En endiabladas caras macilentas, endiosadas por la voz cavernosa del espectro espumgiforme, cohabita la maldad siniestra y radical de una dimensión que escapa a la geometría euclidiana. Es la fragua salitrosa y mohosa de miles de almas, chupadas en éter espiritual de una arácnida presa y cazadora de substancia dúctil para la comunidad. El endiablado espectro espumgiforme escupe versos satánicos. Mientras muda de rostro gehénico todas las noches de difuntos. Pero, gracias a la dádiva de la recién aurora de pétalos de agua rosácea, tal inquilino infernal se escabulle por la cuarta vertical. Soltando un alarido descomunal. Que hiende los cimientos groseros de la celosía temporal y espacial de la monótona e insidiosa casa de las maldiciones.