En la candela de su viejo hogar, un ser avaricioso calienta sus huesos de latón. Corroídos por el frío invierno que a las afueras hace acopio de potestad inconcebible. Su mirada se pierde en el infinito cuarto. Atestado de trofeos de caza disecados y de deshilvanados libros mohosos. Cuenta con petulancia de sus manos de arena las monedas que sonsacó a una viuda con niños huérfanos de padre. Mientras está en tal vil quehacer suelta una risa descarada. Mete el dinero en una bolsa de cuero y se acuesta con esta en una profunda cama de pétalos de rosa. Pronto el sueño penetra en su blasfemo espíritu. Y, en un ca os de pesadillas sin fin, se ve a él mismo azotado por el demonio de la hipocresía. En los infiernos. Donde su cuerpo recibe, por cada incauto juego de engaño que en vida realizó, cincuenta latigazos con una fusta de pinchos. Despierta sudoroso. Y lo primero que realiza en un amanecer de plata es salir a la calle desnudo y corretear detrás de las viejas cristianas. Para darles el dinero que robó con astucia de zorro eterno.