Frankos Roda
Poeta recién llegado
El suave ábrego descorre con su brisa arreboladas nubes.
Diana acude, movida de un embrujo, a los rayos púrpuras del orbe.
La aljaba pende hasta la cintura desde su hombro desnudo,
en la zurda, un arco de cedro y empuñadura de marfil asido con fuerza.
Un cendal transparente muestra a la escasa luz perfiles piel-oricalco,
se acerca al espejo del lago y apenas distingue su reflejo, poco a poco cierra la tarde.
Un caballo alado piafa sobre una roca húmeda,
aún siente en su lomo los muslos suaves de la amazona;
un golpe de su casco levanta esquirlas de cuarzo y brota Hipocrene, fresca, virginal...
Al instante, desde el Helicón, afloran rayos de plata diáfanos, ansiosas cornucopias.
Despoja la aljaba, descansa el arco sobre la roca de dulce caño y libera gasas...
Jazmines y nardos mezclan aromas y se funden en el perfume de su piel;
descalza, abierta al embrujo espectro de la semioscuridad, acerca la silueta
hasta el estanque.
Eros, entre la maleza, unge en sus dardos belleza y fragancias exhaladas...
Conjuras de amor.
La diosa despereza, frunce la mata de su pelo, libra el cuello, la nuca... inclina, zarandea...
Su reflejo la atrapa, libre... contonea la silueta circundando la orilla, se para, se observa...
Una gota cristalina
cae y forma círculos acuáticos de diminutas ondas
desde el arqueado sauce.
El Olympo vibra entre deseos y celos... Silfos, sátiros, centauros... ¡Acteón...!
Una coral de musas concierta entre arcos de liras y caramillos, danzan alados ánades, los mirlos recitan canoros silbos entre las hiedras...
Pero...
Un relincho de Pegaso reduce ... Conspira el silencio.
Asalta la inquietud, vigila la duda... Un zambullido desvanece el todo.
Confabulan luna y bóreas y un velo de nubarrones acude a la desesperada,
la noche amplía su espectro entre titilantes halos de oro-plata...
Un rastro de florecillas húmedas, mancilladas, muestran la senda del deseo.
Pegaso dobla sus patas,
nota el frescor puro de sus piernas en su vientre y el suave tacto de las manos asidas a sus caireles blancos.
Despega en un batir de alas hasta el infinito... ¡Se constela!
Diana acude, movida de un embrujo, a los rayos púrpuras del orbe.
La aljaba pende hasta la cintura desde su hombro desnudo,
en la zurda, un arco de cedro y empuñadura de marfil asido con fuerza.
Un cendal transparente muestra a la escasa luz perfiles piel-oricalco,
se acerca al espejo del lago y apenas distingue su reflejo, poco a poco cierra la tarde.
Un caballo alado piafa sobre una roca húmeda,
aún siente en su lomo los muslos suaves de la amazona;
un golpe de su casco levanta esquirlas de cuarzo y brota Hipocrene, fresca, virginal...
Al instante, desde el Helicón, afloran rayos de plata diáfanos, ansiosas cornucopias.
Despoja la aljaba, descansa el arco sobre la roca de dulce caño y libera gasas...
Jazmines y nardos mezclan aromas y se funden en el perfume de su piel;
descalza, abierta al embrujo espectro de la semioscuridad, acerca la silueta
hasta el estanque.
Eros, entre la maleza, unge en sus dardos belleza y fragancias exhaladas...
Conjuras de amor.
La diosa despereza, frunce la mata de su pelo, libra el cuello, la nuca... inclina, zarandea...
Su reflejo la atrapa, libre... contonea la silueta circundando la orilla, se para, se observa...
Una gota cristalina
cae y forma círculos acuáticos de diminutas ondas
desde el arqueado sauce.
El Olympo vibra entre deseos y celos... Silfos, sátiros, centauros... ¡Acteón...!
Una coral de musas concierta entre arcos de liras y caramillos, danzan alados ánades, los mirlos recitan canoros silbos entre las hiedras...
Pero...
Un relincho de Pegaso reduce ... Conspira el silencio.
Asalta la inquietud, vigila la duda... Un zambullido desvanece el todo.
Confabulan luna y bóreas y un velo de nubarrones acude a la desesperada,
la noche amplía su espectro entre titilantes halos de oro-plata...
Un rastro de florecillas húmedas, mancilladas, muestran la senda del deseo.
Pegaso dobla sus patas,
nota el frescor puro de sus piernas en su vientre y el suave tacto de las manos asidas a sus caireles blancos.
Despega en un batir de alas hasta el infinito... ¡Se constela!