Por los vericuetos integrales de unos pasadizos subterráneos deambula el alma de un difunto. Con su corona etérea del sin sabor. Las galerías están iluminadas por antorchas de negra llama, colgadas en volutas anexas a las enmohecidas paredes. El espectro busca un espíritu viviente que le preste su esencia vital. Mas por allí no se haya mortal alguno. Entonces, desesperado, se transfigura en moreno pan de trigo. Presto para ser comido por la primera dama o caballero que penetre por tales pasillos de nefasta remembranza. Repica en el corazón de la noche inmersa del rocío condensado en alcohol, ya fuera, el dulce beso de una niña en la frente del alma desventurada, re transfigurada otra vez a su forma original. Y lo único que hace es ulular de compasión.