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El colibri

PROMETEO55

Poeta recién llegado
Hubo hace un tiempo un jabalí que habiendo caído en un pozo, desesperadamente trataba de salir sin conseguirlo. Acertó a pasar por allí un colibrí y viéndolo en tales circunstancias, se acercó a su oído diciéndole:

—Quiero ayudarte, pero dime, ¿qué puedo hacer?, dijo el colibrí conmovido por el esfuerzo del jabalí.

Al verlo tan pequeño, el jabalí le dijo:

—Es mejor que te alejes, no vayas tú a caer también por culpa de mis forcejeos. Aléjate de mí…

— No me iré, ―replicó el colibrí― y aunque es cierto que soy pequeño, tengo la fuerza de mil truenos; además, me gustan los retos, por eso amo remontar cascadas y escalar las cumbres más altas, sentenció el pajarito.

Aunque el colibrí insistió muchas veces, no logró convencer al jabalí de su intención de ayudarlo. Resignado y entristecido, el diminuto pajarito se marchó no sin antes dejarle una de sus plumas para que escribiera su nombre en el viento.

—Esa será la señal para acudir presto en tu ayuda, le dijo.

Pasó el tiempo y el jabalí seguía sin poder salir; tampoco había usado la pluma multicolor que le dejó el colibrí.

Un día, llegó el colibrí sin haberlo llamado. El jabalí se alegró mucho, pues tenía mucho tiempo sin ver a nadie. Fue tanto su contento que, por un momento, olvidó su lucha contra el pozo y conversó largo y tendido con su amigo. Se transportó de nuevo hacia la libertad y recuperó sus fuerzas de dónde no sabía que las tenía.

Día tras día, el colibrí venía al pozo. Como todo lo demás era demasiado pesado para traerlo, el pajarito sólo llevaba su compañía. Mientras, el jabalí escribía su nombre en el aire y colibrí respondía con un susurro lleno de color y fantasía. Cuando no estaba, el jabalí sentía que la brisa le traía a su amoroso amigo de vuelta para revivir esos momentos, que se habían convertido en la razón por la que seguía vivo.

Pero un día, el jabalí escribió en el aire mil veces su nombre y no obtuvo respuesta, la brisa sólo le devolvía el frío de la soledad. Se había acostumbrado a la respuesta oportuna y su desconsuelo fue grande.

—¿Dónde estará? ¿Me habrá olvidado? ¿Le habrá ocurrido algo? ¿Era real o fue producto de mi imaginación desesperada?. Con cada pregunta, el jabalí encontraba una respuesta aterradora al ver pasar el tiempo.

Se aferró como pudo a una piedra del fondo y, luchando con las fuerzas desesperadas que el amor esconde, logró, por fin, salir del pozo.

Exhausto, el jabalí cayó de bruces en un sueño de mil días.

Despertó con gotas de lluvia en su cara, mezcladas con lágrimas secas, y buscó y buscó un rastro del colibrí, mas éste se había desvanecido. La pluma mágica, marchita de tanto agitarla, se escapó de sus manos presa de la brisa, dejándolo sin la llave para llegar a su amigo.

Corrió enloquecido para huir de su pena, y en su carrera, encontró un rió de agua clara donde sació su sed y se despojó de todo el lodo que lo había cubierto en el pozo.

Liberado de la carga dolorosa de la tierra, sintió que sus días de angustia y desesperación quedarían con ella sepultados en su memoria como un recordatorio de la fuerza que el amor esconde, pues somos capaces de vencer la adversidad con sólo desearlo firmemente.

Aunque del colibrí más no supo, el jabalí aprendió la lección, pues ese diminuto pajarito le había enseñado que, sin importar su tamaño, un corazón que ama tiene la fuerza de mil truenos.

Donde quiera que estés…¡mil gracias, amigo colibrí!
 

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