Depositario de una gran suma de dinero en aquel hospicio de hojalata, el enclenque barón de ojos turbios se ufanaba de ser el sujeto de aquel milagro de la santa caridad. Sin embargo, cuando caía la noche, sus vicios más inconfesables los descargaba en los burdeles más sórdidos. Entre las prostitutas era tenido como un maníaco de la borrachera. Lo que no le quitaba que cuando hacía el sexo cumpliese como un macho de pelo en pecho. Un sombreado día de primavera, nuestro crapuloso individuo se enamoró por primera vez de la hija del rey. Y yendo a caballo hacia el palacio real entró sin pompa ni honra. Todo él solitario en un lugar en el que no había nadie. El aristócrata, preocupado, soltó de su boca de gema un silbido que se perdió en el somnífero silencio. Decidió entrar en los aposentos del rey y, para su horror se encontró con aquel vuelto un demonio de escarnio mientras sodomizaba a su tierna y dulce hija.