Aquella flor de fragancia onírica tenía preso, en espíritu, a un joven mozo de mirada penetrante. Estaba obnubilado por los encantos de su objeto ferviente de plenos deseos. El tiempo estival incitaba a la contemplación especulativa. El chico seguía en trance. Hasta que el graznido de un cuervo lo despertó con una sacudida de temor obtuso. Era ya noche y aún no había regresado a su añorado hogar. Donde padres y hermanos estarían preocupados por su enigmática ausencia. Entonces, nuestro ya despierto sujeto emprendió el camino de vuelta. Pero en su memoria permanecía la quintaesencia efervescente de aquel vegetal fatal. Su olor, su colorido, su talle. Todas las cualidades impregnaban la imaginación calenturienta de su desdichada víctima. Entonces, se dio la vuelta otra vez. Evitando el camino salvador hacia su nido hogareño. Fue amoroso hacia la tentadora flor de sus más ardientes pasiones e, intentando cazarla con su mano temblorosa, se dio cuenta que aquella yacía podrida y con un olor fétido; que provocó en el diezmado amante una lúgubre pena de la que no se pudo sacudir ni en el resto de su desdichada vida.