Unos zapatos hambrientos
y una harapienta camisa,
sin alforjas ni mantos son
los ahorros de su vida.
El llanto bajo la luna
no vence a su despedida.
Andando va el inmigrante,
va camino de la sirga.
Son tres mil kilómetros,
lleva setenta heridas.
Un largo paso que acorta
al siguiente, une la brida.
Mortecino el sol, y el polvo,
anclan sus tenues rodillas.
El ocaso vence a la arena.
Sobre piedras que acuchillan,
la mano, bajo la cara,
despierta sueño y fantasía:
un pequeño pozo de agua
del que bebe una casita,
que auyenta viejas lágrimas
y cobija las sonrisas.
Una muñeca de trapo
con dos trenzas color lila,
es el rocío mañanero
que renace en dos mejillas.
La arena vence al ocaso.
Y a lo lejos, la lejanía,
con paso a paso a pasito
el inmigrante camina.
Y en la cabeza una calva,
y las horas fueron diez días.
La verja, sombra del desierto,
rodea la calle en Melilla.
Detrás de un árbol sin ramas
un corazón que palpita.
En la ciudad, una palmera
siente miradas furtivas.
A la carrera salta al vil
alambre, y en las espinas,
deja el desolle de su alma.
La sangre gotea en la sirga,
enmarañando los sueños
que en su pecho desnudo anidan.
Mas el corazón levanta
el cruel desolle y la caída.
Corre delante del guardia.
La pelota de goma silba.
Hoy pasea por una playa,
bajo la luna respira
quien tiene en su ajada mano
el horizonte que brilla.
***
Un ¡alto!, rotundo, suena.
Un papel blanco, sin tinta,
sin sello, ni garabato.
(Aeropuerto de Namibia).
Unos zapatos hambrientos
y una harapienta camisa,
sin alforjas ni mantos son
los ahorros de su vida.
El llanto bajo la luna
no vence a su despedida.
Andando va el inmigrante,
va camino de la sirga.
Son tres mil kilómetros,
lleva setenta heridas.
Un largo paso que acorta
al siguiente, une la brida.
Mortecino el sol, y el polvo,
anclan sus tenues rodillas.
El ocaso vence a la arena.
Sobre piedras que acuchillan,
la mano, bajo la cara,
despierta sueño y fantasía:
un pequeño pozo de agua
del que bebe una casita,
que auyenta viejas lágrimas
y cobija las sonrisas.
Una muñeca de trapo
con dos trenzas color lila,
es el rocío mañanero
que renace en dos mejillas.
La arena vence al ocaso.
Y a lo lejos, la lejanía,
con paso a paso a pasito
el inmigrante camina.
Y en la cabeza una calva,
y las horas fueron diez días.
La verja, sombra del desierto,
rodea la calle en Melilla.
Detrás de un árbol sin ramas
un corazón que palpita.
En la ciudad, una palmera
siente miradas furtivas.
A la carrera salta al vil
alambre, y en las espinas,
deja el desolle de su alma.
La sangre gotea en la sirga,
enmarañando los sueños
que en su pecho desnudo anidan.
Mas el corazón levanta
el cruel desolle y la caída.
Corre delante del guardia.
La pelota de goma silba.
Hoy pasea por una playa,
bajo la luna respira
quien tiene en su ajada mano
el horizonte que brilla.
***
Un ¡alto!, rotundo, suena.
Un papel blanco, sin tinta,
sin sello, ni garabato.
(Aeropuerto de Namibia).
Unos zapatos hambrientos