El antiguo hombre de la Luna

Beckman

Poeta recién llegado
El antiguo hombre dela Luna


Hace muchísimo tiempo, en la profundidad del espacio… Hace muchísimo tiempo, entre todos esos astros celestes que a menudo iluminan la inmensidad de los cielos… una estrella, vieja y fatigada, estaba a punto de desaparecer. Sin embargo, aunque se encontraba al borde del último aliento, se negaba rotundamente a aceptar su destino. El deseo de seguir existiendo se volvió tan fuerte, tan necesario, que sus astros hermanas acudieron en su ayuda. Una transformación estaba a punto de producirse, un cambio que le permitiría renacer dentro de una nueva envoltura.


El astro en cuestión emprendió un viaje vertiginoso hacia la Luna. Allí, en la tierra lunar, cayó. El universo, conmovido por su deseo de renacer y por la prueba de amistad de sus hermanas, decidió ignorar las leyes de la naturaleza y aprobar su regreso a la vida. Así, la estrella que reposaba ahora sobre las arenas lunares comenzó a abrirse, y de su cáscara emergió una silueta casi cómica.


Era un hombrecito diminuto, un anciano con la barba blanca como las nubes y una larga cabellera negra como la noche. Un ojo azul y el otro violeta. Orejas con forma de tréboles, una nariz pequeña y ligeramente respingada. Sus manos, largas, finas y firmes. Sus pies diminutos, así como sus brazos y piernas, mostraban leves deformaciones, pero su fuerza mental era única. Poseía poderes que desconocía, y también podía hacer uso de los poderes de los demás. La estatura de aquella criatura no superaba los setenta y trescentímetros.


Su deseo había sido cumplido, pero todo regalo exige un precio. El universo, en compensación, lo nombró vigilante de la Luna y le prohibió utilizar la magia de los astros hermanas para modificar su cuerpo, abandonar el puesto que se le había asignado, y sobre todo, emplear sus poderes para buscar una compañera. En aquel instante, el pequeño hombre no comprendió nada de lo que se le había dicho. Estaba tan emocionado por su nueva existencia que saltaba y danzaba de alegría como un feliz idiota.


Durante largos años, el hombrecito cuidó de la Luna y de sus astros hermanas. Nada perturbó su tranquilidad. Cada instante de su nueva existencia estaba perfectamente ordenado por actividades sucesivas. Paseaba, conversaba con las estrellas, hacía su ronda, fiel a su puesto, y danzaba durante la noche. A veces escuchaba con atención el soplo del viento, y en ese momento se dejaban oír sonidos de pequeñas voces y gritos misteriosos. Para la criatura, aquella mezcla era una música deliciosa. Creía que esa melodía provenía de las almas que flotaban en el espacio.


El hombrecito jamás pensaba en la soledad; no sentía la necesidad de un contacto, la curiosidad de descubrir le era ajena. La reflexión y la búsqueda nunca rozaron su espíritu. No era más que el hombre de la Luna.


El espacio de dos metros cuadrados

Un día, el destino, fuera de sí al ver que aquella criatura no evolucionaba, desafió al universo y abrió una brecha en el espacio. Esa brecha quedó conectada por dos vínculos directos entre dos pequeñas aberturas: una sobre las arenas lunares, y la otra en un espacio de dos metros cuadrados situado en algún rincón de una vieja casa en la Tierra. El largo túnel y la brecha tenían exactamente la anchura necesaria para que la criatura pudiera deslizarse por ellos. Quizá una nueva oportunidad de vida se le ofrecía.

Aquel espacio de dos metros cuadrados se había formado yalimentado durante más de un siglo con historias fantásticas queuna dulce anciana contaba a un niño para alejar los monstruos queacechaban sus noches. En ese lugar enigmático, gnomos y hadas vivíanen perfecta armonía. Se habían escapado de los libros de cuentospara construir ese espacio y, con sus poderes feéricos, desterrarpara siempre las pesadillas del pequeño, permitiéndole recuperar elsueño. Lo salvaron de una muerte segura por agotamiento.

El espacio de los gnomos y las hadas se convirtió en el corazón de la casa, y así sería protegido generación tras generación. Aquellos pequeños personajes que, mucho tiempo atrás, no eran más que invenciones para entretener a los niños, ahora se habían vuelto reales. Gnomos y hadas vivían juntos y tenían hijos. De esa unión, los hijos varones serían llamados enanos mágicos, y las hijas, hadas madrinas.

Cuando el niño creció, prometió cuidar del espacio feérico que también había protegido a su hijo, y luego a su sobrina. Todos juntos cuidaban de los niños y de los ancianos que habitaban la casa.

Nuestro destino nos pertenece

El destino albergaba la esperanza de que la soledad dejara de serle ajena, de que la criatura descubriera la brecha y contemplara la existencia del espacio de dos metros cuadrados. Una noche, el destino hizo que las pequeñas voces y los gritos misteriosos resonaran cada vez con más fuerza. Aquello que para el hombrecito de la Luna era una música deliciosa comenzó, poco a poco, a volverse casi insoportable. Quizá esas voces y esos gritos despertarían en él la curiosidad y lo obligarían a empezar a hacerse preguntas.


Las voces decían:


— ¿Qué harías si perdieras la razón?— ¿Qué harías si perdieras a tus amigas las estrellas, tu trabajo, tu vida?— Si de pronto te sintieras perdido en esta existencia solitaria y abrumadora que el universo ha diseñado para ti, ¿qué harías?— ¿Qué harías sin otro contacto que el de tus astros hermanas?— ¿Qué es una familia, qué es saltar de una alegría sincera?— ¿Lo sabes? ¿Lo sabrás algún día?


El hombrecito de la Luna ya no lograba conciliar el sueño ni pasear en paz. Las voces resonaban con tal intensidad que sus orejas temblaban. La angustia, el miedo, la soledad comenzaron a adueñarse lentamente de su espíritu. La reflexión y la búsqueda se volvieron prioritarias en los días siguientes. Tomó conciencia de su soledad; descubrió la tristeza. Apenas podía caminar por el dolor punzante que sentía en el pecho.


De pronto, durante una de sus rondas, cayó. Sin aliento, con un nudo en la garganta, intentó levantarse. Y entonces sus ojos se fijaron en la brecha que el destino había abierto para él. Se arrodilló y miró a través de ella. Descubrió el espacio de dos metros cuadrados. La presencia de aquel lugar desprendía una armonía
y una calma casi indescriptibles. La pobre criatura lloró de alivio. Ya no sufría. Por fin estaba en paz.


Comenzó a recordar su vida de estrella. Una vida que había sido gratificante. Un recorrido lleno de momentos vividos en plenitud. Todas aquellas noches en las que había contribuido a iluminar los juegos de los niños, los pasos de los jóvenes perdidos en su búsqueda diaria, los adultos confundidos en su intento de construir una vida soportable para sus familias. Los ancianos temerosos del mañana, otros locos de alegría al ver crecer a sus nietos. El destino le había ofrecido instantes prodigiosos. ¿Qué sentido había tenido prolongar su vida? Cada uno tiene su momento, y después llega el turno de otro.


Comprendió la miseria que estaba viviendo como vigilante de laLuna. Comprendió también que el destino no lo había abandonado, que estaba allí para él una vez más. Sin pensarlo dos veces, el hombrecito recurrió a sus poderes, se transformó en gnomo y, sin esperar, se deslizó por la brecha, que desapareció tras su paso.

En el espacio de dos metros cuadrados se encontraba una hada madrina sin compañero. Ahora está casada con el antiguo hombre de la Luna. Han tenido enanos mágicos y hadas madrinas. La criatura, ahora un gnomo feliz, utilizó por última vez sus poderes para dar vida a los insectos y a la fauna feérica de su nuevo universo.
 
El antiguo hombre dela Luna


Hace muchísimo tiempo, en la profundidad del espacio… Hace muchísimo tiempo, entre todos esos astros celestes que a menudo iluminan la inmensidad de los cielos… una estrella, vieja y fatigada, estaba a punto de desaparecer. Sin embargo, aunque se encontraba al borde del último aliento, se negaba rotundamente a aceptar su destino. El deseo de seguir existiendo se volvió tan fuerte, tan necesario, que sus astros hermanas acudieron en su ayuda. Una transformación estaba a punto de producirse, un cambio que le permitiría renacer dentro de una nueva envoltura.


El astro en cuestión emprendió un viaje vertiginoso hacia la Luna. Allí, en la tierra lunar, cayó. El universo, conmovido por su deseo de renacer y por la prueba de amistad de sus hermanas, decidió ignorar las leyes de la naturaleza y aprobar su regreso a la vida. Así, la estrella que reposaba ahora sobre las arenas lunares comenzó a abrirse, y de su cáscara emergió una silueta casi cómica.


Era un hombrecito diminuto, un anciano con la barba blanca como las nubes y una larga cabellera negra como la noche. Un ojo azul y el otro violeta. Orejas con forma de tréboles, una nariz pequeña y ligeramente respingada. Sus manos, largas, finas y firmes. Sus pies diminutos, así como sus brazos y piernas, mostraban leves deformaciones, pero su fuerza mental era única. Poseía poderes que desconocía, y también podía hacer uso de los poderes de los demás. La estatura de aquella criatura no superaba los setenta y trescentímetros.


Su deseo había sido cumplido, pero todo regalo exige un precio. El universo, en compensación, lo nombró vigilante de la Luna y le prohibió utilizar la magia de los astros hermanas para modificar su cuerpo, abandonar el puesto que se le había asignado, y sobre todo, emplear sus poderes para buscar una compañera. En aquel instante, el pequeño hombre no comprendió nada de lo que se le había dicho. Estaba tan emocionado por su nueva existencia que saltaba y danzaba de alegría como un feliz idiota.


Durante largos años, el hombrecito cuidó de la Luna y de sus astros hermanas. Nada perturbó su tranquilidad. Cada instante de su nueva existencia estaba perfectamente ordenado por actividades sucesivas. Paseaba, conversaba con las estrellas, hacía su ronda, fiel a su puesto, y danzaba durante la noche. A veces escuchaba con atención el soplo del viento, y en ese momento se dejaban oír sonidos de pequeñas voces y gritos misteriosos. Para la criatura, aquella mezcla era una música deliciosa. Creía que esa melodía provenía de las almas que flotaban en el espacio.


El hombrecito jamás pensaba en la soledad; no sentía la necesidad de un contacto, la curiosidad de descubrir le era ajena. La reflexión y la búsqueda nunca rozaron su espíritu. No era más que el hombre de la Luna.


El espacio de dos metros cuadrados

Un día, el destino, fuera de sí al ver que aquella criatura no evolucionaba, desafió al universo y abrió una brecha en el espacio. Esa brecha quedó conectada por dos vínculos directos entre dos pequeñas aberturas: una sobre las arenas lunares, y la otra en un espacio de dos metros cuadrados situado en algún rincón de una vieja casa en la Tierra. El largo túnel y la brecha tenían exactamente la anchura necesaria para que la criatura pudiera deslizarse por ellos. Quizá una nueva oportunidad de vida se le ofrecía.

Aquel espacio de dos metros cuadrados se había formado yalimentado durante más de un siglo con historias fantásticas queuna dulce anciana contaba a un niño para alejar los monstruos queacechaban sus noches. En ese lugar enigmático, gnomos y hadas vivíanen perfecta armonía. Se habían escapado de los libros de cuentospara construir ese espacio y, con sus poderes feéricos, desterrarpara siempre las pesadillas del pequeño, permitiéndole recuperar elsueño. Lo salvaron de una muerte segura por agotamiento.

El espacio de los gnomos y las hadas se convirtió en el corazón de la casa, y así sería protegido generación tras generación. Aquellos pequeños personajes que, mucho tiempo atrás, no eran más que invenciones para entretener a los niños, ahora se habían vuelto reales. Gnomos y hadas vivían juntos y tenían hijos. De esa unión, los hijos varones serían llamados enanos mágicos, y las hijas, hadas madrinas.

Cuando el niño creció, prometió cuidar del espacio feérico que también había protegido a su hijo, y luego a su sobrina. Todos juntos cuidaban de los niños y de los ancianos que habitaban la casa.

Nuestro destino nos pertenece

El destino albergaba la esperanza de que la soledad dejara de serle ajena, de que la criatura descubriera la brecha y contemplara la existencia del espacio de dos metros cuadrados. Una noche, el destino hizo que las pequeñas voces y los gritos misteriosos resonaran cada vez con más fuerza. Aquello que para el hombrecito de la Luna era una música deliciosa comenzó, poco a poco, a volverse casi insoportable. Quizá esas voces y esos gritos despertarían en él la curiosidad y lo obligarían a empezar a hacerse preguntas.


Las voces decían:


— ¿Qué harías si perdieras la razón?— ¿Qué harías si perdieras a tus amigas las estrellas, tu trabajo, tu vida?— Si de pronto te sintieras perdido en esta existencia solitaria y abrumadora que el universo ha diseñado para ti, ¿qué harías?— ¿Qué harías sin otro contacto que el de tus astros hermanas?— ¿Qué es una familia, qué es saltar de una alegría sincera?— ¿Lo sabes? ¿Lo sabrás algún día?


El hombrecito de la Luna ya no lograba conciliar el sueño ni pasear en paz. Las voces resonaban con tal intensidad que sus orejas temblaban. La angustia, el miedo, la soledad comenzaron a adueñarse lentamente de su espíritu. La reflexión y la búsqueda se volvieron prioritarias en los días siguientes. Tomó conciencia de su soledad; descubrió la tristeza. Apenas podía caminar por el dolor punzante que sentía en el pecho.


De pronto, durante una de sus rondas, cayó. Sin aliento, con un nudo en la garganta, intentó levantarse. Y entonces sus ojos se fijaron en la brecha que el destino había abierto para él. Se arrodilló y miró a través de ella. Descubrió el espacio de dos metros cuadrados. La presencia de aquel lugar desprendía una armonía
y una calma casi indescriptibles. La pobre criatura lloró de alivio. Ya no sufría. Por fin estaba en paz.


Comenzó a recordar su vida de estrella. Una vida que había sido gratificante. Un recorrido lleno de momentos vividos en plenitud. Todas aquellas noches en las que había contribuido a iluminar los juegos de los niños, los pasos de los jóvenes perdidos en su búsqueda diaria, los adultos confundidos en su intento de construir una vida soportable para sus familias. Los ancianos temerosos del mañana, otros locos de alegría al ver crecer a sus nietos. El destino le había ofrecido instantes prodigiosos. ¿Qué sentido había tenido prolongar su vida? Cada uno tiene su momento, y después llega el turno de otro.


Comprendió la miseria que estaba viviendo como vigilante de laLuna. Comprendió también que el destino no lo había abandonado, que estaba allí para él una vez más. Sin pensarlo dos veces, el hombrecito recurrió a sus poderes, se transformó en gnomo y, sin esperar, se deslizó por la brecha, que desapareció tras su paso.

En el espacio de dos metros cuadrados se encontraba una hada madrina sin compañero. Ahora está casada con el antiguo hombre de la Luna. Han tenido enanos mágicos y hadas madrinas. La criatura, ahora un gnomo feliz, utilizó por última vez sus poderes para dar vida a los insectos y a la fauna feérica de su nuevo universo.
Me ha gustado esa estrella fatigada que renace como un hombrecito lunar vigilante, dotado de poderes pero confinado por el universo.

Saludos
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba