Évano
Libre, sin dioses.
El pregón del alcalde era cuanto menos curioso. A partir del próximo uno de octubre se obligaba a los ciudadanos del pueblo a estar en el cementerio media hora por la mañana, antes de ir a trabajar o de llevar a los niños al colegio; o de ir al médico o realizar cualquier actividad. Igualmente, antes de la media noche, se debía volver a estar otra media hora. Se prohibía hablar, jugar, dormir y todo aquello que no fuera permanecer en silencio y paz. Un alguacil se encargaría de confirmar la asistencia de cada uno de los habitantes, incluidos los niños. Por cada día que no se asistiera se entregaría un justificante, detallando la causa; en caso contrario, se le desterraría.
También fue curioso contrastar cómo las prisas de ese pueblo desaparecían, cómo la gente era más humanitaria, más benévola, más empática, más solidaria.
También fue curioso contrastar cómo las prisas de ese pueblo desaparecían, cómo la gente era más humanitaria, más benévola, más empática, más solidaria.