Sinuhé
Poeta adicto al portal
Pretendo ser un campanario.
Intento ser de la anochecida luna el aviso.
No es sin razón que me transporto
ya nocturno y necio al capitel.
Busco tus manos, si es preciso,
para pegar el vidrio roto del quinqué.
Tengo creo; sobradas razones para huir del silencio.
Tu oscuridad me ciega.
La supresión a veces, solo a veces;
en la errónea escalera también me disminuye.
Entre esculpidos vitrales,
entre ruinosos crucifijos amo tu voz;
si acaso amarla no profana
el aullido terrible de la noche.
La Catedral antigua que fabrica,
determina sigilosa y obstinada la calma.
Me escucharán procesiones; al menos,
pretenderé ser íncubo o inquisidor.
Amo tu voz, lo dije. ¿Cómo no amarla?
Solo talvez, si la locura;
la vulgar profesión de atar opacidades,
me lanzara ya velado y gris al vacío.
Ahora quiero invocar.
Prefiero imaginar que soy campana,
llamar la gente, congregar súplicas;
estremecer la noche y sus tristes dolientes.
Ya no quiero parecer inasequible.
Deseo tanto,
correr al viejo lugar aquel que existe.
Huir, de la imperfecta realidad,
hacia la cal y las australes minas;
a recitar en fábulas ajenas
el simple amor que no conozco.
Una campana es, desde luego;
el singular regalo
de la soñada y simple torre,
donde habita huérfano el olvido
......
.....
....
...
..
.
Intento ser de la anochecida luna el aviso.
No es sin razón que me transporto
ya nocturno y necio al capitel.
Busco tus manos, si es preciso,
para pegar el vidrio roto del quinqué.
Tengo creo; sobradas razones para huir del silencio.
Tu oscuridad me ciega.
La supresión a veces, solo a veces;
en la errónea escalera también me disminuye.
Entre esculpidos vitrales,
entre ruinosos crucifijos amo tu voz;
si acaso amarla no profana
el aullido terrible de la noche.
La Catedral antigua que fabrica,
determina sigilosa y obstinada la calma.
Me escucharán procesiones; al menos,
pretenderé ser íncubo o inquisidor.
Amo tu voz, lo dije. ¿Cómo no amarla?
Solo talvez, si la locura;
la vulgar profesión de atar opacidades,
me lanzara ya velado y gris al vacío.
Ahora quiero invocar.
Prefiero imaginar que soy campana,
llamar la gente, congregar súplicas;
estremecer la noche y sus tristes dolientes.
Ya no quiero parecer inasequible.
Deseo tanto,
correr al viejo lugar aquel que existe.
Huir, de la imperfecta realidad,
hacia la cal y las australes minas;
a recitar en fábulas ajenas
el simple amor que no conozco.
Una campana es, desde luego;
el singular regalo
de la soñada y simple torre,
donde habita huérfano el olvido
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