amelita
Poeta adicto al portal
El cielo estaba azul y esplendoroso,
el tiempo era apacible y delicioso,
el follaje era verde, fresco y terso,
los pájaros danzaban en el viento,
jugaban bajo el sol, se oían sus cantos.
Caminábamos juntos el sendero,
llevabas un rifle entre tus manos,
de repente, un ruido atronador
irrumpió con violencia vigorosa
rasgando el fino velo de la tarde.
Le disparaste a un ave que volaba,
desprevenida navegando el éter.
Una bala choco e hirió de muerte
a ese pequeño ser que agonizaba.
Corriste raudo a recoger el premio,
victorioso, habías dado en el blanco,
pero algo sucedió dentro de ti,
al mirarlo tan frágil e indefenso
la tristeza colmó tu corazón,
pensaste en el misterio de la vida
y en el dolor terrible de la muerte,
la sangre inútilmente derramada.
Pensaste que tal vez iba al encuentro,
de sus hijos con hambre en algún nido
y sentiste la angustia de esos trinos
ahogados para siempre en el silencio,
quebrados por la atroz indiferencia,
dispersos como rayos de hojas secas.
el tiempo era apacible y delicioso,
el follaje era verde, fresco y terso,
los pájaros danzaban en el viento,
jugaban bajo el sol, se oían sus cantos.
Caminábamos juntos el sendero,
llevabas un rifle entre tus manos,
de repente, un ruido atronador
irrumpió con violencia vigorosa
rasgando el fino velo de la tarde.
Le disparaste a un ave que volaba,
desprevenida navegando el éter.
Una bala choco e hirió de muerte
a ese pequeño ser que agonizaba.
Corriste raudo a recoger el premio,
victorioso, habías dado en el blanco,
pero algo sucedió dentro de ti,
al mirarlo tan frágil e indefenso
la tristeza colmó tu corazón,
pensaste en el misterio de la vida
y en el dolor terrible de la muerte,
la sangre inútilmente derramada.
Pensaste que tal vez iba al encuentro,
de sus hijos con hambre en algún nido
y sentiste la angustia de esos trinos
ahogados para siempre en el silencio,
quebrados por la atroz indiferencia,
dispersos como rayos de hojas secas.
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