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El ciclo de Vulcano

Simón333

Poeta asiduo al portal
Entró casi en puntillas en la habitación. Lo primero que hizo fue dirigir su mirada hacia el lugar donde dormía su tio. Mientras le observaba, extendió cuidadosamente su mano hacia el pequeño bulto que descansaba en aquel roñoso dispensario. En un movimiento casi mecánico, sin dejar de observar aquella figura, recogió su medicina diaria. Eran aquellas tabletas, el eslabón que la unía a su tio y a este mundo, las que estaba condenada a consumir mientras viviera, o mientras quisiera seguir viviendo. Dio media vuelta y se dispuso a salir de alli lo más sigilosamente posible. Una vez fuera de la habitación se quedó tras la puerta escuchando atentamente con todos sus sentidos puestos en algún signo de reacción desde el otro lado… nada. Entonces fue que ese agudo y constante dolor que invadía toda su zona izquierda, le recordó que debía medicarse, medicina que según la estricta recomendación del doctor del pueblo, debió haber consumido algunas horas antes. Pero la mala noche de su tio, con ese ataque inusual de asma, le obligó a postergar su propia medicación, ahora recien lo haría.

Si Rosalía se hubiese detenido un momento frente a su tio, si le hubiera apenas rozado con sus manos, habría descubierto aquel frio que emanaba de ese cuerpo, habría descubierto aquella placidez con la que aquel rostro sereno y patriarcal, vuelto hacia la pared, miraba hacia un punto infinito. Ascensio Melquiades se había marchado de este mundo; en total silencio.

El viejo y enorme reloj de pared enclaustrado en medio del vetusto y adormecido salón, marcaba las cinco con cuarenta y dos minutos de la madrugada. Aquel instante, las cinco con cuarenta y dos minutos sería el momento exacto en el que aquel enorme péndulo dejara de oscilar para siempre.

Simón Reyes
 
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