Yestefilo
Poeta recién llegado
He vuelto a coser alas que no eran mías,
a poner mis manos sobre el fuego ajeno
para que otros no sintieran el invierno.
Fui el arquitecto de refugios improvisados,
el que detuvo la hemorragia con poemas
y convirtió su propio pecho en un escudo.
Es una maldición silenciosa esta suerte mía:
ser el puente que todos cruzan con prisa,
la tregua necesaria en medio de una guerra
que termina por dejarme siempre en el bando perdedor.
Te sané las heridas, una a una,
con la paciencia del que no espera nada,
pero al final, la salud te trajo el olvido.
Una vez que el horizonte se puso claro
y tus pies recordaron cómo caminar,
mi nombre se volvió un eco molesto,
un recordatorio de la sombra que ya no quieres habitar.
Me quedo aquí, en la orilla del abandono,
siendo el puerto donde los barcos rotos
vienen a descansar sus maderas viejas,
para luego zarpar hacia otros mares...
dejándome solo el salitre, el silencio
y este estúpido hábito de salvar a quien se va.
a poner mis manos sobre el fuego ajeno
para que otros no sintieran el invierno.
Fui el arquitecto de refugios improvisados,
el que detuvo la hemorragia con poemas
y convirtió su propio pecho en un escudo.
Es una maldición silenciosa esta suerte mía:
ser el puente que todos cruzan con prisa,
la tregua necesaria en medio de una guerra
que termina por dejarme siempre en el bando perdedor.
Te sané las heridas, una a una,
con la paciencia del que no espera nada,
pero al final, la salud te trajo el olvido.
Una vez que el horizonte se puso claro
y tus pies recordaron cómo caminar,
mi nombre se volvió un eco molesto,
un recordatorio de la sombra que ya no quieres habitar.
Me quedo aquí, en la orilla del abandono,
siendo el puerto donde los barcos rotos
vienen a descansar sus maderas viejas,
para luego zarpar hacia otros mares...
dejándome solo el salitre, el silencio
y este estúpido hábito de salvar a quien se va.