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El Cuento de la sacristía y las luces de neón.

José Ignacio Ayuso Diez

Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
EL CUENTO DE LA SACRISTÍA
Y LAS LUCES NEÓN.



Existen ingeniosos prototipos
de seres engreídos,
que se erigen en alfareros
de miedos y cuentos.
Taladran con sus peroratas
el ánimo ingenuo
a los huérfanos de espíritu,
raciocinio y genio.
Se valen para sus conjuros
de engendros muertos
y ungüentos oscuros.


Se cubren como el acebo y dan tiña
a la viña. Recorren los caminos
cuando no hace frío, sin ser invierno
y cruzan los ríos por vados,
descalzos, con las alforjas
llenas de vacíos, miserias y engaños.
Se refugian en estaciones de trenes
que son finales de trayecto.
En ciudades umbrías de grises gentes
que carecen de fuentes y de vidas.
Por tener, solo tienen el alma perdida.
Y estos impostores de labia fina
les venden garrafones de agua bendecida.
Son pueblos decadentes
donde la virtud de los medio vivos,
es el vicio… de morir impenitentes.


He olvidado a posta,
el rezo del mediodía
para no pecar a conciencia,
pues el cura que confiesa
se ha crecido en la homilía
y nos ha contado al pueblo llano
el cuento de la sacristía:
“Que se meten en su cama
todas las noches y días,
cuando ésta está vacía.
Son esas feligresas
muchas de ellas impías,
con cascabeles en negros cuernos
y sucias pezuñas caprinas,
que le quieren perforar a traición
su honor y su alma pía”


No pretendo humillar al cura
de la negra sotana raída,
ni siquiera cambiar su alma
que de pura pureza está vacía.
Pero sigue el páter soñando
con esas pezuñas caprinas,
de cabras del pueblo salidas
en busca del macho salido
y se meten en su cama,
desnudas y lascivas,
entre sus sábanas blancas
sin manchas de pecado,
por la virtud del impío cura,
duramente flagelado.


El abad sobresaltado
se santigua avergonzado
por ese sueño recurrente
que le mantiene postrado
sobre el suelo de la abadía.


Quiere confesarse el cura capellán
de los pecados reiterados
que su compadre Morfeo
le deleita con sus juegos.
Y corre despavorido
sin dirección ni tino
hacia una roja luz
que está en medio del camino.
Son luces que le guían
en las noches tibias sin luna
donde le esperan beatas
que no van a misa de a una.


Quiere redimirse y
contar a los cuatro vientos
su realidad de los sueños
y a las gentes de la villa,
convencerlos de que hay premio
entre los muros de capilla
y que no busquen redención
bajo esas luces de neón.


Con elocuencia manifiesta
desde lo más alto de su ego,
se ha propuesto dar lecciones
a los feligreses peleones,
que buscan feligresas impías
entre tugurios y moteles
de licenciosa lencería.
Les reprende
por sucumbir a las tentaciones
y desfogarse
de calenturas y pasiones.


Todos somos hijos del mismo dios,
y nacemos con los mismos pecados.
El cura, las cabras, las feligresas, los feligreses,
todos vamos unidos de la mano.


Pero el cura es hombre,
y como hombre con alzacuellos,
se siente fuerte en la homilía,
y se crece con el poder, que un día
dice, un dios le dio.
Solo ve pecado en la relación carnal
que consuman hombres y mujeres
fuera del vínculo matrimonial.


Parecen preocuparle más
las orgías contra el cielo,
que las viciadas relaciones
en las casas con luces de neón.
Donde sus parroquianos se desfogan
de un calentón en la entrepierna
y pagan a disgusto con gusto,
como bula penitente,
la dignidad y honra
de las esclavizadas mujeres,
sometidas dentro y fuera
de esas cárceles rojo neón.


No concibo la hipocresía del hombre,
que para aplacar sus fuegos,
renuncie a su honor y hombría
generando nuevos incendios
en esas casas sombrías,
donde solo se necesita el dinero
y dejar la conciencia
colgada en el guardarropía.
Se mezclan individuos
de todos los colores,
condición y esperpento,
banqueros y sus chequeras
con obreros de “
ciertopelo”,
políticos y empresarios,
juristas y proxenetas,
etcétera, etcétera, etcétera...


Pero yo, que no tengo alma de poeta asceta,
con un buen cigarro puro en la mano
y una copa de vino en la mesa
escribo versos… buenos y malos,
algunos de mediocre hechura,
y otros de infumable tesitura,
que no satisfarán nunca
a los vacuos maestros mundanos
de este kafkiano mundo.
Ni justificaran jamás,
a esos enjutos diablos
de seso hueco y duro sexo,
que se prestan a transitar ufanos
por los
fálicos inframundos
profanando la dignidad de las mujeres
en esas sementeras de agravio y dolor

que son esas casas Sin citas de neón.


José Ignacio Ayuso
 

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