Littera
Poeta asiduo al portal
[Reescribo el archifamoso poema de Edgar Allan Poe, vertiéndolo, a mi particular manera, en dieciocho estancias octosilábicas de ritmo trocaico y rima asonantada].
A Gema Carrillo
Una noche fría y muda
en que al filo oscuro y quedo
del instante inerte y vago
al calor me hallaba recio
de un extraño, vivo, fuerte
y a la vez rojizo fuego
repasando antiguos folios
con semblante débil, lejos
pareciome oír llamar
un sonido suave, hueco,
a mi puerta en paso tal.
Confundido, quise entonces
suponer que el frágil ruido
que escuchara absorta y lasa
mi cabeza era, ¡oh sino
proceloso, triste y vil
el del hombre que es herido
del cruel tormento eterno!,
la meliflua voz de lino
de doncella esbelta, impar,
por la cual arrostra impíos
huracanes la alma en paz.
“Leonor –pensé– querida,
en aquesta cruda noche
en que tú y tu cuerpo hermoso
le recuerdan bien al pobre
que te llora días idos
de alegría, dicha y goce,
si quizás hablar pudieras,
si quisieras, dile a tu hombre
si quien llama en hora tal
y dispara el pecho al trote
por feliz suceso impar
tu rosada, joven, fina
y adorada mano sea;
pues que así, si ahora veo
un futuro pleno en fieras,
de terror ahíto, en locos
pensamientos hecho tierra,
te mirando a ti y oyendo
tu reír, tus voces frescas,
volverase el dicho ya
en solaz de flores tiernas
cuan tan solo amores dan.”
Levanteme presto y raudo
al candor de aquese influjo,
recorriendo a grandes brincos,
con afán y anhelo bruscos,
la morada hirsuta, helada,
tan vacía en pompa y lujos
cuan mi amor de suerte y vida,
y encaucé jamás sin susto
a la luz sotil del mal
mi perenne andar enjuto
a la puerta humil de atrás.
En abriendo esta, el ímpetu
animal de Nicte y Érebo
envolvió mis flacas carnes,
y al querer del lindo cuerpo
el hermoso y alto nombre
pronunciar con pira y hielo,
por respuesta sólo espanto
y el terror del duro tiempo
acudieron ya a la par
al valor y a más al credo
zaherir con odio agraz.
Lastimado así, el postigo
pretendí cerrar, mas antes
de que tal pudiera hacer,
formidable cuervo –el ave
que con muerte, cese y bruma
alimenta hostiles males–
penetró en mi cuarto gris
y, batiendo torvo graves
sus remeras, fue a posar
la figura entera grande
en de Palas fiel la faz.
Lo miré curioso y solo
sobre el busto mudo, en mármol,
de la diosa sabia y bélica
sospechando ardid aciago:
ni en delirios hombre alguno
que se precie habrase al lado
de tan rudo, cruel y tétrico
ejemplar de cuervo arcano,
hasta donde alcanza edad,
bajo aquel paraje extraño,
contemplado en modo tal.
en que al filo oscuro y quedo
del instante inerte y vago
al calor me hallaba recio
de un extraño, vivo, fuerte
y a la vez rojizo fuego
repasando antiguos folios
con semblante débil, lejos
pareciome oír llamar
un sonido suave, hueco,
a mi puerta en paso tal.
Confundido, quise entonces
suponer que el frágil ruido
que escuchara absorta y lasa
mi cabeza era, ¡oh sino
proceloso, triste y vil
el del hombre que es herido
del cruel tormento eterno!,
la meliflua voz de lino
de doncella esbelta, impar,
por la cual arrostra impíos
huracanes la alma en paz.
“Leonor –pensé– querida,
en aquesta cruda noche
en que tú y tu cuerpo hermoso
le recuerdan bien al pobre
que te llora días idos
de alegría, dicha y goce,
si quizás hablar pudieras,
si quisieras, dile a tu hombre
si quien llama en hora tal
y dispara el pecho al trote
por feliz suceso impar
tu rosada, joven, fina
y adorada mano sea;
pues que así, si ahora veo
un futuro pleno en fieras,
de terror ahíto, en locos
pensamientos hecho tierra,
te mirando a ti y oyendo
tu reír, tus voces frescas,
volverase el dicho ya
en solaz de flores tiernas
cuan tan solo amores dan.”
Levanteme presto y raudo
al candor de aquese influjo,
recorriendo a grandes brincos,
con afán y anhelo bruscos,
la morada hirsuta, helada,
tan vacía en pompa y lujos
cuan mi amor de suerte y vida,
y encaucé jamás sin susto
a la luz sotil del mal
mi perenne andar enjuto
a la puerta humil de atrás.
En abriendo esta, el ímpetu
animal de Nicte y Érebo
envolvió mis flacas carnes,
y al querer del lindo cuerpo
el hermoso y alto nombre
pronunciar con pira y hielo,
por respuesta sólo espanto
y el terror del duro tiempo
acudieron ya a la par
al valor y a más al credo
zaherir con odio agraz.
Lastimado así, el postigo
pretendí cerrar, mas antes
de que tal pudiera hacer,
formidable cuervo –el ave
que con muerte, cese y bruma
alimenta hostiles males–
penetró en mi cuarto gris
y, batiendo torvo graves
sus remeras, fue a posar
la figura entera grande
en de Palas fiel la faz.
Lo miré curioso y solo
sobre el busto mudo, en mármol,
de la diosa sabia y bélica
sospechando ardid aciago:
ni en delirios hombre alguno
que se precie habrase al lado
de tan rudo, cruel y tétrico
ejemplar de cuervo arcano,
hasta donde alcanza edad,
bajo aquel paraje extraño,
contemplado en modo tal.
“Demandarte quiero –díjele
recostando el miedo infame
sobre el grácil, tenue forro
de un cojín–, vetusto y acre,
infernal heraldo inculto
del averno tinto en labe,
de entre todos cuál tu nombre
en la tierra sea me hables.”
Mas tan sólo vino a dar
por respuesta este grave
las palabras “Nunca más”.
Una extensa y amplia risa
sacudiome entonces la alma,
pues aquel inmundo y negro
enviado alado daba
de repente toscas muestras
de intelecto vano en cada
atrevido, avieso gesto
dirigido ya a mi cara,
a mis ojos ya que van
en vivaz, ingente llama
al abismo atroz del mal.
“Significa más que poco
que un premioso cuervo parle
cantinelas burdas, vacuas,
aprendidas de amo instable
cuyas cuitas sólo al ir
de los días dieron tales
ominosas, pobres cargas
de dolor y guerra infames;
¡que te marches quiero ya!”
Mas rompió el foráneo grave
el silencio: “Nunca más.”
Pues sus voces sangre hicieron
en mis huesos mustios, vine
a encender mi altiva rabia
con el grito en hiel que sigue:
“¡Por el cielo curvo y ciego
que el destino humano rige,
escupido ser o pájaro
de la entraña vil de Estigie,
del pavor del huerco par
y emisario alado, oíble,
que en terrores mil tenaz
apresuras tanta saña
y furor atán enorme
que ni Alecto, diosa déspota,
ni Tisífone, alta en fronte,
ni Megera cruel e hiriente
a alcanzar jamás sus topes
se resuelven, dime enhiesto
si quizás exista brote
de descanso y tregua en paz
tras la pugna en que este pobre
por usanza siempre está!”
Estalló centella fúlgida
en el reino escuro y turbio
de la noche opaca y bárbara,
pero el cuervo flaco y sucio
ni movió una pluma sola
ni giró sus ojos lucios
de mi rostro enteco y muerto,
a su vez con porte turnio
prorrumpiendo en habla cual
familiar al pecho bruno
resultaba: “Nunca más.”
Por la crasa inquina absorto,
profiriendo injuria vasta
dirigime, enfermo, exangüe
y agotado como estaba
al postigo gris del cuarto,
mas queriendo abrirlo, ufana
la tormenta necia en ira
de estruendosa, altiva saña
conformada vino a alzar
su poder con toda rabia
en mi ruin y lacio umbral.
Bajo inmenso horror prendido,
en cerrando ya la grande
abertura, fui, a despecho
del cerval terror infame
que el aspecto de ese pájaro
producía en la alma amante,
a mirarlo allí subido
en el busto de alto talle
y, sin otra voz que dar,
a entonarle al fin si cabe
la cuestión, la cruz fatal:
de esperanza: “Nunca más.”
recostando el miedo infame
sobre el grácil, tenue forro
de un cojín–, vetusto y acre,
infernal heraldo inculto
del averno tinto en labe,
de entre todos cuál tu nombre
en la tierra sea me hables.”
Mas tan sólo vino a dar
por respuesta este grave
las palabras “Nunca más”.
Una extensa y amplia risa
sacudiome entonces la alma,
pues aquel inmundo y negro
enviado alado daba
de repente toscas muestras
de intelecto vano en cada
atrevido, avieso gesto
dirigido ya a mi cara,
a mis ojos ya que van
en vivaz, ingente llama
al abismo atroz del mal.
“Significa más que poco
que un premioso cuervo parle
cantinelas burdas, vacuas,
aprendidas de amo instable
cuyas cuitas sólo al ir
de los días dieron tales
ominosas, pobres cargas
de dolor y guerra infames;
¡que te marches quiero ya!”
Mas rompió el foráneo grave
el silencio: “Nunca más.”
Pues sus voces sangre hicieron
en mis huesos mustios, vine
a encender mi altiva rabia
con el grito en hiel que sigue:
“¡Por el cielo curvo y ciego
que el destino humano rige,
escupido ser o pájaro
de la entraña vil de Estigie,
del pavor del huerco par
y emisario alado, oíble,
que en terrores mil tenaz
apresuras tanta saña
y furor atán enorme
que ni Alecto, diosa déspota,
ni Tisífone, alta en fronte,
ni Megera cruel e hiriente
a alcanzar jamás sus topes
se resuelven, dime enhiesto
si quizás exista brote
de descanso y tregua en paz
tras la pugna en que este pobre
por usanza siempre está!”
Estalló centella fúlgida
en el reino escuro y turbio
de la noche opaca y bárbara,
pero el cuervo flaco y sucio
ni movió una pluma sola
ni giró sus ojos lucios
de mi rostro enteco y muerto,
a su vez con porte turnio
prorrumpiendo en habla cual
familiar al pecho bruno
resultaba: “Nunca más.”
Por la crasa inquina absorto,
profiriendo injuria vasta
dirigime, enfermo, exangüe
y agotado como estaba
al postigo gris del cuarto,
mas queriendo abrirlo, ufana
la tormenta necia en ira
de estruendosa, altiva saña
conformada vino a alzar
su poder con toda rabia
en mi ruin y lacio umbral.
Bajo inmenso horror prendido,
en cerrando ya la grande
abertura, fui, a despecho
del cerval terror infame
que el aspecto de ese pájaro
producía en la alma amante,
a mirarlo allí subido
en el busto de alto talle
y, sin otra voz que dar,
a entonarle al fin si cabe
la cuestión, la cruz fatal:
“¡Por piedad siquiera sea,
te suplico, cuervo docto,
el favor de hablarme hagas
y me digas ya a los ojos
si en el rico Edén ventura
obtendré, si el bello coro
de los besos suaves, frescos,
de sus labios tersos, rojos,
volverá su miel a dar
en la piel de aqueste sonso
y perdido ser sin paz!”
Un fragor mató el silencio,
un helor quebró el espacio
y un terror hirió abrupto
la salud del aire zaino
y pesado cuando el cuervo
prorrumpió, soberbio y raudo,
en chillido altivo y fuerte
con desdén en cada labio,
me robando así, bestial,
el postrer aliento dado
te suplico, cuervo docto,
el favor de hablarme hagas
y me digas ya a los ojos
si en el rico Edén ventura
obtendré, si el bello coro
de los besos suaves, frescos,
de sus labios tersos, rojos,
volverá su miel a dar
en la piel de aqueste sonso
y perdido ser sin paz!”
Un fragor mató el silencio,
un helor quebró el espacio
y un terror hirió abrupto
la salud del aire zaino
y pesado cuando el cuervo
prorrumpió, soberbio y raudo,
en chillido altivo y fuerte
con desdén en cada labio,
me robando así, bestial,
el postrer aliento dado
de esperanza: “Nunca más.”
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