Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
...
Olor de ropa flamante...
Fragancia de tu perfume que corre tras de ti,
como emotivamente lo hago yo. Como todas las cosas,
pues, cómodamente ubicado y con mi vaso girando
y transpirando fríamente entre mis manos inútiles,
noto además, el humo de mi cigarrillo ir y venir,
dócil y maravillado, también tras tu paso.
¡Nerviosa, urgida, alegre!, vas y vienes:
retocándote, probándote, desechando, aprobando,
embelleciendo tu belleza. Vamos a salir, y yo, (otro espejo)
te reflejo sólo para mí: Tú, hermosa, ¡dichosa!, y yo,
impasible, aparentemente calmo, ¡íntimamente celoso!
Quizás, luego, audaz y solapada, alguna mirada especial
se detenga en ti, y tú...bueno...
¡Como juega el amor! ¡Como juega! ¡Como se divierte
punzando, hiriendo mi sensible, tormentoso corazón!
Fatídicamente sonrío y pienso: Me he vestido para ti.
Persuadido a táctica piel tuya, abandoné mi confiado
y seguro letargo. Arrodillé como un caballero ante ti:
mi orgullo, mi vida, mi tiempo sensato...otra vez.
Y tú, conciente de mi amante debilidad, me acaricias,
me alientas, sabida de tu efecto sedativo, diestra soberana
de intuitiva indulgencia. Ajena...como para otro.
Y así marchamos: ¡Bulle tu interés por la fiesta!
Y te molestas, y yo me molesto, por la brisa juguetona
que usurpa en tus cabellos, la cohibida, letal también
y a duras penas contenida, ávida intención caricia
de mis dedos.
Corriges mi corbata, mi solapa, mi pelo, como otros tres
elementos atinentes a tu vanidad, y yo, con mi atención
en la ruta, en ti: tu perfil radiante en la noche umbría,
premonitora de disgustos, como yo. ¡Por Dios!...
¿Cuando envejeceremos y seré feliz? ¿O ni así?
En realidad, no me importaría sobrellevar mi cruel situación,
si hasta que la muerte me arrumbe cubierto en su frío desván,
tú, me permitieras, cual tu fiel espejo, reflejarte siempre,
amorosamente, sólo para mí...no me importaría.
©Juan Oriental
::