prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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El destripador de corderos camina irreverente por una calle ancha
y sus cuchillos silban la irreconocible balada del hierro.
A su izquierda la hierba renuncia a los futuros ocasos
y se embriaga de sangre ártica
como un puñado de venas congeladas dentro del rezo.
El destripador de corderos es amigo de la gente con gargantas cimentadas por el hambre,
de los yeseros de la insuficiencia
que merecen un trago de veneno pero nunca se atreven
a lamer los jardines en flor.
El destripador de corderos tiene una hija hermosa como un grito
desde el hondo amanecer de la muerte.
Una o mil cruces que nombran el borboteo de la hondura de sus pestañas.
O puede ser que brilla dentro del río del pecho el ánfora de un ángel ebrio
que ya no sabe de qué habla ni qué ilumina.
El destripador de corderos camina por la ancha calle del autismo,
por donde se pegan a las rocas esos dioses sofocados de las salinas
mientras las bocas serradas de sus cuchillos susurran el canto del óxido.
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