Entre la espesura de un viejo robledal hueco,en noche de difuntos,despiertan de las cavidades sinuosas de tales magnánimos árboles los espectros de rociada corona de azufre.Y hacen enloquecer a los mortales incautos que merodean en la noche que cabalga la fragorosa luna llena con una proyección electromagnética que desestabiliza el áurea sagrada de aquellos.Con el único fin de abrir una brecha en su nimbo astral y robar así su espíritu;el cual ulula calamitoso cuando es devorado por la babosa boca de un monstruoso dios primigenio que tales entidades malévolas le entregan en sagrado holocausto.Cuando tal titánico ser se sacia,duerme un infinito sueño de descomunales dimensiones trascendentes;en la variable matemática que roza la penumbra de la locura eterna.Pero en un eructo de considerables magnitudes,nuestro bicho descomunal despierta de la modorra y con un silbido espeluznante pide a sus esbirros astrales que traigan sangre de vírgenes doncellas,postradas en camas mullidas de aterciopelado cielo raso...obedecen y entran de modo invisible por las fisuras de las casas destartaladas,hurtando tal agua rojiza con una cubeta de calaveras.Se la ofrecen a su dios universal,y este la sorbe con una pasión desmedida;después de haber dejado en el pellejo más maloliente a las damiselas ahora en los huesos
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