Aquel ser esquelético se paseaba en noches de luna menguante por la plaza mayor del vetusto y frío poblado fantasma.Iba a la caza de almas difuntas que no reposaban en sus alcobas de historias lúgubres y trágicas.Pues la peste negra se había llevado a cientos de decentes cuerpos de escultural forma atlética,en los años mozos de su plena juventud.Nuestra amalgama de huesos recalcitrantes entró en una desierta tasca y se encontró con un mortal que había sobrevivido a la debacle ancestral.Estaba embriagado de vino de oporto y casi soñoliento;a punto de caer dormido por la nefasta modorra alcohólica.Le perforó el tímpano nuestro secuaz de la terrible muerte con un dedo vago y huesudo,y aquel despertó ululando de dolor.Se levantó iracundo e,inflamado de un odio inmortal,arrojó un vaso de cerveza hacia el objeto de su descomunal resentimiento,dándole en plenas costillas ajadas ya por las polillas del preternatural tiempo pasajero.Nuestro secuaz de la muerte reventó en una mugrienta masa de huesos que se desperdigaron por todo el habitáculo,mientras una estentórea voz cavernosa percutía con saña en los oídos ya sordos del soberbio mortal.