Aquel ser escuálido vociferaba imperioso dentro de la iglesia, con olor asfixiante a carne cruda y azufre virgen. Los convidados a la boda eclesial lo miraban con ojos saltones y musitaban sílabas incongruentes de sus babeadas bocas. Entonces el sacerdote, todo él ensombrecido bajo la estola de piel de cordero, se apresuró hacia el energúmeno para echarlo del santo lugar. Pero he aquí que nuestro furibundo personaje, ahogado en las primicias de un vaho loco que corría como un remolino trémulo hacia el negro altar del Señor, le difuminó la faz severa al reverendo hijo de Dios. Dejándolo con una tez ceniza y marcada con la señal satánica de la bestia. Ya no habría pompa y honor para los novios. El servicial cura era ahora todo un poderoso demonio que bailaba al son de la trompeta enloquecida de la noche. La cual hacía correr ríos purpúreos de sangre virgen para que se ahogase todo el gentío que seguía rezando el miserere por la próxima defunción en ciernes.
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