La mansedumbre alada de aquel dios de ojizarca mirada penetraba con su tenue vapor de olorosas rosas en el entramado cerebral de su bastardo hijo mortal. Miraba éste con complacencia a su tonante padre. Que desde las alturas de un firmamento de caoba bajó para ayudarlo en el quehacer laborioso de la regeneración espiritual en llamas recompuesta. Volando por el éter puro de pigmentación carmesí, el progenitor de poderosa voz timbrada llamó a su primogénito. Que hasta ese momento estaba probando de los deleites carnales con una campesina. La paz anímica que le había subyugado en corazón limpio le hacía más llevadera la cópula. Hasta que la moza, presa de un temor profano, observó en los ojos verdes de su agraciado amante una serenidad profunda. Como un hálito de congratulado espesor aéreo que infringía severo castigo por el escrúpulo supersticioso de la fémina. Que sólo sentía el musical murmullo de encendida voz ecuménica que la llamaba por su nombre.