joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las horas vespertinas danzaban en caída indetenible hacia las sombras mientras los ruidos citadinos y los destellos crepusculares penetraban las rendijas del ventanal de vidrio. Rememorando el reciente pasado vinieron a la mente el flujo constante y efectivo de decenas de promesas colmadas de arco iris y sobre todo, fantasías alucinantes. Las ansias de volcar aquella pasión desenfrenada, de parte y parte, hacía que ambos corazones dejaran rebullir los ecos acelerados disipando los temores del fracaso en una cita, que con el paso de los días, fue esculpida en forma cierta y real.
El momento esperado estaba en el cenit y treinta meses doblegaron al calendario y de breves misivas bañadas en el más profundo sentimiento, surgió del pentagrama las ansiadas y definitivas notas musicales que lograrían ser el epílogo a noches de anhelos, desasosiego e insomnios incontrolables. Los sueños húmedos volverían a ser más húmedos con el roce de manos sedientas; los chasquidos de labios sin carmín llevarían tatuados muchos profundos besos de deseos; el jadeo de cuerpos ardientes dejaría fluir a borbotones la lava contenida por tanta dilación y en el más inquieto intercambio, quedarían apretujados con gran satisfacción, los variados sabores y colores del edén.
El pretexto de la distancia era un escepticismo. Era una barrera fácil de doblegar. Sólo requería ajustar la diana y disparar todas las propuestas con ánimos de acierto preciso. Era cuestión de paciencia y tiempo.
El torbellino acuciante fue amainando y arribó la quietud. En las sábanas arrugadas permaneció impresa la fragancia de un amor tornado en prohibido; quedaron enmarcados los sueños utópicos convertidos en vedada realidad. Los escollos de una lejana juventud y una incipiente adultez eran insalvables. Las saetas siguieron el ritmo acompasado y los párpados, vencidos por la somnolencia y un inútil arribo, bajaron en señal de sumisión a la espera de delirios ausentes y una nueva e inesperada aurora.
Los tañidos de un reloj dejaron ecos en los tímpanos masculinos. Un brusco movimiento asaltó cada sien y la idea convertida en un afilado estilete penetró hondo en la carne viva. Dando media vuelta estiró la mano buscando encontrar la quimera. Sólo palpó la frialdad de una sabana, una prenda que sirvió de acompañante en una perfecta noche de soledad. Pasando la mano por el rostro intentó borrar el mínimo vestigio de penuria mientras erguía el cansado cuerpo por el trasnocho. Con ligero traspié buscó con denuedo el espejo de la habitación. El olor a humo de cigarrillos de un inquilino anterior envolvía insoportable todo el ambiente en la séptima hora. Quedó evidente la decadencia de la euforia juvenil en los desordenados cabellos bañados de plata. Después de una velada de murmullos, frustraciones y soliloquios, las manos temblorosas alargaron los dedos y la imagen reflejada en el límpido cristal era sólo una sombra.
El momento esperado estaba en el cenit y treinta meses doblegaron al calendario y de breves misivas bañadas en el más profundo sentimiento, surgió del pentagrama las ansiadas y definitivas notas musicales que lograrían ser el epílogo a noches de anhelos, desasosiego e insomnios incontrolables. Los sueños húmedos volverían a ser más húmedos con el roce de manos sedientas; los chasquidos de labios sin carmín llevarían tatuados muchos profundos besos de deseos; el jadeo de cuerpos ardientes dejaría fluir a borbotones la lava contenida por tanta dilación y en el más inquieto intercambio, quedarían apretujados con gran satisfacción, los variados sabores y colores del edén.
El pretexto de la distancia era un escepticismo. Era una barrera fácil de doblegar. Sólo requería ajustar la diana y disparar todas las propuestas con ánimos de acierto preciso. Era cuestión de paciencia y tiempo.
El torbellino acuciante fue amainando y arribó la quietud. En las sábanas arrugadas permaneció impresa la fragancia de un amor tornado en prohibido; quedaron enmarcados los sueños utópicos convertidos en vedada realidad. Los escollos de una lejana juventud y una incipiente adultez eran insalvables. Las saetas siguieron el ritmo acompasado y los párpados, vencidos por la somnolencia y un inútil arribo, bajaron en señal de sumisión a la espera de delirios ausentes y una nueva e inesperada aurora.
Los tañidos de un reloj dejaron ecos en los tímpanos masculinos. Un brusco movimiento asaltó cada sien y la idea convertida en un afilado estilete penetró hondo en la carne viva. Dando media vuelta estiró la mano buscando encontrar la quimera. Sólo palpó la frialdad de una sabana, una prenda que sirvió de acompañante en una perfecta noche de soledad. Pasando la mano por el rostro intentó borrar el mínimo vestigio de penuria mientras erguía el cansado cuerpo por el trasnocho. Con ligero traspié buscó con denuedo el espejo de la habitación. El olor a humo de cigarrillos de un inquilino anterior envolvía insoportable todo el ambiente en la séptima hora. Quedó evidente la decadencia de la euforia juvenil en los desordenados cabellos bañados de plata. Después de una velada de murmullos, frustraciones y soliloquios, las manos temblorosas alargaron los dedos y la imagen reflejada en el límpido cristal era sólo una sombra.