Mediocielo
Poeta fiel al portal
Un día adormecí en regazos inusitados y carmesí.
Tórridas muecas salpicaban de noctámbulo éxtasis embravecido
efusivas memorias de elefantes condenados.
Y mientras soñábamos en la cárcel de los miedos,
una canción con muda de tacto tierno y sereno
bramaba quebrar el silencio en las entrañas perpetuas.
Aullidos de temor se derramaban en placeres complejos,
entramado de talentos comprimidos y tentáculos encendidos,
delicias de dioses y diablos cómplices de un evento.
Oh! Rito pecador, almacén de fruición desorbitada,
opio de fantasmas pacifistas de eras ensoñadas.
Miles de cuerpos dionisíacos confluyen en un beso
en la noche de los blues emancipados,
y un suspiro asilvestrado trepa por la ventana al infinito
para corromper el reino de una musa hipócrita,
títere de túnicas creyentes y palabras sin sentido.
Mas, quién juzga al verdugo de placeres sinceros,
a sabiendas del elixir terrenal y fruto de Adán
del cauto ladrón que guarda el baúl del misterio con recelo
mientras el niño huérfano que vaga a su encuentro
perece en la colina virginal del pecado más perfecto.
Simbólicas formas contorsionan el espacio
y trazan márgenes a destajo en el albor de la noche.
En ese momento, el pecado se torna deseo.
Tórridas muecas salpicaban de noctámbulo éxtasis embravecido
efusivas memorias de elefantes condenados.
Y mientras soñábamos en la cárcel de los miedos,
una canción con muda de tacto tierno y sereno
bramaba quebrar el silencio en las entrañas perpetuas.
Aullidos de temor se derramaban en placeres complejos,
entramado de talentos comprimidos y tentáculos encendidos,
delicias de dioses y diablos cómplices de un evento.
Oh! Rito pecador, almacén de fruición desorbitada,
opio de fantasmas pacifistas de eras ensoñadas.
Miles de cuerpos dionisíacos confluyen en un beso
en la noche de los blues emancipados,
y un suspiro asilvestrado trepa por la ventana al infinito
para corromper el reino de una musa hipócrita,
títere de túnicas creyentes y palabras sin sentido.
Mas, quién juzga al verdugo de placeres sinceros,
a sabiendas del elixir terrenal y fruto de Adán
del cauto ladrón que guarda el baúl del misterio con recelo
mientras el niño huérfano que vaga a su encuentro
perece en la colina virginal del pecado más perfecto.
Simbólicas formas contorsionan el espacio
y trazan márgenes a destajo en el albor de la noche.
En ese momento, el pecado se torna deseo.
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