A aquel apóstata clérigo lo desollaban vivo una turba cruenta de malhadados demonios de testa estrafalaria.Luego lo sumergieron en un caldero de hierro,mientras la luna negra aullaba de pena y congoja por la fatalidad de tal mugriento varón.Los ecos lastimosos de dolor rebotaban en la pérfida cueva donde murciélagos pardos revoloteaban ante el hazme reír de tales engendros demoníacos.Pero llegó un héroe con empuñadura de oro y,combatiendo a fuerza de espada y escudo decoroso fue descuartizando a tales númenes funestos.Luego quiso salvar al anacoreta.Pero ya era demasiado tarde.Se había convertido en una papilla caldosa de grasa humana mugrienta y pestífera.