José de la Fuente
Poeta recién llegado
General sin uniforme,
monje sin cordón ni hábito,
rey sin cetro y sin corona...,
sin amor... ¡y enamorado!
Flor sin color ni fragancia,
en un edén desolado
donde morían las palabras
sin haberlas pronunciado.
Los violines del amor
se callaban a su paso
y los ojos de la noche
miraban hacia otro lado.
No era de rosas su senda,
sino de espinos y cardos,
medrando en la tierra oscura
de los nombres olvidados.
Tampoco era azul su cielo,
sino plomizo y opaco,
donde resonaban truenos
y se agitaban relámpagos,
mientras que una tempestad
de flechas rojas y dardos
en su alma y en su pecho
iba amapolas sembrando.
El destino escribía versos
en la palma de sus manos
y en sus vacíos aposentos
brillaban velas en vano.
Al palacio del amor
se acercó el enamorado;
no iba vestido de gala
ni iba nadie de su mano.
Y una voz le dijo al verlo:
-Perdone, se ha equivocado.
Aquí solamente entran
los que están enamorados.
Entonces se fue hasta el mar,
que él engrosara llorando,
y el mar, que lo conocía,
porque el mar es viejo y sabio,
por ver qué le contestaba
preguntó a un velero blanco
que llevaba en su cubierta
dos amantes abrazados:
-Dime, barco del amor,
¿no es ese un enamorado
que va dejando en la arena
huellas de sus pies descalzos?
-¡Oh, no! -contestó el velero-
Tan solo hay dos pies marcados,
y las huellas del amor
se forman de cuatro en cuatro.
Al más alto de los montes
se subió el enamorado;
la luna estaba tan cerca
que la cogía con la mano.
Y la luna lo envolvió
con sus rayos plateados,
y al notar que estaba solo
le dijo: -¿Cómo has llegado
a la cima de este monte
que no se alcanza escalando,
porque solamente existe
para los enamorados?
Pero él guardaba un silencio
de dimensiones y planos.
Y es que ante lo inexplicable
es mejor estar callado.
En las mentes confundidas
los pensamientos cesaron,
se congelaron las fuentes
y los suspiros callaron.
Los pájaros escondidos
rompían con trinos dorados
el mediodía de las flores
y el espejo de los lagos.
Por el camino perdido,
que no lleva a ningún lado,
con la cruz y no la cara
de su amor en solitario,
iba su triste figura
como un fantasma vagando,
soñando el cielo de un beso
y la gloria de un abrazo.
En su pecho cien mil soles
del amor inmaculado
relucían ante los ojos
que el azar hubo cegado.
General sin uniforme,
monje sin cordón ni hábito,
rey sin cetro y sin corona...,
sin amor... ¡y enamorado!
monje sin cordón ni hábito,
rey sin cetro y sin corona...,
sin amor... ¡y enamorado!
Flor sin color ni fragancia,
en un edén desolado
donde morían las palabras
sin haberlas pronunciado.
Los violines del amor
se callaban a su paso
y los ojos de la noche
miraban hacia otro lado.
No era de rosas su senda,
sino de espinos y cardos,
medrando en la tierra oscura
de los nombres olvidados.
Tampoco era azul su cielo,
sino plomizo y opaco,
donde resonaban truenos
y se agitaban relámpagos,
mientras que una tempestad
de flechas rojas y dardos
en su alma y en su pecho
iba amapolas sembrando.
El destino escribía versos
en la palma de sus manos
y en sus vacíos aposentos
brillaban velas en vano.
Al palacio del amor
se acercó el enamorado;
no iba vestido de gala
ni iba nadie de su mano.
Y una voz le dijo al verlo:
-Perdone, se ha equivocado.
Aquí solamente entran
los que están enamorados.
Entonces se fue hasta el mar,
que él engrosara llorando,
y el mar, que lo conocía,
porque el mar es viejo y sabio,
por ver qué le contestaba
preguntó a un velero blanco
que llevaba en su cubierta
dos amantes abrazados:
-Dime, barco del amor,
¿no es ese un enamorado
que va dejando en la arena
huellas de sus pies descalzos?
-¡Oh, no! -contestó el velero-
Tan solo hay dos pies marcados,
y las huellas del amor
se forman de cuatro en cuatro.
Al más alto de los montes
se subió el enamorado;
la luna estaba tan cerca
que la cogía con la mano.
Y la luna lo envolvió
con sus rayos plateados,
y al notar que estaba solo
le dijo: -¿Cómo has llegado
a la cima de este monte
que no se alcanza escalando,
porque solamente existe
para los enamorados?
Pero él guardaba un silencio
de dimensiones y planos.
Y es que ante lo inexplicable
es mejor estar callado.
En las mentes confundidas
los pensamientos cesaron,
se congelaron las fuentes
y los suspiros callaron.
Los pájaros escondidos
rompían con trinos dorados
el mediodía de las flores
y el espejo de los lagos.
Por el camino perdido,
que no lleva a ningún lado,
con la cruz y no la cara
de su amor en solitario,
iba su triste figura
como un fantasma vagando,
soñando el cielo de un beso
y la gloria de un abrazo.
En su pecho cien mil soles
del amor inmaculado
relucían ante los ojos
que el azar hubo cegado.
General sin uniforme,
monje sin cordón ni hábito,
rey sin cetro y sin corona...,
sin amor... ¡y enamorado!
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