pablo_lacroix
Poeta recién llegado
El carnaval de los amantes Pablo Lacroix
Presencias de la noche,
torturas de la luna que te ven ida, perdida,
lejana a mis sentidos infértiles.
Son el eco de nuestro regazo,
el crepúsculo sinfónico de la melancolía profunda,
absorbente, tu descuidada y mortuoria esencia aún viva.
Te presentas en el corazón del poeta más ido,
más alejado de la pacífica existencia,
más extraño en la extrañeza de uno mismo,
el hijo de caballos de fuego inextinguibles por el mar,
bárbaro de credo estéril, oblicuo, nocturno y desolado.
¡Grítame dama de los ojos fuertes!
Despídete de mi cuerpo y destrúyelo con tus palabras sucias,
aleja los pecados y envíame unos nuevos,
que soy las páginas de la nueva creencia,
soy las letras del mundo opaco,
de esa dimensión oculta que se durmió durante años.
Éramos la paz de nuestro juramento,
éramos el orgullo de nuestros mundos,
éramos y fuimos, seremos y lo haremos siempre,
seremos el escudo pintado con suaves colores,
con letras tajantes, con miradas extrañas, con tristeza alegre,
con sangre embellecida por la fuerza de azules vampiros.
Somos los capaces,
de despertar en las noches como amantes desfigurados,
como hombre y alma, como carne y ánima,
como tierra y feroz descanso.
Y lo somos ahora, los maldecidos,
aquellos estúpidos desaparecidos; tétricas sombras,
parte de una astilla que acepto sin miedo alguno.
Porque caminaré por suplicios, por ti,
injuriaré imágenes religiosas, por nosotros,
sin importar el daño, sin arrancar del martirio,
sólo seré tu amante, tu muerte, tu vida, tu todo, tu nada,
sólo seré lo que tú eres...
la histérica conciencia del amor empañado,
del dolor embarazado,
el engendro perfecto de una vida y otras más...
que lo fuimos juntos,
los únicos, los reales...
los partícipes del juego perfecto.
Presencias de la noche,
torturas de la luna que te ven ida, perdida,
lejana a mis sentidos infértiles.
Son el eco de nuestro regazo,
el crepúsculo sinfónico de la melancolía profunda,
absorbente, tu descuidada y mortuoria esencia aún viva.
Te presentas en el corazón del poeta más ido,
más alejado de la pacífica existencia,
más extraño en la extrañeza de uno mismo,
el hijo de caballos de fuego inextinguibles por el mar,
bárbaro de credo estéril, oblicuo, nocturno y desolado.
¡Grítame dama de los ojos fuertes!
Despídete de mi cuerpo y destrúyelo con tus palabras sucias,
aleja los pecados y envíame unos nuevos,
que soy las páginas de la nueva creencia,
soy las letras del mundo opaco,
de esa dimensión oculta que se durmió durante años.
Éramos la paz de nuestro juramento,
éramos el orgullo de nuestros mundos,
éramos y fuimos, seremos y lo haremos siempre,
seremos el escudo pintado con suaves colores,
con letras tajantes, con miradas extrañas, con tristeza alegre,
con sangre embellecida por la fuerza de azules vampiros.
Somos los capaces,
de despertar en las noches como amantes desfigurados,
como hombre y alma, como carne y ánima,
como tierra y feroz descanso.
Y lo somos ahora, los maldecidos,
aquellos estúpidos desaparecidos; tétricas sombras,
parte de una astilla que acepto sin miedo alguno.
Porque caminaré por suplicios, por ti,
injuriaré imágenes religiosas, por nosotros,
sin importar el daño, sin arrancar del martirio,
sólo seré tu amante, tu muerte, tu vida, tu todo, tu nada,
sólo seré lo que tú eres...
la histérica conciencia del amor empañado,
del dolor embarazado,
el engendro perfecto de una vida y otras más...
que lo fuimos juntos,
los únicos, los reales...
los partícipes del juego perfecto.