aquella pócima secreta, el joven seguramente las habría podido utilizar para hacer el último verso que le faltaba a su poema. Pero si bien alcanzaron unidos por un pequeño instante la cima del todo con aquél regalo escondido, el poder del filtro fue tal que él no pudo soportar la alta concentración de sensaciones y de movimientos que de su sangre pasaron a circular descontrolados por su alma y su cuerpo; fuerza que, sumada con la que desde mucho antes se revolvía naturalmente en su corazón, hizo que éste último estallara, dejándolo sin vida al poco tiempo de tocar con ella ese cielo, ese ocaso y esa trampa. Porque eso era lo que las cartas le habían advertido: que si ella no tenía cuidado con sus deseos ellos dos ya no se verían en este mundo como antaño sino que sólo se podrían volver a encontrar entre la niebla, la eternidad y el silencio.
Algunos dijeron que él había fallecido debido a una extraña enfermedad cardiaca ya que según ellos el joven debía haber estado grave desde hace mucho tiempo; y de hecho no estaban muy lejos de la verdad, aunque ésta ya a nadie le importaba. Lo que importaba era que él estaba muerto y que ella lo había matado aunque nadie le creyera; aunque nadie la culpara. Y el día de su entierro sólo esa joven estuvo presente en el cementerio deshecha por el llanto, las recriminaciones y los lamentos ante el féretro de su poeta, de su único amado. Y así, allí mismo, arrodillada y con el poema mojado entre sus manos, juró ante su tumba y ante cualquier espíritu, demonio o dios que existiera que ella lo reviviría así tuviera que pagar el precio con su propia vida.
Por esto, en medio de muchos días sombríos, embargada por la tristeza, la culpa y la pena ella investigó sobre la resurrección de la materia en todos los libros de ocultismo, nigromancia y magia negra, a pesar de que su maestro le había dicho que para cualquiera de nosotros los seres humanos era imposible hacerlo aunque el precio que se pagara fuese demasiado alto. Pero a ella ya no le importaba los consejos que le daban los mortales y por mucho tiempo siguió estudiando todo aquello para desentramar los diversos secretos prohibidos. Y una noche, nublada por la desesperación y la tristeza por fin creyó saber como revivirlo aunque para ello debía sacrificarle al cadáver de su amado una parte de su propia alma.
Y cuando por fin había llegado el momento para el que se había preparado durante todos esos años, ella entró al cementerio una fría noche de luna llena luego de hacer que unas nubes negras la resguardaran de las miradas ajenas. Pero no pudo contener sus lágrimas al leer en la tumba que buscaba aquél epitafio que con su sangre y sus uñas ella le había dejado grabado en una de sus tantas noches de locura: “Volveré para que vuelvas.” Luego de unos minutos que le dedicó en silencio preparó los elementos rituales que iba a necesitar para esa noche y procedió a sacar de su tumba entre las lágrimas y el dolor al ser amado que, para su asombro, parecía conservarse en perfecto estado; de hecho, bañado por los rayos de la luna llena él le parecía mucho más hermoso de lo que recordaba, a pesar de su palidez extrema y la vacuidad de sus venas; ilusión fatal que luego cargaría lo poco que le quedaba de vida de más pena, angustia y tristeza.
Ella utilizó todas sus energías conjurando diversas fuerzas y, atándolo con parte de su alma, de sus propios sueños y de sus memorias, dio inicio el ritual de resurrección, aunque sabiendo que si se quedaba muy cerca del cuerpo cuando este despertara a la vida podía hacer que el alma conjurada se alejara para siempre, haciendo que todo así se acabara. Pero esa madrugada ella se esforzó con todo su cuerpo y su alma a pesar de que aún el cadáver no daba signos de que el ritual funcionara; pero siguió trabajando con los conjuros, las esencias y todas sus artes mágicas sin detenerse a pesar de que sus ojos estuviesen deshechos de tanto llorar y su voz y sus puños lacerados por las recriminaciones, la angustia y los lamentos.
Y cuando ya físicamente no podía aguantar más el dolor y el tormento de sus labios y sus dedos ensangrentados, cuando ya había perdido su última esperanza, cuando creía que no lo conseguiría pues el plazo se acababa ya que los primeros rayos de la aurora llegaban, ella vio, o creyó ver, que él empezaba a mover sus labios lentamente en busca de su aire; y no se pudo contener al ver que lo había logrado y lo besó y lo abrazó como si fuese el viento que conoce por primera vez al fuego. Pero a pesar de que los mensajeros de los dioses que le ayudaban le susurraron a gritos que se apartara, no hubo fuerza viva o eterna que hubiese podido hacer que ella parara de besarlo, lo que significó su desgracia, lo que significó su caída. Porque pronto ella se dio cuenta que, si bien tal vez él había abierto sus ojos y sus labios ya era muy tarde pues todo se había vuelto a cerrar y se marchitaba, acabando para siempre con el poder de aquél hechizo y con la única esperanza que le habían otorgado aquellos compasivos dioses, demonios o espíritus.
Y a pesar de llorar hasta acabar sus lágrimas y comenzar a teñir al frío cuerpo de su amado con sus lágrimas de rojo escarlata, ella ya no pudo hacer más que lamentarse ante las fuerzas que le habían ayudado para que el conjuro funcionase por un breve momento; y gastando sus últimas energías lloró y rogó ante la luna, ante los muertos, ante la noche y ante el viento. Pero todo fue en vano; todo fue a parar al silencio.
Ella había viajado por el tiempo
entre mi sueño despierto.
Hasta mi cuerpo desierto
ella había viajado por mi aliento.
Y un beso suyo fue el embrujo;
un beso de aquellos
que destruyen vientos
y destruyen mundos.
De esos que reviven
a esos desgraciados
que al igual que yo,
suspirando solos,
hemos sido enterrados.
De esos besos que
a pesar de lo viejos
o a pesar de los años,
nos hacen salir prestos
de nuestros retratos.
Un soplo divino
que pasó volando
debajo de piedras,
encima de maderas,
sobre lápidas,
sobre hierbas.
Abriendo sepulturas,
profanando altares.
Atravesando tumbas,
rompiendo cristales.
Y mientras sus labios
reposaron ensangrentados
sobre mis labios;
y mis párpados
se tocaron extasiados
sobre sus parpados;
y nuestros dedos
se juntaron tímidos:
se entrelazaron,
su oscuro cabello
se posó sobre mi rostro
mientras el tiempo
nos dejaba su maldito sello,
despertándome,
despertándome muerto,
de ese vuelo tan hermoso,
a este mundo tan incierto.
Y desde entonces
vagando por todos sus sueños
la beso en silencio.
Desde entonces
volando por todos los cielos
le canto entre el viento.
Porque desde entonces
soy sólo un sueño despierto.
Desde entonces
soy un suspiro entre su aliento…
* * *
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