Robert G
Poeta recién llegado
El sol fue un testigo atónito
aquella tarde,
cuando en la esquina de una calle,
cerca del mar,
nos dimos el primer beso.
Tu cara había girado
con la despreocupación del deseo
para encontrarse con mis ojos,
mientras nuestros labios cómplices
se buscaban presurosos
para chocar con la fuerza brutal
de un instante.
Junto a ellos,
el equilibrio profanado
clamaba ante dos lenguas,
que sedientas,
se abrían paso sin clemencia
entre gritos de pasión
ahogados en húmeda saliva.
Para los pocos transeúntes,
que esa hora
regalaban su mirada,
era sólo un beso,
uno más perdido entre los olores
y el sonido de las olas.
Para nosotros,
era el centro,
el núcleo gravitatorio de lo eterno,
la fantasía despedazada ferozmente
en el momento justo,
en el mágico,
en que nuestras bocas
sucumbían al espasmo cristalino
de las horas
Una golondrina,
desde lo lejos,
resumió aquella escena:
tu labial carmesí brillante
había sido robado
por mis labios,
los tuyos
acababan de robarse
mi vida entera
aquella tarde,
cuando en la esquina de una calle,
cerca del mar,
nos dimos el primer beso.
Tu cara había girado
con la despreocupación del deseo
para encontrarse con mis ojos,
mientras nuestros labios cómplices
se buscaban presurosos
para chocar con la fuerza brutal
de un instante.
Junto a ellos,
el equilibrio profanado
clamaba ante dos lenguas,
que sedientas,
se abrían paso sin clemencia
entre gritos de pasión
ahogados en húmeda saliva.
Para los pocos transeúntes,
que esa hora
regalaban su mirada,
era sólo un beso,
uno más perdido entre los olores
y el sonido de las olas.
Para nosotros,
era el centro,
el núcleo gravitatorio de lo eterno,
la fantasía despedazada ferozmente
en el momento justo,
en el mágico,
en que nuestras bocas
sucumbían al espasmo cristalino
de las horas
Una golondrina,
desde lo lejos,
resumió aquella escena:
tu labial carmesí brillante
había sido robado
por mis labios,
los tuyos
acababan de robarse
mi vida entera