El eco de la palabra.

Seiffert

Poeta recién llegado
Dormir cuando los sentimientos callan,
no saber qué hacer o donde mirar,
cuando las noches son eternas,
y los llantos crean baladas.

Mirar al cielo, oscuro, frio,
mientras piensas y existes,
en un fuego gélido,
que marchita el interior fúnebre.

No comprender que soy especial,
hundido en la miseria de la sociedad,
acumulando odio y furia,
mientras grito, ¡basta!

Mi cuerpo se expande sobre el suelo,
lágrimas que corroe mi alma,
alimentando a la tierra de sufrimiento,
creando el mar de la pena.

Enterrado en un foso ennegrecido,
como féretro sin voz ni vida,
rodeado de muertos y heridas,
espero acabar con el mal de mi sufrimiento.

Entonces lo veo a lo lejos,
una pluma y un tintero,
millones de folios y un escritorio,
palabras que se amontonan en mi tráquea.

El dolor en la garganta,
el veneno en mis venas,
me siento y empiezo a escribir,
dejando fluir toda mi vida.

Escribo y escribo,
empiezo a sangrar,
es mi palabra encadenada,
que lucha para no ser un siervo.

Comienza a aliviarse mi conciencia,
la palabra abre camino a mi libertad,
palabras que se convierten en poesía,
abriendo luz donde había oscuridad.

Dejo de ser presa de la agonía,
aunque sigue la espina clavada,
pero soy el fuego que se prendió,
dejando atrás la penuria y dando lugar a la pasión.

Y así murió la rosa del silencio,
dejando el arma de la soledad,
un nuevo mundo imaginario,
donde fenece en mis manos la muerte.

Palabras que traspasan las barreras del tiempo,
imperturbables ante la vejez,
llegando a peces solitarios,
voces que provocan eco.

Es el cambio de mi mundo,
el eco de mi palabra,
que llegue a la conciencia,
de los que se han perdido.
 
Los ecos son buenos, apaciguan los sentimientos y engrandecen el espíritu. Bienvenido, feliz semana.
 

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