Atenea Sheresada
Poeta fiel al portal
Un asiduo escritor se da cuenta un día que hace ya varios ayeres de su última creación decide que es hora de retomar la pluma y esparcir la tinta por todos lados, pero pasan los minutos y las horas, el transcurrir el tiempo se da cuenta de que el constante tic tac de su reloj preferido es muy molesto, que algunas piezas del piso se están desprendiendo, el techo necesita repintarse y la falta de baño de Willy su perro; pero de su nueva obra nada, solo se aprecian en el papel algunos puntitos, donde ha apoyado su pluma sin atinar a comenzar algo.
Brincan en su mente una y otra vez variados inicios, erase una vez, Hubo un día, Cuenta la leyenda, todos tan usados. Su lema preferido al redactar es que lo más difícil es iniciar, y realmente le está resultando complicado. Se ha llegado la media noche y elige dejar su titánica tarea para cuando lo acompañe el sol.
No logra conciliar el sueño, los nombres de los personajes le acosan, los rostros y caracteres de cada uno se arremolinan a su alrededor y no puede hacer otra cosa que salir de la cama e intenta una vez más.
A pesar de que cuenta con energía eléctrica, una vieja manía le obliga a escribir al calor de una vela, el suave danzar de la llama le resulta hipnotizaste, repentinamente se da cuenta que en el pabilo hay una pequeña damita moviéndose grácilmente su diminuto cuerpo, al verse descubierta desaparece.
Betty es una hermosa niña que vive en mi vela, baila a un ritmo que solo ella conoce, du danza es tan hermosa que parece que trata de conquistar a alguien. El escritor por fin ha iniciado su historia. Pero tan pronto como llegó la inspiración, se marchó.
Nuevamente vio el escritor a que alguien estaba en su vela, realizando rítmicos movimientos, esta vez una figura masculina ligeramente más alta que la anterior, igual de graciosa y tímida pues ante la atónita mirada del escritor se escabulló.
Bruno es el danzarín de flamas que posee el corazón de Betty, ambos se corresponden. Cada noche cuando nadie les observa bailan hasta que la llama se extingue, cada movimiento es un suave cortejo, sublime e incansable, avanzan las noches y aumenta su deseo, la flama se incita ante el dulce espectáculo y su tamaño crece y crece para dar a los amantes espacio.
El escritor no podía detenerse, entró en un estado febril y de tinta llenaba hoja tras hoja.
Sonó el cucú del reloj anunciando las ocho de la mañana, el escritor buscó su obra entre los muchos papeles que tenía sobre su escritorio, pero no encontró más que una hoja llena de puntos de tinta y al ver su vela observó solamente la cera desparramada en el soporte.
Solo un sueño pensó desconcertado, pero en el fuego moribundo de la chimenea, por unos instantes a dos figuras vio bailar, entre las cenizas de lo que puedo haber sido su obra magistral.
Brincan en su mente una y otra vez variados inicios, erase una vez, Hubo un día, Cuenta la leyenda, todos tan usados. Su lema preferido al redactar es que lo más difícil es iniciar, y realmente le está resultando complicado. Se ha llegado la media noche y elige dejar su titánica tarea para cuando lo acompañe el sol.
No logra conciliar el sueño, los nombres de los personajes le acosan, los rostros y caracteres de cada uno se arremolinan a su alrededor y no puede hacer otra cosa que salir de la cama e intenta una vez más.
A pesar de que cuenta con energía eléctrica, una vieja manía le obliga a escribir al calor de una vela, el suave danzar de la llama le resulta hipnotizaste, repentinamente se da cuenta que en el pabilo hay una pequeña damita moviéndose grácilmente su diminuto cuerpo, al verse descubierta desaparece.
Betty es una hermosa niña que vive en mi vela, baila a un ritmo que solo ella conoce, du danza es tan hermosa que parece que trata de conquistar a alguien. El escritor por fin ha iniciado su historia. Pero tan pronto como llegó la inspiración, se marchó.
Nuevamente vio el escritor a que alguien estaba en su vela, realizando rítmicos movimientos, esta vez una figura masculina ligeramente más alta que la anterior, igual de graciosa y tímida pues ante la atónita mirada del escritor se escabulló.
Bruno es el danzarín de flamas que posee el corazón de Betty, ambos se corresponden. Cada noche cuando nadie les observa bailan hasta que la llama se extingue, cada movimiento es un suave cortejo, sublime e incansable, avanzan las noches y aumenta su deseo, la flama se incita ante el dulce espectáculo y su tamaño crece y crece para dar a los amantes espacio.
El escritor no podía detenerse, entró en un estado febril y de tinta llenaba hoja tras hoja.
Sonó el cucú del reloj anunciando las ocho de la mañana, el escritor buscó su obra entre los muchos papeles que tenía sobre su escritorio, pero no encontró más que una hoja llena de puntos de tinta y al ver su vela observó solamente la cera desparramada en el soporte.
Solo un sueño pensó desconcertado, pero en el fuego moribundo de la chimenea, por unos instantes a dos figuras vio bailar, entre las cenizas de lo que puedo haber sido su obra magistral.