Primero
El eterno solsticio de invierno: los ojos ciegos de la Bestia, abriendo.
Preludio nefasto para el cual el tiempo ha guardado un nombre, que antes que nombre fue verbo, dado al decir de los hombres como el día del cordero.
Retumbar de parches, criaturas negras,
profanando el vientre mismo de la tierra;
sátiros del bosque, súcubos, arpías,
arpas como gritos de aves de rapiña.
Sangre de cordero, cuando amanecía,
junto al aquelarre en dantescos altares
runas señalaban cierta profecía.
Como fue anunciado se oyeron trompetas,
las siete predichas fanfarrias siniestras;
del odio del hombre, del miedo del santo,
de un huevo de azufre nacía la bestia.
Segundo
La última misa: de cómo llego el mensaje, del quien de tal mensajero, del cuando, el donde y el que fue de los corderos.
Al teñirse el sol de rojo, al sutil bramar de cuernos,
ríos de hiel, cal y lava fluyeron desde el averno.
Cada criatura viva perdió la calma y el sueño;
las plagas, el hambre, el odio, la diezma del primigenio.
El hombre atrajo a la bestia, la misma trajo su reino.
Y con el llego también, Gabriel, su más voraz emisario,
hijo de los malditos, padre de los bastardos,
premonitor de tragedias, azote de los beatos,
predecesor del primero y primer comandante al mando,
vocero de las desdichas dichas por el mismo diablo.
Así fue que hablo Gabriel, todos así lo escuchamos
Poca esperanza en la tierra de quienes llámanse humanos,
junten sus pocas miserias, partan a mundos lejanos,
La bestia no discrimina hombres de Dios, de gusanos
El velo gris de la noche, cubrió de ceniza el alma,
lo propio realizo el magma pero con la carne misma,
brotando de cada grieta, dispersando con la brisa,
vapores y cantos sacros y una infinidad de astillas,
las cuales en cruz un día, recibieran al Mesías,
hoy han de hablarle al cordero, a puertas del matadero,
oirá su última misa.
Tercero
Los páramos del duelo: aquí comienza el exilio por los paramos del duelo, que a de ser para los mártires, de sangre sudor y fuego. Días de abundancia y gloria para el fétido blasfemo, y esperanzas diluidas para el fiel becerro.
Hermanos, vayamos donde no toque el frío índice del mundo,
hablan de un lugar al norte del reino del Nibelungo;
que otros dioses amparen la procesión lamentable del cordero vagabundo, pues se alejo del pastor, y pastó por cuenta propia donde el oscuro señor sembró semillas de espanto; hoy a de pagar con creces, hoy a de cargar con cruces de cal y canto.
Lejos aún duerme el día en que otra profecía augurará nuevos vientos: la vuelta del Niño Santo, el reclamo de su trono,el justo juicio a los muertos y la cacería del lobo.
En tanto cordero errante, que respondes a ningún dueño,
caminaras como ciego por los paramos del duelo;
tu marcha tendrá de bueno solo penumbra y silencio,
e incierta será la suerte, de cada paso que intentes,
de cada mirada al cielo. Ha sido dado a tus labios, el beso de la serpiente.
Que los pocos ojos que velan tu espalda, no duerman.
Cordero divino, desearas nunca haber sido.
El eterno solsticio de invierno: los ojos ciegos de la Bestia, abriendo.
Preludio nefasto para el cual el tiempo ha guardado un nombre, que antes que nombre fue verbo, dado al decir de los hombres como el día del cordero.
Retumbar de parches, criaturas negras,
profanando el vientre mismo de la tierra;
sátiros del bosque, súcubos, arpías,
arpas como gritos de aves de rapiña.
Sangre de cordero, cuando amanecía,
junto al aquelarre en dantescos altares
runas señalaban cierta profecía.
Como fue anunciado se oyeron trompetas,
las siete predichas fanfarrias siniestras;
del odio del hombre, del miedo del santo,
de un huevo de azufre nacía la bestia.
Segundo
La última misa: de cómo llego el mensaje, del quien de tal mensajero, del cuando, el donde y el que fue de los corderos.
Al teñirse el sol de rojo, al sutil bramar de cuernos,
ríos de hiel, cal y lava fluyeron desde el averno.
Cada criatura viva perdió la calma y el sueño;
las plagas, el hambre, el odio, la diezma del primigenio.
El hombre atrajo a la bestia, la misma trajo su reino.
Y con el llego también, Gabriel, su más voraz emisario,
hijo de los malditos, padre de los bastardos,
premonitor de tragedias, azote de los beatos,
predecesor del primero y primer comandante al mando,
vocero de las desdichas dichas por el mismo diablo.
Así fue que hablo Gabriel, todos así lo escuchamos
Poca esperanza en la tierra de quienes llámanse humanos,
junten sus pocas miserias, partan a mundos lejanos,
La bestia no discrimina hombres de Dios, de gusanos
El velo gris de la noche, cubrió de ceniza el alma,
lo propio realizo el magma pero con la carne misma,
brotando de cada grieta, dispersando con la brisa,
vapores y cantos sacros y una infinidad de astillas,
las cuales en cruz un día, recibieran al Mesías,
hoy han de hablarle al cordero, a puertas del matadero,
oirá su última misa.
Tercero
Los páramos del duelo: aquí comienza el exilio por los paramos del duelo, que a de ser para los mártires, de sangre sudor y fuego. Días de abundancia y gloria para el fétido blasfemo, y esperanzas diluidas para el fiel becerro.
Hermanos, vayamos donde no toque el frío índice del mundo,
hablan de un lugar al norte del reino del Nibelungo;
que otros dioses amparen la procesión lamentable del cordero vagabundo, pues se alejo del pastor, y pastó por cuenta propia donde el oscuro señor sembró semillas de espanto; hoy a de pagar con creces, hoy a de cargar con cruces de cal y canto.
Lejos aún duerme el día en que otra profecía augurará nuevos vientos: la vuelta del Niño Santo, el reclamo de su trono,el justo juicio a los muertos y la cacería del lobo.
En tanto cordero errante, que respondes a ningún dueño,
caminaras como ciego por los paramos del duelo;
tu marcha tendrá de bueno solo penumbra y silencio,
e incierta será la suerte, de cada paso que intentes,
de cada mirada al cielo. Ha sido dado a tus labios, el beso de la serpiente.
Que los pocos ojos que velan tu espalda, no duerman.
Cordero divino, desearas nunca haber sido.