Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No hubo un momento claro; no hubo una escena que pudiera señalar con el dedo y decir “aquí terminó todo”. Eso sería más fácil, más limpio, más justo. Pero no. Lo que pasó fue otra cosa, algo más silencioso, más lento, más difícil de aceptar: un día te miré y ya no estabas donde siempre habías estado dentro de mí.Tú no habías cambiado. Esa fue la parte más cruel. Seguías hablándome igual, tocándome con la misma certeza de quien cree que todavía hay algo latiendo del otro lado. Y yo… yo estaba ahí, respondiendo, cumpliendo con todos los gestos que alguna vez fueron verdad, pero sin ese lugar adentro donde las cosas realmente importan. No fue inmediato. Fue como ir alejándose sin moverse, como quedarse en un sitio y, aun así, empezar a desaparecer.
Me di cuenta de cosas pequeñas. En la forma en que empezaba a escucharte desde lejos, no lejos de ti, sino lejos de mí mismo. Como si alguien hubiera apagado algo por dentro y yo siguiera actuando como si la luz estuviera encendida. No había enojo, no había cansancio evidente, no había una razón que pudiera explicarlo. Solo esa certeza incómoda que uno no quiere decir en voz alta: ya no.
Y lo más difícil de todo fue que no era tu culpa. No había nada que reclamarte, nada que corregir, nada que te hiciera responsable de lo que se rompía sin ruido. Eso me dejó sin excusas. Porque cuando el otro falla, uno se defiende; pero cuando todo está bien y aun así algo se muere, no hay dónde esconderse.
Seguiste amándome. Con la misma naturalidad, con la misma entrega. Como si el amor fuera suficiente para sostenerlo todo. Y ahí fue cuando empecé a fallarte de verdad. No cuando dejé de sentir, porque eso no se elige, sino cuando decidí quedarme sabiendo que ya no estaba. Cuando seguí respondiendo tus mensajes, cuando te toqué como si algo en mí todavía respondiera, cuando te dije “todo está bien” aunque ya no había nada que sostener.
Fue una mentira sin palabras. Y las peores son así porque no dejan evidencia clara, pero se sienten en todo.
El cuerpo empieza a decir lo que uno calla. Se retira poco a poco, cambia la forma de mirar, deja de buscar, de quedarse, de insistir. Tú lo notabas, lo sé. Pero elegías no verlo. Yo también. Porque aceptar lo que estaba pasando implicaba decir algo que ninguno de los dos estaba listo para escuchar.
No te dejé el día en que dejé de amarte. Eso habría sido honesto. Te dejé cuando entendí que quedarme era otra forma de hacerte daño, una más lenta, más invisible, pero igual de real. Fue entonces cuando ya no pude sostener la idea de nosotros sin sentir que te estaba fallando con cada gesto vacío.
Ese día no lloré. Tampoco sentí alivio. No hubo libertad en esa decisión. Solo una certeza pesada, casi incómoda: el amor también se termina en silencio, sin despedidas claras, sin culpables definidos. Y a veces uno se convierte en la herida de alguien sin haber querido serlo nunca.
Y aun ahora, si alguien me preguntara cuándo exactamente dejé de amarte, no sabría qué decir. Porque hay cosas que no se rompen de golpe… se desgastan hasta que un día simplemente ya no están, y uno se queda ahí, tratando de entender cómo algo que parecía tan seguro pudo desaparecer sin hacer ruido.