Hombre que en el tumulto de esta hora del
mundo te pierdes y encegueces;
y en la noche te buscas, sin comprender la noche,
y en la noche pereces;
tú, que de usar los ojos en mirar lo pequeño
los ojos has perdido,
tú, que de tropezar con tus propios sentidos
ya no tienes sentido,
tú, que en la soledad eras un desolado
porque no te conoces,
tú, que huyes del silencio, pues te aterra
el espectro que queda de tus voces,
tú, el desesperado de no haber visto a Dios,
de no haberlo encontrado, te llenarás
de asombro cuando adviertas que
siempre estuvo a tu lado;
y aún está, y estará, pues su
misericordia sin tasa ni medida
desborda, a pesar tuyo, de los universos
de tu muerte y tu vida.
¡Si yo te dijera que esos mismos sentidos
que dilapidaste te unen secretamente
a quién esos sentidos tantas veces negaste!
Hasta en lo más simple de las cosas que miras
está Aquel que buscabas, a quién negabas
tan obstinadamente.
Sumérgete en la noche sin pavor ni recelo
con la plenitud del amante; y pregunta
con esa sabiduría del niño que interroga
las cosas;
¿Quién está tras las cosas encendiendo los astros?
¿Qué es este aire nocturno que desvela las hojas
y adormece las flores? El silencio infinito ¿no es acaso
un lenguaje de infinitos rumores?
¿Qué es esta soledad sino Aquella presencia inadvertida?
Pero no es preciso de lo lejano y remoto
para hacerlo evidente, pues también en las cosas
menos extraordinarias parece estar presente.
Entre las arboledas jugaban suavemente
los ángeles del viento, iban y venían
en la sombra a manera de lento guardián
del pensamiento. La conciencia nocturna
continuó su monólogo razonable y prefecto.
Pero cuando la noche comenzó
a demacrarse con las primeras luces, apareció
en la calle el cadáver de un hombre desplomado
y sin vida.
mundo te pierdes y encegueces;
y en la noche te buscas, sin comprender la noche,
y en la noche pereces;
tú, que de usar los ojos en mirar lo pequeño
los ojos has perdido,
tú, que de tropezar con tus propios sentidos
ya no tienes sentido,
tú, que en la soledad eras un desolado
porque no te conoces,
tú, que huyes del silencio, pues te aterra
el espectro que queda de tus voces,
tú, el desesperado de no haber visto a Dios,
de no haberlo encontrado, te llenarás
de asombro cuando adviertas que
siempre estuvo a tu lado;
y aún está, y estará, pues su
misericordia sin tasa ni medida
desborda, a pesar tuyo, de los universos
de tu muerte y tu vida.
¡Si yo te dijera que esos mismos sentidos
que dilapidaste te unen secretamente
a quién esos sentidos tantas veces negaste!
Hasta en lo más simple de las cosas que miras
está Aquel que buscabas, a quién negabas
tan obstinadamente.
Sumérgete en la noche sin pavor ni recelo
con la plenitud del amante; y pregunta
con esa sabiduría del niño que interroga
las cosas;
¿Quién está tras las cosas encendiendo los astros?
¿Qué es este aire nocturno que desvela las hojas
y adormece las flores? El silencio infinito ¿no es acaso
un lenguaje de infinitos rumores?
¿Qué es esta soledad sino Aquella presencia inadvertida?
Pero no es preciso de lo lejano y remoto
para hacerlo evidente, pues también en las cosas
menos extraordinarias parece estar presente.
Entre las arboledas jugaban suavemente
los ángeles del viento, iban y venían
en la sombra a manera de lento guardián
del pensamiento. La conciencia nocturna
continuó su monólogo razonable y prefecto.
Pero cuando la noche comenzó
a demacrarse con las primeras luces, apareció
en la calle el cadáver de un hombre desplomado
y sin vida.