Aquel ser fantasmal se dedicaba, todas las noches de luna creciente, a hacer estragos en su habitación orientada hacia el infierno. Sus pasatiempos favoritos eran recoger la grasa de niños recién difuntos en el cementerio de cruces lastimosas y conjurar al demonio de semblante serio y demacrado. Sus vecinos habían perdido por su culpa la lozanía festiva que años atrás ostentaban. Antes de que llegase aquel sujeto inmundo. Resultó que una noche al objeto viviente de las abominaciones le dio un infarto al corazón. Todos se alegraban en su fuero interno. Ya no tendrían que sacudirse de sus amedrentadas testas el pánico magiar de antaño. Al velatorio no fue ni un alma. Sólo un pordiosero anciano que cojeaba de la siniestra pierna. Y al entierro de la confusión, el sacerdote se negó rotundo a recitar pasajes y salmos de la decadente Biblia. Por miedo a que despertase el muerto con un vozarrón de inusitada droguería.