De una tétrica cueva plagada de ominosos murciélagos negros, una mujer de tez ceniza se va desvistiendo para reflejar su luminosa alma en el espejo del clamor infinito. Así hace. Y he aquí que se le presenta el demonio a contraluz de la malévola lámina susurrando versos de impudicia y amor salvaje. Ella toma belladona, mientras el ser infernal atraviesa el plato acuoso de las maravillas. Entonces agarra a la doncella y la tumba boca abajo para copular con ella. A pesar de la fragorosa resistencia, la fémina, al final, cae bajo el siniestro embrujo sexual del diablo. Dejándola preñada con la semilla de la que provocará el nacimiento, en comunión con la matriz profunda, del Anticristo. Pasan dos plenilunios y al tercero, ella pare en el nicho de los ahorcados un ser aberrante con una cornamenta de oro, ojos de fuego, labios de diamante... y lo único que dice para estupefacción de su insólita madre es la palabra ¡sangre!.