Recuerdo que pasabas sin prisa,
desde aquel día sé que existes
y al saludarte me devolviste una sonrisa,
relampaguearon tus ojos tristes.
Sonreías suspirando apenas,
por no darme a conocer
que habías salido de mis poemas,
dispuesta a darme tu querer.
Traías los cabellos sueltos al viento;
como abanicos negros
una dulce sonrisa con leve acento,
una mirada tierna coronada por cejas extendidas
como alas de golondrinas.
Que me dibujó el atardecer de los prados.
Ese color maravilloso de tu piel, dorado
dorada por el calor de mis sueños,
me presentaba a la mujer que he esperado.
Los cabellos oscuros y largos,
como el tiempo;
como cuando en las sombras te espero.