Évano
Libre, sin dioses.
Lo primero que me llamó la atención fue la falta de sangre en el resto del dormitorio. Las sábanas de la cama matrimonial podían albergar más de tres litros, mucho más de la necesaria para causar una muerte segura, pero ni rastro en el suelo de parquet, de un rojo cerezo; ni en las dos mesitas de noche; ni en el armario empotrado ni en las paredes tapizadas de un rosado que hacía honor a ese colorido floral; ni siquiera una mala gota en el cuadro situado en la cabecera del lecho, obsceno como no había visto jamás. Era un cristo, en su cruz, con nieblas demoníacas acercándose a su espalda y la cabeza de una mujer tapándole la cintura, dibujada de tal manera que te obligaba a pensar que estaba preparada para una felación inmediata.
Mi compañera, la subinspectora Elvira, no pudo contener las arcadas de vómito que la invadían y hubo de salir a toda prisa de la habitación, depositando su mala digestión en el váter. Recordé que era novata y eso mismo nos había ocurrido a la mayoría en nuestros primeros casos de homicidio, aunque me extrañó tanta sensibilidad, porque no había cuerpo ninguno.
Me puse un cigarrillo en la boca, como gesto involuntario de mis muchos años como fumador. Aún pensaba que me ayudaba a concentrarme.
La segunda deducción no era tan evidente, pero estaba allí, delante de nuestros ojos.
Elvira se reincorporó, pálida y disculpándose. Le di unos golpecitos en la espalda y le dije que no se preocupara, que era lo normal, preguntándole por sus primeras impresiones.
—Es evidente que aquí han asesinado a alguien, pero de momento no tenemos víctima o víctimas. Que quien vivía, o vive aquí, es mujer, por la ropa, los zapatos y los cosméticos —hizo un alto cabizbajo y tomó aire—. No creo que esté siendo de mucha ayuda, estoy deduciendo algo tan lógico y evidente que hasta un niño lo haría.
—Continúa y no te preocupes, a veces la tontería más pequeña y más a la vista es el principio de la madeja, y por eso mismo, por estar tan a la vista, pasa desapercibida para los que llevamos muchos años investigando. Continúa, por favor.
—Creo que quien dormía en esta habitación es amante del sadomasoquismo, o de sectas vinculadas al diablo... O un desequilibrado. Las paredes tapizadas en rosa... el cuadro de un Cristo acorralado por una niebla de la cual da la impresión que saldrán de un momento a otro los demonios... la mujer rubia en esa posición tan... El candelabro que cuelga del techo... las velas negras en las mesitas de noche... la ropa gótica de los armarios... los zapatos a juego... las bragas, los sujetadores... Son pistas que dirigen mi mente a tal afirmación.
—¿Sábanas...? —le pregunté como para que ella continuara.
Volvió a mirar el dormitorio, detenidamente.
—No hay calefacción y estamos en enero —respondió, hinchando sus pechos.
—Muy bien subinspectora. Prosiga. ¿Qué deduce de ello?
—Que a una persona, probablemente atada a la cama, la desangraron hasta la muerte, con muchísimo cuidado de no manchar el resto de la habitación, y luego la envolvieron en las mantas, ya muerta, por la cantidad de sangre del lecho, y trasladado su cuerpo no sabemos dónde —ahora empezaba a ser una policía, a actuar como uno de nosotros. Se había olvidado de la escena y hablaba mientras meditaba.
—Pues llegamos a la misma conclusión. Conclusión que no tiene salida, de momento, porque la vecina de enfrente, la que nos llamó, asegura que nada más oír los gritos de auxilio nos avisó y no se separó de la mirilla de su puerta ni un segundo de los diez minutos que tardamos en llegar.
—Bastaría con muy pocos segundos de despiste para que el asesino escapara con el muerto sin ser visto por ella —dijo Elvira algo que yo ya sabía.
—Sí, cierto. Pero se lo he preguntado cien veces y cien veces, rotundamente, ha respondido que imposible, que ni pestañeó en esos diez minutos.
—Volved a registrar la vivienda centímetro a centímetro —ordené a los policías y a Elvira— tiene que haber algún indicio, es imposible que un muerto desaparezca así como así. Ya sé que la hemos registrado, pero no nos queda otra.
Mientras golpeaban paredes y suelo, por si hubieran huecos que pudieran ocultar un cuerpo, y buscaban productos que pudieran deshacer carne y huesos, o simplemente un indicio de algo, mis meditaciones me llevaban una y otra vez a la vecina de enfrente.
—Elvira, venga conmigo, volveremos a interrogar a la vecina, pero usted diga que tiene que ir al baño, que tiene sed... Ya sabe, cualquier excusa para investigar su piso; y encienda la grabadora porque no tenemos orden judicial, por lo que nos ha de dar permiso para entrar. A la mínima que nos insinúe que nos vayamos, nos vamos. O sea, muchísimo cuidado.
Mientras andábamos el corto recorrido seguía inculcándome la idea de que en el piso de enfrente debían estar, por narices, las respuestas. Era una séptima planta que carecía de escalera de incendios, sin balcones, y las ventanas daban a una acera muy transitada del centro de la ciudad, por lo que el asesino y el cuerpo hubieron de salir por la puerta principal; y si estaba vigilada... No me cuadraba.
Claudia, que así se llamaba la vecina, cotilleaba todo lo que podía desde el umbral de su puerta. Le pregunté que si nos dejaba pasar, para charlar más tranquilamente. Contestó un "por supuesto" casi alegre. Antes de sentarnos en las sillas ofrecidas del comedor, Elvira, con mucho respeto y tacto, le dijo que si podía ir al cuarto de baño, que tenía las tripas revueltas y en el de la víctima habían policías obteniendo pruebas. Añadió otro "por su puesto", con sonrisa incluida. Parecía estar encantada con la situación.
—Señora Claudia —señorita, me corrigió—. Perdón, señorita Claudia, usted, no tendría una foto de su vecina, por esas casualidades que tiene la vida.
—Lo lamento muchísimo, pero no. A penas hacía un mes que vino a vivir aquí, y, francamente, no se relacionaba con nadie. Ni siquiera la visitó nadie —hablaba con el cuerpo doblado y un ojo a medio guiñar—. Pero le puedo ayudar porque, Helena, que así se llamaba...
—O llama —dejé caer las dos palabras mientras mis dos ojos captaban toda reacción posible.
—Por supuesto comisario. Dios quiera que no la hayan matado.
—Esperemos que no —añadí—, pero prosiga, me decía que podía ayudarme.
—Sí comisario, la tal Helena se asemejaba mucho a mí, hasta tal punto que algunos de este edificio, y de gente de fuera, creían que era hermana mía. Pero yo soy hija única.
—Entonces era... o es muy guapa —intentaba ganármela aún más—. Y por cierto, no soy comisario, sólo inspector.
Elvira tardaba, por lo que quizás la vecina Claudia se molestara. Antes de que pudiera ocurrir me excusé por ella. Mencioné que era su primer caso y estaría descompuesta. Reaccionó como yo esperaba, y mejor, porque nos ofreció un café o lo que quisiéramos tomar.
Elvira la oyó y acudió rauda, ofreciéndose ella para preparar los cafés. Mientras iba a la cocina, con un leve gesto encogido de los hombros y una mueca casi imperceptible, me hizo saber que no había encontrado nada fuera de lo normal.
—Perdóneme un momento, se me olvidó dar unas órdenes a los policías, enseguida vuelvo, si a usted no le importa, claro está —suavicé las palabras con toda la simpatía que pude acumular. Si Claudia nos echaba de su vivienda en ese momento no solucionaríamos el caso jamás, estaba convencido de ello. Otro "por supuesto", que yo calificaría de cariñoso, salió de la sensual boca de Claudia.
Entré ligero a la vivienda del asesinato sin muerto y reuní a mis compañeros, dando órdenes de que interrogaran, con toda la cautela del mundo y lo más rápido posible, a todos los vecinos del edificio, exigiéndoles que preguntaran sobre el físico de la enigmática desaparecida y si había tenido visitas, y en tal caso, que recopilaran todos los datos posibles. Volví con Claudia y Helena. Bebían a sorbitos el café, rostro con rostro, aunque disimulando que se escrutaban la una a la otra.
—Perdone señorita Claudia, pero es que si no estoy encima de los policías...
—No se excuse, no tengo nada que hacer, hoy es mi día de fiesta, por lo que tengo tiempo de sobra —me dijo sonriendo.
—Es jueves... por lo que debe usted trabajar en... ¿hostelería?
—Falló inspector. Trabajo en un hospital —nos susurró, como si quisiera que nadie más se enterara.
—Un Hospital..., es un trabajo bonito. ¿Doctora o celadora? —pregunté a sabiendas de que era celadora. La gente con carrera suele ser más distante, más observadora y otorgan menos confianza, y si la dan es otra confianza.
—Celadora inspector, y no juegue conmigo que usted ya lo sabía —me pellizcó los mofletes, consiguiendo ruborizarme y aturdir por un instante a Elvira.
—Señorita Claudia, es muy importante esta pregunta y ya sé que usted la ha respondido un montón de veces, pero he de insistir: ¿está usted totalmente segura que nada ni nadie salió por la puerta de enfrente, por la puerta de Helena?
—Se lo juro por lo que usted quiera, inspector. No me separé de la mirilla ni un segundo, hasta que vinieron ustedes.
—Y los gritos que oyó, ¿cómo fueron?
—A penas audibles, más bien quejidos. Suerte que me encanta leer y casi nunca tengo encendido el televisor ni la radio, sino no los hubiera oído.
—Y dice usted que la última vez que la vio fue anoche, a media noche, más o menos.
—No la vi, oí cuando entraba, cuando cerraba la puerta. Luego el televisor, el extractor y la ducha, hasta que me quedé dormida.
—Usted tiene el turno de mañana. Empieza a las seis... por lo que debe levantarse... ¿a las cinco, más o menos?
—Pero hoy tenía fiesta, inspector. No sé si tendría que preguntar por mi abogado, tengo la sensación de que su tren viaja a mi estación —me dijo sonriendo, con mucha picaresca, guiñándome un ojo.
Pensé que no debía insistir ni preguntar más, y si lo hacía, probablemente ningún fruto recogido se podría comer ante el juez, por lo que preparé la marcha lo más suavemente posible.
—¿No recuerda algo que nos ayude un poquito? Lo que sea... El más mínimo detalle puede ser crucial —le pregunté con tono de compañerismo, para que se sintiera parte de la investigación.
—Es que la vi en muy pocas ocasiones y casi de refilón. Quiero ayudarle todo lo posible.
Con un ojo en Claudia y otro en Helena comprendí que una ya no sabía más, o no quería decir nada más, y la otra no había encontrado nada sospechoso en la vivienda, por lo que nos despedimos, entregándole una tarjeta con mi nombre y número de teléfono móvil.
Mi subinspectora, en el dormitorio de los hechos, me reafirmaba con voz lo que ya intuí en sus gestos y ojos, como cuando inspeccionábamos el piso de la vecina.
—Absolutamente normal, inspector. Quizás añadiría, por añadir algo, que hasta demasiado normal.
—¿A qué se refiere con demasiado normal, Elvira? —le pregunté por preguntar, porque me sabía la respuesta.
—En el botiquín del cuarto de baño, por ejemplo, sólo aspirinas, esparadrapos, tiritas... Ya sabe, lo normal, nada de antidepresivos, nada que incite a la más mínima sospecha. Todas las personas tenemos algún medicamento de ese tipo, o parecidos, en nuestros botiquines, pero ella no.
—¿Y más si trabajamos en un hospital, verdad? —le pregunté sin querer respuesta—. ¿Y en el resto de la vivienda?
—Igualmente, demasiado normal. Vive sola y no tiene ni látigos, consoladores, revistas pornográficas, libros marranos... ¡Hasta el ordenador parece el de un niño decente! Yo la nombraría ciudadana ideal.
—Demasiado ideal —susurré.
Mientras regresaban mis compañeros de sus indagaciones por el resto del edificio volví a analizar el dormitorio, por si se me escurría de entre los dedos alguna pista. Elvira se dio cuenta e hizo lo mismo.
Por muchas vueltas que le diéramos no había más que lo que ya teníamos. Regresaron los compañeros y nos comunicaron lo investigado: nadie conocía a Helena, aunque habían oído ruidos en su vivienda, ruidos del televisor, de la ducha, de la cocina... Los lógicos que emiten las viviendas habitadas, pero de verla, casi nadie la había visto. Sólo algunos tropezaron con ella, o bien de buena mañana, a las cinco, o bien a la noche, rondando las doce, pero con prisas y si fijarse en demasía, sin mediar más que unos buenos días, o buenas noches, o un hasta luego, reafirmando lo dicho por la vecina Claudia, que físicamente se asemejaba mucho a ella. Eso era todo, y era bien poco, por lo que el trabajo de investigación habría de continuar fuera de la escena del crimen, si es que había algún crimen, porque ya empezaba a dudar, pero tras mirar las sábanas pringadas de sangre, de tanta sangre, tuve que exigirme que no divagara, que allí estaba la prueba del crimen de una persona, sin lugar a dudas.
—¿Habéis recogido las muestras de sangre y las huellas dactilares? ¿Y los objetos sospechosos? —pregunté por costumbre, por que era evidente la respuesta afirmativa.
—Señor, objetos sospechosos no hemos encontrado ninguno, o mejor dicho, no hay rastro de que ninguno sea sospechoso.
—Está bien. Creo que aquí ya no pintamos nada. Acordonen la zona y luego, óiganme atentamente, no quiero a nadie, absolutamente a nadie, cerca de esta vivienda. Pongan una cámara oculta por si el asesino o alguien entra. Y que esté bien escondida, que se confíen. Y pinchen el teléfono. ¡Venga, vayámonos!
De camino a la comisaria el denso tráfico del centro de la ciudad me hizo mirar la hora de reloj: eran casi las nueve de la noche, por lo que un gesto de disgusto se dibujó en mi rostro, dándose cuente mi compañera.
—No se preocupe inspector, lo dejaré en su puerta, así su mujer dejará de preocuparse. Yo iré a la comisaría y redactaré el informe. De todas maneras ni usted ni yo podemos hacer nada, por lo menos hasta que nos lleguen las pruebas del laboratorio.
—Se lo agradezco, Elvira. Mi mujer ya está bastante cabreada conmigo y por muchas explicaciones que le dé no se tranquiliza. Mande a que investiguen al dueño del apartamento y a Claudia, me da en la nariz que por ahí anda el principio de la solución.
—No se preocupe, así lo haré.
continúa abajo...
 
Mi compañera, la subinspectora Elvira, no pudo contener las arcadas de vómito que la invadían y hubo de salir a toda prisa de la habitación, depositando su mala digestión en el váter. Recordé que era novata y eso mismo nos había ocurrido a la mayoría en nuestros primeros casos de homicidio, aunque me extrañó tanta sensibilidad, porque no había cuerpo ninguno.
Me puse un cigarrillo en la boca, como gesto involuntario de mis muchos años como fumador. Aún pensaba que me ayudaba a concentrarme.
La segunda deducción no era tan evidente, pero estaba allí, delante de nuestros ojos.
Elvira se reincorporó, pálida y disculpándose. Le di unos golpecitos en la espalda y le dije que no se preocupara, que era lo normal, preguntándole por sus primeras impresiones.
—Es evidente que aquí han asesinado a alguien, pero de momento no tenemos víctima o víctimas. Que quien vivía, o vive aquí, es mujer, por la ropa, los zapatos y los cosméticos —hizo un alto cabizbajo y tomó aire—. No creo que esté siendo de mucha ayuda, estoy deduciendo algo tan lógico y evidente que hasta un niño lo haría.
—Continúa y no te preocupes, a veces la tontería más pequeña y más a la vista es el principio de la madeja, y por eso mismo, por estar tan a la vista, pasa desapercibida para los que llevamos muchos años investigando. Continúa, por favor.
—Creo que quien dormía en esta habitación es amante del sadomasoquismo, o de sectas vinculadas al diablo... O un desequilibrado. Las paredes tapizadas en rosa... el cuadro de un Cristo acorralado por una niebla de la cual da la impresión que saldrán de un momento a otro los demonios... la mujer rubia en esa posición tan... El candelabro que cuelga del techo... las velas negras en las mesitas de noche... la ropa gótica de los armarios... los zapatos a juego... las bragas, los sujetadores... Son pistas que dirigen mi mente a tal afirmación.
—¿Sábanas...? —le pregunté como para que ella continuara.
Volvió a mirar el dormitorio, detenidamente.
—No hay calefacción y estamos en enero —respondió, hinchando sus pechos.
—Muy bien subinspectora. Prosiga. ¿Qué deduce de ello?
—Que a una persona, probablemente atada a la cama, la desangraron hasta la muerte, con muchísimo cuidado de no manchar el resto de la habitación, y luego la envolvieron en las mantas, ya muerta, por la cantidad de sangre del lecho, y trasladado su cuerpo no sabemos dónde —ahora empezaba a ser una policía, a actuar como uno de nosotros. Se había olvidado de la escena y hablaba mientras meditaba.
—Pues llegamos a la misma conclusión. Conclusión que no tiene salida, de momento, porque la vecina de enfrente, la que nos llamó, asegura que nada más oír los gritos de auxilio nos avisó y no se separó de la mirilla de su puerta ni un segundo de los diez minutos que tardamos en llegar.
—Bastaría con muy pocos segundos de despiste para que el asesino escapara con el muerto sin ser visto por ella —dijo Elvira algo que yo ya sabía.
—Sí, cierto. Pero se lo he preguntado cien veces y cien veces, rotundamente, ha respondido que imposible, que ni pestañeó en esos diez minutos.
—Volved a registrar la vivienda centímetro a centímetro —ordené a los policías y a Elvira— tiene que haber algún indicio, es imposible que un muerto desaparezca así como así. Ya sé que la hemos registrado, pero no nos queda otra.
Mientras golpeaban paredes y suelo, por si hubieran huecos que pudieran ocultar un cuerpo, y buscaban productos que pudieran deshacer carne y huesos, o simplemente un indicio de algo, mis meditaciones me llevaban una y otra vez a la vecina de enfrente.
—Elvira, venga conmigo, volveremos a interrogar a la vecina, pero usted diga que tiene que ir al baño, que tiene sed... Ya sabe, cualquier excusa para investigar su piso; y encienda la grabadora porque no tenemos orden judicial, por lo que nos ha de dar permiso para entrar. A la mínima que nos insinúe que nos vayamos, nos vamos. O sea, muchísimo cuidado.
Mientras andábamos el corto recorrido seguía inculcándome la idea de que en el piso de enfrente debían estar, por narices, las respuestas. Era una séptima planta que carecía de escalera de incendios, sin balcones, y las ventanas daban a una acera muy transitada del centro de la ciudad, por lo que el asesino y el cuerpo hubieron de salir por la puerta principal; y si estaba vigilada... No me cuadraba.
Claudia, que así se llamaba la vecina, cotilleaba todo lo que podía desde el umbral de su puerta. Le pregunté que si nos dejaba pasar, para charlar más tranquilamente. Contestó un "por supuesto" casi alegre. Antes de sentarnos en las sillas ofrecidas del comedor, Elvira, con mucho respeto y tacto, le dijo que si podía ir al cuarto de baño, que tenía las tripas revueltas y en el de la víctima habían policías obteniendo pruebas. Añadió otro "por su puesto", con sonrisa incluida. Parecía estar encantada con la situación.
—Señora Claudia —señorita, me corrigió—. Perdón, señorita Claudia, usted, no tendría una foto de su vecina, por esas casualidades que tiene la vida.
—Lo lamento muchísimo, pero no. A penas hacía un mes que vino a vivir aquí, y, francamente, no se relacionaba con nadie. Ni siquiera la visitó nadie —hablaba con el cuerpo doblado y un ojo a medio guiñar—. Pero le puedo ayudar porque, Helena, que así se llamaba...
—O llama —dejé caer las dos palabras mientras mis dos ojos captaban toda reacción posible.
—Por supuesto comisario. Dios quiera que no la hayan matado.
—Esperemos que no —añadí—, pero prosiga, me decía que podía ayudarme.
—Sí comisario, la tal Helena se asemejaba mucho a mí, hasta tal punto que algunos de este edificio, y de gente de fuera, creían que era hermana mía. Pero yo soy hija única.
—Entonces era... o es muy guapa —intentaba ganármela aún más—. Y por cierto, no soy comisario, sólo inspector.
Elvira tardaba, por lo que quizás la vecina Claudia se molestara. Antes de que pudiera ocurrir me excusé por ella. Mencioné que era su primer caso y estaría descompuesta. Reaccionó como yo esperaba, y mejor, porque nos ofreció un café o lo que quisiéramos tomar.
Elvira la oyó y acudió rauda, ofreciéndose ella para preparar los cafés. Mientras iba a la cocina, con un leve gesto encogido de los hombros y una mueca casi imperceptible, me hizo saber que no había encontrado nada fuera de lo normal.
—Perdóneme un momento, se me olvidó dar unas órdenes a los policías, enseguida vuelvo, si a usted no le importa, claro está —suavicé las palabras con toda la simpatía que pude acumular. Si Claudia nos echaba de su vivienda en ese momento no solucionaríamos el caso jamás, estaba convencido de ello. Otro "por supuesto", que yo calificaría de cariñoso, salió de la sensual boca de Claudia.
Entré ligero a la vivienda del asesinato sin muerto y reuní a mis compañeros, dando órdenes de que interrogaran, con toda la cautela del mundo y lo más rápido posible, a todos los vecinos del edificio, exigiéndoles que preguntaran sobre el físico de la enigmática desaparecida y si había tenido visitas, y en tal caso, que recopilaran todos los datos posibles. Volví con Claudia y Helena. Bebían a sorbitos el café, rostro con rostro, aunque disimulando que se escrutaban la una a la otra.
—Perdone señorita Claudia, pero es que si no estoy encima de los policías...
—No se excuse, no tengo nada que hacer, hoy es mi día de fiesta, por lo que tengo tiempo de sobra —me dijo sonriendo.
—Es jueves... por lo que debe usted trabajar en... ¿hostelería?
—Falló inspector. Trabajo en un hospital —nos susurró, como si quisiera que nadie más se enterara.
—Un Hospital..., es un trabajo bonito. ¿Doctora o celadora? —pregunté a sabiendas de que era celadora. La gente con carrera suele ser más distante, más observadora y otorgan menos confianza, y si la dan es otra confianza.
—Celadora inspector, y no juegue conmigo que usted ya lo sabía —me pellizcó los mofletes, consiguiendo ruborizarme y aturdir por un instante a Elvira.
—Señorita Claudia, es muy importante esta pregunta y ya sé que usted la ha respondido un montón de veces, pero he de insistir: ¿está usted totalmente segura que nada ni nadie salió por la puerta de enfrente, por la puerta de Helena?
—Se lo juro por lo que usted quiera, inspector. No me separé de la mirilla ni un segundo, hasta que vinieron ustedes.
—Y los gritos que oyó, ¿cómo fueron?
—A penas audibles, más bien quejidos. Suerte que me encanta leer y casi nunca tengo encendido el televisor ni la radio, sino no los hubiera oído.
—Y dice usted que la última vez que la vio fue anoche, a media noche, más o menos.
—No la vi, oí cuando entraba, cuando cerraba la puerta. Luego el televisor, el extractor y la ducha, hasta que me quedé dormida.
—Usted tiene el turno de mañana. Empieza a las seis... por lo que debe levantarse... ¿a las cinco, más o menos?
—Pero hoy tenía fiesta, inspector. No sé si tendría que preguntar por mi abogado, tengo la sensación de que su tren viaja a mi estación —me dijo sonriendo, con mucha picaresca, guiñándome un ojo.
Pensé que no debía insistir ni preguntar más, y si lo hacía, probablemente ningún fruto recogido se podría comer ante el juez, por lo que preparé la marcha lo más suavemente posible.
—¿No recuerda algo que nos ayude un poquito? Lo que sea... El más mínimo detalle puede ser crucial —le pregunté con tono de compañerismo, para que se sintiera parte de la investigación.
—Es que la vi en muy pocas ocasiones y casi de refilón. Quiero ayudarle todo lo posible.
Con un ojo en Claudia y otro en Helena comprendí que una ya no sabía más, o no quería decir nada más, y la otra no había encontrado nada sospechoso en la vivienda, por lo que nos despedimos, entregándole una tarjeta con mi nombre y número de teléfono móvil.
Mi subinspectora, en el dormitorio de los hechos, me reafirmaba con voz lo que ya intuí en sus gestos y ojos, como cuando inspeccionábamos el piso de la vecina.
—Absolutamente normal, inspector. Quizás añadiría, por añadir algo, que hasta demasiado normal.
—¿A qué se refiere con demasiado normal, Elvira? —le pregunté por preguntar, porque me sabía la respuesta.
—En el botiquín del cuarto de baño, por ejemplo, sólo aspirinas, esparadrapos, tiritas... Ya sabe, lo normal, nada de antidepresivos, nada que incite a la más mínima sospecha. Todas las personas tenemos algún medicamento de ese tipo, o parecidos, en nuestros botiquines, pero ella no.
—¿Y más si trabajamos en un hospital, verdad? —le pregunté sin querer respuesta—. ¿Y en el resto de la vivienda?
—Igualmente, demasiado normal. Vive sola y no tiene ni látigos, consoladores, revistas pornográficas, libros marranos... ¡Hasta el ordenador parece el de un niño decente! Yo la nombraría ciudadana ideal.
—Demasiado ideal —susurré.
Mientras regresaban mis compañeros de sus indagaciones por el resto del edificio volví a analizar el dormitorio, por si se me escurría de entre los dedos alguna pista. Elvira se dio cuenta e hizo lo mismo.
Por muchas vueltas que le diéramos no había más que lo que ya teníamos. Regresaron los compañeros y nos comunicaron lo investigado: nadie conocía a Helena, aunque habían oído ruidos en su vivienda, ruidos del televisor, de la ducha, de la cocina... Los lógicos que emiten las viviendas habitadas, pero de verla, casi nadie la había visto. Sólo algunos tropezaron con ella, o bien de buena mañana, a las cinco, o bien a la noche, rondando las doce, pero con prisas y si fijarse en demasía, sin mediar más que unos buenos días, o buenas noches, o un hasta luego, reafirmando lo dicho por la vecina Claudia, que físicamente se asemejaba mucho a ella. Eso era todo, y era bien poco, por lo que el trabajo de investigación habría de continuar fuera de la escena del crimen, si es que había algún crimen, porque ya empezaba a dudar, pero tras mirar las sábanas pringadas de sangre, de tanta sangre, tuve que exigirme que no divagara, que allí estaba la prueba del crimen de una persona, sin lugar a dudas.
—¿Habéis recogido las muestras de sangre y las huellas dactilares? ¿Y los objetos sospechosos? —pregunté por costumbre, por que era evidente la respuesta afirmativa.
—Señor, objetos sospechosos no hemos encontrado ninguno, o mejor dicho, no hay rastro de que ninguno sea sospechoso.
—Está bien. Creo que aquí ya no pintamos nada. Acordonen la zona y luego, óiganme atentamente, no quiero a nadie, absolutamente a nadie, cerca de esta vivienda. Pongan una cámara oculta por si el asesino o alguien entra. Y que esté bien escondida, que se confíen. Y pinchen el teléfono. ¡Venga, vayámonos!
De camino a la comisaria el denso tráfico del centro de la ciudad me hizo mirar la hora de reloj: eran casi las nueve de la noche, por lo que un gesto de disgusto se dibujó en mi rostro, dándose cuente mi compañera.
—No se preocupe inspector, lo dejaré en su puerta, así su mujer dejará de preocuparse. Yo iré a la comisaría y redactaré el informe. De todas maneras ni usted ni yo podemos hacer nada, por lo menos hasta que nos lleguen las pruebas del laboratorio.
—Se lo agradezco, Elvira. Mi mujer ya está bastante cabreada conmigo y por muchas explicaciones que le dé no se tranquiliza. Mande a que investiguen al dueño del apartamento y a Claudia, me da en la nariz que por ahí anda el principio de la solución.
—No se preocupe, así lo haré.
continúa abajo...
 
Última edición: