el campeón de los cuernos

jose villa

Poeta que considera el portal su segunda casa
qué bien me hacía sentir por dentro
invadido el pecho de un gran sentimiento justiciero
cada vez que mayra sufría una recaída
y se esfumaba sin previo aviso llevada por aquel pernicioso hábito que tenía
consistente en practicar sexo casual en hotelitos de mala muerte
y no llegar a casa sino hasta la mañana siguiente
después de haberse pasado toda la puta noche cogiendo con cualquier pendejo
al que recién habría conocido unas pocas horas antes
ya fuese en un bar o en el camión o hasta en la puta iglesia

desgreñada, ojerosa, sin bragas
cansada y lánguida y con la boca inflamada
asomaba apenas la cabeza por la puerta del cuarto
para emitir un escueto "ya llegué, ¿me extrañaste?"
como si no supiera que yo había pasado la noche entera sin pegar ojo
y ahora solo esperaba que ella apareciera para desahogarme
gritándole puta de mierda, perra desvergonzada
furcia degenerada, esta fue la última que me hiciste

qué bien me hacía sentir por dentro y qué sensación de superioridad moral me embargaba
con mi maletita preparada para largarme del cochambroso agujero donde vivíamos
y dejar para siempre a mayra
cada vez que ella interponía entre la puerta y yo y mi maleta
su alcoholizado cuerpecillo de apenas 50 kilos con hambre infinita de verga
y me pedía que no la dejara, que por favor recapacitara
que le diera otra oportunidad, que me pusiera en su lugar
"además ya sabes que ninguno me coge como tú me coges, villa"

y qué de puta madre me hacía sentir por dentro y qué magnánimo y compasivo
y qué sentimiento de triunfo me recorría el cuerpo
todas aquellas veces que nunca me acabé largando de aquel asqueroso agujero
las mañanas que mayra volvía borracha y cogida por otro de regreso a mis brazos
ahíta de sexo y alcohol, contrita y arrepentida
una mujercita frágil de voz suave y dulce temperamento
que me abrazaba con fuerza y apretaba la cabeza contra mi pecho mientras sollozaba y repetía
"eres el amor de mi vida, el mejor de todos, villa"

y yo sentía entonces que era un hombre afortunado y bendecido por la gracia
un campeón de la vida, un alejandro magno de las lides amorosas
al poder tener a mi lado aquella mujer y despertar en ella tan nobles sentimientos hacia mí
al poder prepararle, mientras ella tomaba un baño y se quitaba de encima la porquería
su levantamuertos a base de vodka, jugo de almejas, tabasco y pimienta
para la resaca y lo vapuleado que le habían dejado el culo

y hasta me daba el lujo de sentir incluso lástima
pensando en todos aquellos desgraciados y pobres diablos
aves carroñeras de cantina
que la única cosa que llegaban a obtener de ella era simplemente
la transitoria licencia para intentar lo que muchos otros antes que ellos
habían intentado siempre tan denodada como infructuosamente

apagar el fuego que devoraba aquel jodido coño perpetuamente en llamas de mi amada




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