El espejo de azogue refleja los murmullos que manan de la boca pérfida de la bestia. Aquellos se diluyen en el manso éter que se columpia como una náyade en el azul obscuro de un trozo de cielo, robado a hurtadillas mientras el dios de los infiernos duerme bajo la volcánica ladera del Vesubio. ¡Oh! espejo de los lamentos, qué piedra quebrará tu superficie marina para que los mortales puedan ver que tras tu fondo infinito se esconde el sapo empachado de luciérnagas que, las muy míseras, fueron cazadas mientras cantaban en la noche de témpano de plata.
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