Évano
Libre, sin dioses.
Estamos en un tiempo muy muy lejano, en el año 2.023. No, no se digan: "¡Pues eso no es tan lejano, está a la vuelta de la esquina!". No me vengan de listillos que en un mundo donde cada año los ordenadores, móviles de teléfono, televisores, tostadoras, vehículos eléctricos, extraterrestres y demás artilugios quedan atrasados en un año, diez años es una barbaridad. Pues eso, que estamos en un tiempo donde todo es mucho más avanzado, donde el imperio alemán sigue expandiendo sus redes maquiavélicas: incluso a los que han muerto sin cotizar los años convenidos, según el nuevo estatuto de los trabajadores, se los revive en forma de zombi, hasta que coticen lo acordado. Nadie puede rechazar un trabajo y a los pobres se les capa genéticamente para que no tengan hijos (esto ya se hacía, aunque sin caparlos con la genética, sino con la economía y la psicología), pero bueno, la ciencia avanza (sobre todo para los ricos jajaja...). Perdonen las risas, pero me he propuesto —antes de morirme— de tomarme la vida más alegremente (me lo ha aconsejado mi psicólogo, que por esas casualidades que hay en la vida no es mi mujer jajaja).
¡Bueno, vale, seriedad! Comenzaremos la historia con una descripción de la escena a la que nos trasladaremos, de una manera lírica, luego ya iremos a menos jajaja...
Ululaba el frío aire del amanecer entre los cipreses del cementerio. Los susurros y quejidos de los zombis castigados en el interior de sus nichos rompía el casi silencio del exterior del camposanto.
Vicente se balanceaba gracias a la cuerda de la que colgaba su cuello, y a los picotazos de los cuervos que lo comían poco a poco. Una fila de hormigas, que habían logrado arribar a su interior a través del árbol del ahorcado, lo devoraban por dentro mientras entablaban luchas encarnizadas con cucarachas, abejas y demás bichos de rapiña. A pesar de ello, Vicente tarareaba una canción de su infancia: "A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga. Yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré...".
—Pues a mí sí que me importa —dijo una voz que provenía más abajo de sus pies.
—¿Y quién es usted, si se puede saber? ¡No lo veo bien! —preguntó un Vicente sorprendido, con la voz medio ronca por lo apretado de la soga y porque ya estaban un poco deterioradas las cuerdas vocales, la boca misma, los pulmones y todo el cuerpo en general; amén de que sus ropas estaban hechas unas trizas. No seguiremos describiéndolo para no asustar más al lector.
—Soy periodista. Me han mandado a entrevistarle. Puede empezar cuando quiera.
—Pues verá usted: fallecí hace poco jajaja..., cuando estaba sin trabajo. No sé a qué vino la exhumación de mi cadáver, eso averigüelo usted. El caso es que, una vez abierto el ataúd, aproveché para escapar, viviendo —si se podía llamar vivir a eso— escondido en polígonos industriales, entre vagabundos, cartones y mantas. De vez en cuando me divertía dando sustos de muerte a banqueros y ricos jajaja...; hasta que las autoridades se cabrearon, dándome caza. Como puede ver, no me han enterrado otra vez, sino que me han colgado a las puertas del camposanto; quizá sea para escarmiento de otros jajaja.... Lo malo son los pájaros, me van comiendo los jirones de carne que me cuelgan, y estos bichos... ¿Qué dice... que pronuncie mejor si quiero que mi historia se publique en el periódico? Es que no puedo hablar más claro, los cuervos me han comido un trozo de lengua jajaja...
—Necesito que me amplíes la información. Nuestro periódico tenía pensado un gran reportaje sobre ti, así que poquito a poquito, despacito y con buena letra.
—¿Para qué periódico me ha dicho que trabaja?
—Para Elmundomentira. Para leerlo en Internet sólo hay que añadir ".culo".
—Pues pregunte lo que quiera, pero antes... ¿por qué no me abandera con un trapo?, rojo si puede ser, a modo de espantapájaros, para que espante a estas malditas aves carroñeras, a las que vuelan, porque las de dos piernas no se espantan ya de nosotros jajaja...
—¡Veo que sigues conservando el buen humor!
—¿Qué quiere?, ¡ya estoy muerto! ¿Qué me pueden hacer más?: ¿cortarme en trocitos?, ¿quemarme? jajaja...Es lo que deseo, así podría descansar en paz.
—Sabes que no dejarán que eso pase hasta que pagues tus deudas con la sociedad. Tengo entendido que cobraste casi diez años de la seguridad social, rechazando algunos trabajos.
—Eso es mentira, jamás me llamaron. ¿Me podría descolgar y nos sentamos en ese banco, bajo los cipreses? Hace un día de primavera precioso jajaja... y esta brisa fresca es maravillosa.
—Sabes que no es posible, me arrestarían por ayudar a un insurrecto.
—Es usted un cobarde, como la mayoría. ¿Quién nos va a ver? Si no me descuelga no hablo más.
—Es que también me das un poco de asco, con esa mandíbula con tanto diente y muela medio a la vista y esa cuenca derecha sin ojo...; por no hablarle del cráneo. Se le ven los sesos y el cerebro... La verdad, no estaría muy cómodo contigo sentado al lado. Si te vieras en un espejo...
—Pues entonces no hablo más, ¡hala, que le den por ahí, so meticuloso! Y usted se lo pierde, entre otras cosas, esto de no estar ni vivo ni muerto jajaja... tiene sus ventajas, ¿sabe? ¡Puedo ver al que está a punto de morir... de suicidarse, a los otros no, se ve que eso serán casualidades, combinaciones de la vida o tejemanejes de los maquiavélicos.
—¿Ah sí, eso es cierto? Dame una prueba y te bajo de ahí, pero si nos ve alguien no digas que he sido yo.
—De acuerdo. ¿Tiene alguna radio por...? Bien. Si sintoniza una frecuencia de la ciudad, de aquí a poco dirán que un hombre gordo y alto se ha tirado de un dúplex del centro jajaja...
......................................................................*******
—Se te olvidó decir que también era calvo.
—¿Y qué importancia le da usted a que un hombre sea calvo? A mí me caen bien los calvos jajaja... ¿A usted no?
—No, mi mujer me la pegó con un maldito calvo.
—Jajaja... Me alegro, los calvos son sexualmente potentes jajaja..
—Si continúas en ese plan te dejo ahí arriba y te echo miel para que acudan más moscas, abejas, hormigas y todos los bichos de los alrededores, más de los que ya tienes.
—Está bien... No se enfade. ¡Venga, bájeme de aquí y prosigamos la entrevista enfrente de aquellos nichos.
.....................................................................********
—¿Cómo fue tu muerte? Me dijiste que lo averiguara, pero mejor que me lo cuentes, así acabo antes.
—Como ya le dije, estaba sin trabajo, casi diez años. Esa es la verdad. ¡Bueno!, de vez en cuando hacia unas horas de camarero o cualquier cosa que saliera, pero casi nada, y sin cotizar a la seguridad social. Estaba prácticamente parado todo el santo año. Pero he aquí que el cabronazo de un amigo me dijo jajaja... que si lo sustituía una semana. Limpiaba cristales en los rascacielos de Barcelona, esos al lado del puerto, el del hotel y la compañía de seguros esa. Los otros no me acuerdo. Es normal, como ve me sale un poco de encéfalo por aquí, ¡mire! jajaja...
—Ves al grano, no podemos estar aquí todo el mes...
—No me sea borde que yo tengo todo el tiempo del mundo, del otro mundo claro, el de los casi muertos jajaja...
—De acuerrrrdoooo, pero no te detengas en tantos detalles.
—¿Por dónde iba...? ¡Ah ya! Estaba limpiando las cristaleras de los áticos del hotel Soloparicachones . Me sujetaba con unas cuerdas y ese enganche... ¿Cómo los llaman...? Arneses creo que los llaman, arneses sí, arneses jajaja... Y bueno, había una reunión de gente poderosa, lo sé porque estaban todos trajeados, marcas caras, ya sabe, con carpetas y plumas de oro, grandes buches, corbatas fantásticas... En fin, que me llamó la atención y me escondí tras una pequeña columna de hierro para enterarme de lo que hablaban. ¿Sabe, si lo ha visto, que el hotel ese parece una jaula con tantas rejas envolviéndolo?
—Sí, sí, sí lo he visto, pero prosigue...
—Que sepa que ha dicho tres veces sí, como si estuviera muy nervioso. ¿Por dónde iba...? Estaba escondido... sí... ¡ya me acuerdo! Pero ahora que caigo... Bueno, también caí entonces jajaja... del hotel ese jajaja... Pero me refería que ahora que caigo... ¿no le interesaría más preguntarme qué es la muerte, qué se siente, qué es lo que ocurre cuando perdemos la vida?
—Luego. Primero el deber, luego la curiosidad y el placer.
—¡Está bien! Está usted robotizado, como la mayoría jajaja... ¿Por dónde iba...? ¡Esta cabeza mía...! ¡Ah sí! Bueno, esos todopoderosos millonarios, porque a todas luces se intuía que eran de la cima de la pirámide, esa desde dónde se divisa a los aplastados, donde se percibe el peso que los pobres soportan...
—¡Lo que faltaba! ¿Te vas a poner lírico?
—Es que yo era aficionado a la poesía y a la narración, y no lo hacía mal del todo, ¿Sabusted?
—Pues repites muchas palabras y algunas mal dichas, como ese sabusted que acabas de decir.
—¿Qué quiere? Póngase en mi lugar, aquí medio comido y descarnado jajaja... ¡Las hormigas, ¿sabe...? jajaja... las cosquillas jajaja..., sabe!
—¡Bueno, bueno, te comprendo, pero continúa, por el amor de Dios! Y cámbiame el sitio. El viento viene en tu dirección y no quieras saber cómo apestas.
—¡Vale, venga, póngase aquí!, y cuidado con esas cucarachas jajaja...
—¡Es igual, te escucharé de pie! Colócate lo ancho que quieras en el banco, total, la vista de los nichos no es muy atractiva.
—Como quiera. Como le iba diciendo... esos todopoderosos, entre los que reconocí a algunos, como la alemana esa, el Rajao nuestro y el gordo ese calvo que se acaba de suicidar, hablaban de un plan, de cómo reorganizar la sociedad jajaja... De cómo hacer que los españoles se dejasen de sol y playa y trabajaran como chinos. ¿O cochinos? jajaja...
—No le encuentro la gracia.
—Usted no se reiría ni en el circo jajaja... Bueno, el caso es que la reunión terminó y se quedaron solos los alemanes, la Merkao y tres más de los suyos. Hablaban muy cerca de dónde yo estaba, pero por dentro del rascacielos. Imagínese que lo hubieran echo por fuera, ahí todos colgados de cuerdas junto a mí jajaja... ¡Se hubiesen dado cuenta! jajaja... ¡Vale... ya sigo! Les decía la Merkao esa que la primera piedra ya estaba puesta, la base de su expansión imperialista, que una vez controlada económicamente España, y políticamente, así como el resto de países mediterráneos, lo demás sería coser y comer.
—Se dice coser y cantar, no comer y coser. ¡Menudo af8icionado a la literatura!
—¡Qué tiquismiquis es usted, se fija en tonterías! jajaja... ¿Y por qué a puesto el 8 en aficionados?
—Ha sido sin querer. Prosigue, haz el favor.
—No crea, el 8 es símbolo de infinito, de incerteza, de... ¡Está usted más sordo que yo! Creo que le está sonando el móvil.
—Sí, es cierto. ¡Me estás volviendo loco! Espera, que atiendo la llamada, luego proseguimos. ¿Dígame? Alfredo al habla, para servirle a usted y a Dios...
—¡Mire que llega a ser pelotas! A mí me habla de tú y al que le llama, que ni siquiera sabe quién es, ya le habla de usted...
—¡Shshsh... Calla! Sí... ¿Cómo, que se ha suicidado el jefe? ¿Que se ha tirado desde su dúplex del centro? De acuerdo, acudiré pasado mañana al trabajo si han dado dos días de luto.
—¡Vaya, el gordo era su jefe; qué casualidades tiene la vida jajaja...!
—¿Por qué no me dijiste que era mi jefe?
—¡Y yo qué sabía...! ¡Bueno... sí, sí lo sabía! ¡Pero no ponga esa cara, hombre! ¿Hubiera cambiado algo si se lo hubiera dicho? También estaba allí, en la reunión del ático del hotel.
—Me estás tomando el pelo y cabreándome. ¿A que te cuelgo otra vez?
—¿Por qué me lo pregunta? Si me lo pregunta le diría que no, que por favor no me cuelgue otra vez jajaja... ¡Vale, vale , vale... No se cabree! Acabo la historia... Después de escuchar los planes imperialistas de los alemanes alcé la cabeza al cielo, como señal que me había conmocionado tal noticia... Como preguntando a Dios por qué deja que a semejante calaña les salgan tan bien los planes. Y entonces vi a un señor de grandes gafas oscuras, bigote y amplia sonrisa cortar las cuerdas que me sujetaban, hasta ver desaparecer ese rostro cabrón mientras caía de más de cincuenta pisos de altura. ¿Sabe quién era ese señor tan cabrón, el que cortó las cuerdas para que me partiera la crisma? jajaja...
—¡Cómo demonios voy a saber yo quién era ese!
—Si hubiera estado atento a mis palabras debería haberlo averiguado. ¿sabe?
—¡Pues perdona, se me pasó! Y deja de decir sabe a todas horas, que me se está pegando...
—Se me, se me está pegando, la semana antes del mes, ¿sabe? ¡Huy, perdón! Como le iba diciendo... No era ningún alemán el que cortó las cuerdas que me sujetaban para que me partiese la crisma, no señor, no era ningún alemán, ni ningún otro de esa reunión de malvados, ¡no señor! Ese cabronazo era mi amigo, el que me dijo si lo podía sustituir una semana. ¿Y sabe para qué? ¡Sí señor, lo acertó! Para estar libre como los pajaritos, como estos cuervos que me siguen y me comen, para poder tirarse a gusto a la puta de mi mujer jajaja... Creo que ahora no debería haberme reído... ¿Qué por qué quedé en no tan mal estado dado el cacho porrazo que me di? Los toldos de la cafetería de abajo me pararon un poco, pero ni así me salvé; el tortazo fue de aúpa jajaja... Todavía se me eriza la piel cuando lo recuerdo. ¡Mire, mire el bello! jajaja...
—¡Qué bello, si te salen los huesos del brazo...! Tengo hambre y sed. He de ir a la ciudad y a la tarde proseguimos la entrevista. Tendré que colgarte otra vez a la entrada del cementerio, donde estabas. No me fío de ti; seguro que te largas otra vez con los vagabundos a los polígonos.
—¡Venga, no sea así! Quiero que cuente mi historia, es muy interesante. Le prometo que no escaparé jajaja...
—¿Crees que me puedo fiar de la palabra de un medio muerto, o de un medio vivo?
—¡Pues claro! Y más si le digo que por ahí viene su antiguo jefe, el gordo calvo que acaba de suicidarse, el que se follaba a su mujer jajaja ¡Huy, perdón...! Usted no lo puede ver, porque viene sin cuerpo, ya sabe, con su ánima sólo, o su alma, o su espíritu, como usted quiera llamarlo.
—Me parece que cada vez eres más mentiroso. No me extraña que...
—Se lo probaré. Dígame que le pregunte algo, verá como no miento jajaja...
—De acuerdo, pero como te rías te descuartizo y le echo tus restos a las ratas. Pregúntale dónde hizo por primera vez el amor con mi mujer, y dónde tenía una peca y cómo era... ¿Y por qué tuvo que ser tan hijo puta y elegir precisamente a mi mujer? Y dile que ahora comprendo por qué me mandaba lejos una semana o más a investigar con los gastos pagados y que como se materialice ante mí lo vuelvo a...
—¡Vale, vale, vale... Sooooo! ¡Joder, a cogido carrerilla! jajaja... ¡A usted también le pusieron los cuernos jajaja...¡Huyyy... Perdón otra vez!; no me reía por lo de su mujer, sino por cómo se ha puesto usted... ¡Y no me diga tantas cosas de golpe que no estoy yo para tanta memoria! ¡Bien!, espere a ver qué me contesta y se dará cuenta que no miento, que es cierto que viene para aquí. Está entrando por la puerta del cementerio. Viene por las tumbas aquellas, ¿ve?, la de las grandes cruces y lápidas de mármol, la que tienen los panteones detrás... ¡Claro, se me olvidaba, usted no puede verle! Viene peor que yo jajaja... ¡Menudo tortazo ha tenido que darse jajaja...!
—¿Es que el alma, o lo que sea, se mantiene como ha quedado tras su muerte? ¿Y si te ha atropellado un tren?
—¡Pues se ve que sí!, porque su jefe viene hecho una mierda jajaja... He de decirle, también, que es el primer espíritu, o lo que sea eso, que veo, pues a ninguno se le ocurre venir al cementerio na más morirse jajaja...
—¡Bueno, déjate de tonterías y pregúntale lo que te he dicho!
—¡Vale! estese calladito y serio, no vaya a llorar, o hacer cosas raras, porque él a usted sí que lo ve. Después lo cuento lo que me ha respondido.
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Una silueta de calva y panza gorda, aporreada y llena de concavidades, roturas y deshilachada, más bien oscura que celestial, arribó hasta el banco donde Vicente estaba sentado y entretenido en arrojar al suelo las cucarachas, las hormigas y los gusanos de su cuerpo para aplastarlas con lo que quedaba de sus zapatos y sus pies.
La luz del mediodía impactaba con fuerza en el cementerio mientras la cálida brisa no lograba calentar los restos de carnes y huesos de un Vicente que ahora disimulaba no haber visto a la gruesa forma apenada que se le acercaba.
—¡Buenos días, señor zombi! —preguntó Evaristo, que así se llamaba el jefe suicidado del reportero Alfredo.
—Buenas casi tardes, señor espíritu. ¿Qué hace por aquí? —Intentó disimular Vicente.
—Pues que me acabo de morir y ando perdido. Esto de la muerte no es lo que yo esperaba. No ha habido ningún túnel, ni luz, ni sombras, ni ángeles, ni demonios... O sea, ¡una mierda, vamos!
—¡Se habrá usted suicidado! Dicen que esos lo tienen mal jajaja...
—Bien lo sabe usted que me he matao, no disimule, que ya sabía yo que los zombis nos conocen bien.
—Tiene razón, perdone jajaja...
—No le diga a ese periodista que estoy aquí, se alegraría el muy cornudo.
—¡Hombre, es normal que se alegre! ¿No? después de todo usted se tiraba a su mujer jajaja...
—¡Como os estéis riendo de mí os...! —se metió en medio un Alfredo mosqueado y de brazo amenazante a Vicente y a un espacio vacío.
—¡Ah, ya sabe que estoy aquí ese cornudo! Pero no me ve. ¡Es igual, que le den, no puede hacerme nada!
—Yo marcho a comer algo. Ya me contarás lo que te ha dicho el golfo de mi jefe luego, y no te escapes o te arrepentirás.
—De acuerdo, luego hablamos, vaya usted tranquilo que aquí lo espero jajaja...
—Mejor que se haya ido el mequetrefe ese de Alfredo.¿Puedo sentarme a su lado?
—Si no le dan miedo los bichos jajaja...
Continúa abajo...
¡Bueno, vale, seriedad! Comenzaremos la historia con una descripción de la escena a la que nos trasladaremos, de una manera lírica, luego ya iremos a menos jajaja...
Ululaba el frío aire del amanecer entre los cipreses del cementerio. Los susurros y quejidos de los zombis castigados en el interior de sus nichos rompía el casi silencio del exterior del camposanto.
Vicente se balanceaba gracias a la cuerda de la que colgaba su cuello, y a los picotazos de los cuervos que lo comían poco a poco. Una fila de hormigas, que habían logrado arribar a su interior a través del árbol del ahorcado, lo devoraban por dentro mientras entablaban luchas encarnizadas con cucarachas, abejas y demás bichos de rapiña. A pesar de ello, Vicente tarareaba una canción de su infancia: "A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga. Yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré...".
—Pues a mí sí que me importa —dijo una voz que provenía más abajo de sus pies.
—¿Y quién es usted, si se puede saber? ¡No lo veo bien! —preguntó un Vicente sorprendido, con la voz medio ronca por lo apretado de la soga y porque ya estaban un poco deterioradas las cuerdas vocales, la boca misma, los pulmones y todo el cuerpo en general; amén de que sus ropas estaban hechas unas trizas. No seguiremos describiéndolo para no asustar más al lector.
—Soy periodista. Me han mandado a entrevistarle. Puede empezar cuando quiera.
—Pues verá usted: fallecí hace poco jajaja..., cuando estaba sin trabajo. No sé a qué vino la exhumación de mi cadáver, eso averigüelo usted. El caso es que, una vez abierto el ataúd, aproveché para escapar, viviendo —si se podía llamar vivir a eso— escondido en polígonos industriales, entre vagabundos, cartones y mantas. De vez en cuando me divertía dando sustos de muerte a banqueros y ricos jajaja...; hasta que las autoridades se cabrearon, dándome caza. Como puede ver, no me han enterrado otra vez, sino que me han colgado a las puertas del camposanto; quizá sea para escarmiento de otros jajaja.... Lo malo son los pájaros, me van comiendo los jirones de carne que me cuelgan, y estos bichos... ¿Qué dice... que pronuncie mejor si quiero que mi historia se publique en el periódico? Es que no puedo hablar más claro, los cuervos me han comido un trozo de lengua jajaja...
—Necesito que me amplíes la información. Nuestro periódico tenía pensado un gran reportaje sobre ti, así que poquito a poquito, despacito y con buena letra.
—¿Para qué periódico me ha dicho que trabaja?
—Para Elmundomentira. Para leerlo en Internet sólo hay que añadir ".culo".
—Pues pregunte lo que quiera, pero antes... ¿por qué no me abandera con un trapo?, rojo si puede ser, a modo de espantapájaros, para que espante a estas malditas aves carroñeras, a las que vuelan, porque las de dos piernas no se espantan ya de nosotros jajaja...
—¡Veo que sigues conservando el buen humor!
—¿Qué quiere?, ¡ya estoy muerto! ¿Qué me pueden hacer más?: ¿cortarme en trocitos?, ¿quemarme? jajaja...Es lo que deseo, así podría descansar en paz.
—Sabes que no dejarán que eso pase hasta que pagues tus deudas con la sociedad. Tengo entendido que cobraste casi diez años de la seguridad social, rechazando algunos trabajos.
—Eso es mentira, jamás me llamaron. ¿Me podría descolgar y nos sentamos en ese banco, bajo los cipreses? Hace un día de primavera precioso jajaja... y esta brisa fresca es maravillosa.
—Sabes que no es posible, me arrestarían por ayudar a un insurrecto.
—Es usted un cobarde, como la mayoría. ¿Quién nos va a ver? Si no me descuelga no hablo más.
—Es que también me das un poco de asco, con esa mandíbula con tanto diente y muela medio a la vista y esa cuenca derecha sin ojo...; por no hablarle del cráneo. Se le ven los sesos y el cerebro... La verdad, no estaría muy cómodo contigo sentado al lado. Si te vieras en un espejo...
—Pues entonces no hablo más, ¡hala, que le den por ahí, so meticuloso! Y usted se lo pierde, entre otras cosas, esto de no estar ni vivo ni muerto jajaja... tiene sus ventajas, ¿sabe? ¡Puedo ver al que está a punto de morir... de suicidarse, a los otros no, se ve que eso serán casualidades, combinaciones de la vida o tejemanejes de los maquiavélicos.
—¿Ah sí, eso es cierto? Dame una prueba y te bajo de ahí, pero si nos ve alguien no digas que he sido yo.
—De acuerdo. ¿Tiene alguna radio por...? Bien. Si sintoniza una frecuencia de la ciudad, de aquí a poco dirán que un hombre gordo y alto se ha tirado de un dúplex del centro jajaja...
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—Se te olvidó decir que también era calvo.
—¿Y qué importancia le da usted a que un hombre sea calvo? A mí me caen bien los calvos jajaja... ¿A usted no?
—No, mi mujer me la pegó con un maldito calvo.
—Jajaja... Me alegro, los calvos son sexualmente potentes jajaja..
—Si continúas en ese plan te dejo ahí arriba y te echo miel para que acudan más moscas, abejas, hormigas y todos los bichos de los alrededores, más de los que ya tienes.
—Está bien... No se enfade. ¡Venga, bájeme de aquí y prosigamos la entrevista enfrente de aquellos nichos.
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—¿Cómo fue tu muerte? Me dijiste que lo averiguara, pero mejor que me lo cuentes, así acabo antes.
—Como ya le dije, estaba sin trabajo, casi diez años. Esa es la verdad. ¡Bueno!, de vez en cuando hacia unas horas de camarero o cualquier cosa que saliera, pero casi nada, y sin cotizar a la seguridad social. Estaba prácticamente parado todo el santo año. Pero he aquí que el cabronazo de un amigo me dijo jajaja... que si lo sustituía una semana. Limpiaba cristales en los rascacielos de Barcelona, esos al lado del puerto, el del hotel y la compañía de seguros esa. Los otros no me acuerdo. Es normal, como ve me sale un poco de encéfalo por aquí, ¡mire! jajaja...
—Ves al grano, no podemos estar aquí todo el mes...
—No me sea borde que yo tengo todo el tiempo del mundo, del otro mundo claro, el de los casi muertos jajaja...
—De acuerrrrdoooo, pero no te detengas en tantos detalles.
—¿Por dónde iba...? ¡Ah ya! Estaba limpiando las cristaleras de los áticos del hotel Soloparicachones . Me sujetaba con unas cuerdas y ese enganche... ¿Cómo los llaman...? Arneses creo que los llaman, arneses sí, arneses jajaja... Y bueno, había una reunión de gente poderosa, lo sé porque estaban todos trajeados, marcas caras, ya sabe, con carpetas y plumas de oro, grandes buches, corbatas fantásticas... En fin, que me llamó la atención y me escondí tras una pequeña columna de hierro para enterarme de lo que hablaban. ¿Sabe, si lo ha visto, que el hotel ese parece una jaula con tantas rejas envolviéndolo?
—Sí, sí, sí lo he visto, pero prosigue...
—Que sepa que ha dicho tres veces sí, como si estuviera muy nervioso. ¿Por dónde iba...? Estaba escondido... sí... ¡ya me acuerdo! Pero ahora que caigo... Bueno, también caí entonces jajaja... del hotel ese jajaja... Pero me refería que ahora que caigo... ¿no le interesaría más preguntarme qué es la muerte, qué se siente, qué es lo que ocurre cuando perdemos la vida?
—Luego. Primero el deber, luego la curiosidad y el placer.
—¡Está bien! Está usted robotizado, como la mayoría jajaja... ¿Por dónde iba...? ¡Esta cabeza mía...! ¡Ah sí! Bueno, esos todopoderosos millonarios, porque a todas luces se intuía que eran de la cima de la pirámide, esa desde dónde se divisa a los aplastados, donde se percibe el peso que los pobres soportan...
—¡Lo que faltaba! ¿Te vas a poner lírico?
—Es que yo era aficionado a la poesía y a la narración, y no lo hacía mal del todo, ¿Sabusted?
—Pues repites muchas palabras y algunas mal dichas, como ese sabusted que acabas de decir.
—¿Qué quiere? Póngase en mi lugar, aquí medio comido y descarnado jajaja... ¡Las hormigas, ¿sabe...? jajaja... las cosquillas jajaja..., sabe!
—¡Bueno, bueno, te comprendo, pero continúa, por el amor de Dios! Y cámbiame el sitio. El viento viene en tu dirección y no quieras saber cómo apestas.
—¡Vale, venga, póngase aquí!, y cuidado con esas cucarachas jajaja...
—¡Es igual, te escucharé de pie! Colócate lo ancho que quieras en el banco, total, la vista de los nichos no es muy atractiva.
—Como quiera. Como le iba diciendo... esos todopoderosos, entre los que reconocí a algunos, como la alemana esa, el Rajao nuestro y el gordo ese calvo que se acaba de suicidar, hablaban de un plan, de cómo reorganizar la sociedad jajaja... De cómo hacer que los españoles se dejasen de sol y playa y trabajaran como chinos. ¿O cochinos? jajaja...
—No le encuentro la gracia.
—Usted no se reiría ni en el circo jajaja... Bueno, el caso es que la reunión terminó y se quedaron solos los alemanes, la Merkao y tres más de los suyos. Hablaban muy cerca de dónde yo estaba, pero por dentro del rascacielos. Imagínese que lo hubieran echo por fuera, ahí todos colgados de cuerdas junto a mí jajaja... ¡Se hubiesen dado cuenta! jajaja... ¡Vale... ya sigo! Les decía la Merkao esa que la primera piedra ya estaba puesta, la base de su expansión imperialista, que una vez controlada económicamente España, y políticamente, así como el resto de países mediterráneos, lo demás sería coser y comer.
—Se dice coser y cantar, no comer y coser. ¡Menudo af8icionado a la literatura!
—¡Qué tiquismiquis es usted, se fija en tonterías! jajaja... ¿Y por qué a puesto el 8 en aficionados?
—Ha sido sin querer. Prosigue, haz el favor.
—No crea, el 8 es símbolo de infinito, de incerteza, de... ¡Está usted más sordo que yo! Creo que le está sonando el móvil.
—Sí, es cierto. ¡Me estás volviendo loco! Espera, que atiendo la llamada, luego proseguimos. ¿Dígame? Alfredo al habla, para servirle a usted y a Dios...
—¡Mire que llega a ser pelotas! A mí me habla de tú y al que le llama, que ni siquiera sabe quién es, ya le habla de usted...
—¡Shshsh... Calla! Sí... ¿Cómo, que se ha suicidado el jefe? ¿Que se ha tirado desde su dúplex del centro? De acuerdo, acudiré pasado mañana al trabajo si han dado dos días de luto.
—¡Vaya, el gordo era su jefe; qué casualidades tiene la vida jajaja...!
—¿Por qué no me dijiste que era mi jefe?
—¡Y yo qué sabía...! ¡Bueno... sí, sí lo sabía! ¡Pero no ponga esa cara, hombre! ¿Hubiera cambiado algo si se lo hubiera dicho? También estaba allí, en la reunión del ático del hotel.
—Me estás tomando el pelo y cabreándome. ¿A que te cuelgo otra vez?
—¿Por qué me lo pregunta? Si me lo pregunta le diría que no, que por favor no me cuelgue otra vez jajaja... ¡Vale, vale , vale... No se cabree! Acabo la historia... Después de escuchar los planes imperialistas de los alemanes alcé la cabeza al cielo, como señal que me había conmocionado tal noticia... Como preguntando a Dios por qué deja que a semejante calaña les salgan tan bien los planes. Y entonces vi a un señor de grandes gafas oscuras, bigote y amplia sonrisa cortar las cuerdas que me sujetaban, hasta ver desaparecer ese rostro cabrón mientras caía de más de cincuenta pisos de altura. ¿Sabe quién era ese señor tan cabrón, el que cortó las cuerdas para que me partiera la crisma? jajaja...
—¡Cómo demonios voy a saber yo quién era ese!
—Si hubiera estado atento a mis palabras debería haberlo averiguado. ¿sabe?
—¡Pues perdona, se me pasó! Y deja de decir sabe a todas horas, que me se está pegando...
—Se me, se me está pegando, la semana antes del mes, ¿sabe? ¡Huy, perdón! Como le iba diciendo... No era ningún alemán el que cortó las cuerdas que me sujetaban para que me partiese la crisma, no señor, no era ningún alemán, ni ningún otro de esa reunión de malvados, ¡no señor! Ese cabronazo era mi amigo, el que me dijo si lo podía sustituir una semana. ¿Y sabe para qué? ¡Sí señor, lo acertó! Para estar libre como los pajaritos, como estos cuervos que me siguen y me comen, para poder tirarse a gusto a la puta de mi mujer jajaja... Creo que ahora no debería haberme reído... ¿Qué por qué quedé en no tan mal estado dado el cacho porrazo que me di? Los toldos de la cafetería de abajo me pararon un poco, pero ni así me salvé; el tortazo fue de aúpa jajaja... Todavía se me eriza la piel cuando lo recuerdo. ¡Mire, mire el bello! jajaja...
—¡Qué bello, si te salen los huesos del brazo...! Tengo hambre y sed. He de ir a la ciudad y a la tarde proseguimos la entrevista. Tendré que colgarte otra vez a la entrada del cementerio, donde estabas. No me fío de ti; seguro que te largas otra vez con los vagabundos a los polígonos.
—¡Venga, no sea así! Quiero que cuente mi historia, es muy interesante. Le prometo que no escaparé jajaja...
—¿Crees que me puedo fiar de la palabra de un medio muerto, o de un medio vivo?
—¡Pues claro! Y más si le digo que por ahí viene su antiguo jefe, el gordo calvo que acaba de suicidarse, el que se follaba a su mujer jajaja ¡Huy, perdón...! Usted no lo puede ver, porque viene sin cuerpo, ya sabe, con su ánima sólo, o su alma, o su espíritu, como usted quiera llamarlo.
—Me parece que cada vez eres más mentiroso. No me extraña que...
—Se lo probaré. Dígame que le pregunte algo, verá como no miento jajaja...
—De acuerdo, pero como te rías te descuartizo y le echo tus restos a las ratas. Pregúntale dónde hizo por primera vez el amor con mi mujer, y dónde tenía una peca y cómo era... ¿Y por qué tuvo que ser tan hijo puta y elegir precisamente a mi mujer? Y dile que ahora comprendo por qué me mandaba lejos una semana o más a investigar con los gastos pagados y que como se materialice ante mí lo vuelvo a...
—¡Vale, vale, vale... Sooooo! ¡Joder, a cogido carrerilla! jajaja... ¡A usted también le pusieron los cuernos jajaja...¡Huyyy... Perdón otra vez!; no me reía por lo de su mujer, sino por cómo se ha puesto usted... ¡Y no me diga tantas cosas de golpe que no estoy yo para tanta memoria! ¡Bien!, espere a ver qué me contesta y se dará cuenta que no miento, que es cierto que viene para aquí. Está entrando por la puerta del cementerio. Viene por las tumbas aquellas, ¿ve?, la de las grandes cruces y lápidas de mármol, la que tienen los panteones detrás... ¡Claro, se me olvidaba, usted no puede verle! Viene peor que yo jajaja... ¡Menudo tortazo ha tenido que darse jajaja...!
—¿Es que el alma, o lo que sea, se mantiene como ha quedado tras su muerte? ¿Y si te ha atropellado un tren?
—¡Pues se ve que sí!, porque su jefe viene hecho una mierda jajaja... He de decirle, también, que es el primer espíritu, o lo que sea eso, que veo, pues a ninguno se le ocurre venir al cementerio na más morirse jajaja...
—¡Bueno, déjate de tonterías y pregúntale lo que te he dicho!
—¡Vale! estese calladito y serio, no vaya a llorar, o hacer cosas raras, porque él a usted sí que lo ve. Después lo cuento lo que me ha respondido.
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Una silueta de calva y panza gorda, aporreada y llena de concavidades, roturas y deshilachada, más bien oscura que celestial, arribó hasta el banco donde Vicente estaba sentado y entretenido en arrojar al suelo las cucarachas, las hormigas y los gusanos de su cuerpo para aplastarlas con lo que quedaba de sus zapatos y sus pies.
La luz del mediodía impactaba con fuerza en el cementerio mientras la cálida brisa no lograba calentar los restos de carnes y huesos de un Vicente que ahora disimulaba no haber visto a la gruesa forma apenada que se le acercaba.
—¡Buenos días, señor zombi! —preguntó Evaristo, que así se llamaba el jefe suicidado del reportero Alfredo.
—Buenas casi tardes, señor espíritu. ¿Qué hace por aquí? —Intentó disimular Vicente.
—Pues que me acabo de morir y ando perdido. Esto de la muerte no es lo que yo esperaba. No ha habido ningún túnel, ni luz, ni sombras, ni ángeles, ni demonios... O sea, ¡una mierda, vamos!
—¡Se habrá usted suicidado! Dicen que esos lo tienen mal jajaja...
—Bien lo sabe usted que me he matao, no disimule, que ya sabía yo que los zombis nos conocen bien.
—Tiene razón, perdone jajaja...
—No le diga a ese periodista que estoy aquí, se alegraría el muy cornudo.
—¡Hombre, es normal que se alegre! ¿No? después de todo usted se tiraba a su mujer jajaja...
—¡Como os estéis riendo de mí os...! —se metió en medio un Alfredo mosqueado y de brazo amenazante a Vicente y a un espacio vacío.
—¡Ah, ya sabe que estoy aquí ese cornudo! Pero no me ve. ¡Es igual, que le den, no puede hacerme nada!
—Yo marcho a comer algo. Ya me contarás lo que te ha dicho el golfo de mi jefe luego, y no te escapes o te arrepentirás.
—De acuerdo, luego hablamos, vaya usted tranquilo que aquí lo espero jajaja...
—Mejor que se haya ido el mequetrefe ese de Alfredo.¿Puedo sentarme a su lado?
—Si no le dan miedo los bichos jajaja...
Continúa abajo...
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