Kabuki
Poeta recién llegado
El Fin
D
Tumbada en la cama de margaritas,
la reina Zulú lloraba por su desgracia,
cada lágrima pesaba un mundo,
y cada gorrión se alejaba de la contraventana.
El abeto de rojizo duramen también
moría, pero insistía en ser fiel sirviente.
Igual que los lilos cirros,
a los que antes ella cantaba, pero estos
se adelantaron pues ya no soplaban hacia el norte.
Ahora, eran tan solo algún raro gas.
Ella, un domingo, empacó sus valijas
y al descender por la escalinata,
el olor del vacío de la sala y el de su corazón,
la estremeció.
Quiso tomarse de un hombro,
y solo encontró su regazo. A lo que se refugió.
Así pasó años, siempre cubriéndose
con su pelo, ante la mirada de los que sonreían
y de los que en sus abrigos se cosia
la palabra Hogar.
la reina Zulú lloraba por su desgracia,
cada lágrima pesaba un mundo,
y cada gorrión se alejaba de la contraventana.
El abeto de rojizo duramen también
moría, pero insistía en ser fiel sirviente.
Igual que los lilos cirros,
a los que antes ella cantaba, pero estos
se adelantaron pues ya no soplaban hacia el norte.
Ahora, eran tan solo algún raro gas.
Ella, un domingo, empacó sus valijas
y al descender por la escalinata,
el olor del vacío de la sala y el de su corazón,
la estremeció.
Quiso tomarse de un hombro,
y solo encontró su regazo. A lo que se refugió.
Así pasó años, siempre cubriéndose
con su pelo, ante la mirada de los que sonreían
y de los que en sus abrigos se cosia
la palabra Hogar.
Por esta razón.
A ella le daba tristeza los centros comerciales,
las ferias y los recitales.
¡Lugares donde había sido tan feliz!
A ella le daba tristeza los centros comerciales,
las ferias y los recitales.
¡Lugares donde había sido tan feliz!
Ella afirmaba que lo peor de todo era que su pena
no tenía ración de cura.
Que irónico, cuando tiempo pasado ella daba
la bienvenida al alba enrojecida
y despedía con su sombrerillo de algodón
al crespúsculo del ponto.
Ensimismaba el que escribe este tragico poema.
Cuando eras bonita para el albo
y elegante para la noche- le corregía
con menguante gusto un fino señor.
Ahora nadie la quería. Ni los fantasmas de Dios.
Dijo, un chiquillo que no podía dormir
a otro que sí.
Ella, empezó a sentir resignación
y poco a poco apatía. Sus cejas se tornaron
frías como el hielo del hemisferio,
y su boca se endureció como un guijarro de Canadá.
Se iba a buscar empleo, y estos le cerraban la puerta,
como alguna vez yo se la cerré.
Hasta que encontró, y trabajó como una mula.
Sus horas no eran bien pagadas y sus extras
era tan solo porque no le quedaba más.
Así, fue todo, hasta que encaneció.
no tenía ración de cura.
Que irónico, cuando tiempo pasado ella daba
la bienvenida al alba enrojecida
y despedía con su sombrerillo de algodón
al crespúsculo del ponto.
Ensimismaba el que escribe este tragico poema.
Cuando eras bonita para el albo
y elegante para la noche- le corregía
con menguante gusto un fino señor.
Ahora nadie la quería. Ni los fantasmas de Dios.
Dijo, un chiquillo que no podía dormir
a otro que sí.
Ella, empezó a sentir resignación
y poco a poco apatía. Sus cejas se tornaron
frías como el hielo del hemisferio,
y su boca se endureció como un guijarro de Canadá.
Se iba a buscar empleo, y estos le cerraban la puerta,
como alguna vez yo se la cerré.
Hasta que encontró, y trabajó como una mula.
Sus horas no eran bien pagadas y sus extras
era tan solo porque no le quedaba más.
Así, fue todo, hasta que encaneció.
O
Un gitano de juvenil semblante jugaba a las canicas
en un diagrama tizado por la sibilina Laura,
para continuar con la pídola, entre sus hermanos
los gnomos de la constelación.
Era dulce su caramillo, y su siringa era prestada
y posteriormente
obsequiada al sol, que la tocaba tan bien,
que hacía dormir a Hades, a Orfeo y al Amor.
Así fue su alrededor, con sonidos de bombardas
y coches bombas que eran vistas
tras el vidrio.
en un diagrama tizado por la sibilina Laura,
para continuar con la pídola, entre sus hermanos
los gnomos de la constelación.
Era dulce su caramillo, y su siringa era prestada
y posteriormente
obsequiada al sol, que la tocaba tan bien,
que hacía dormir a Hades, a Orfeo y al Amor.
Así fue su alrededor, con sonidos de bombardas
y coches bombas que eran vistas
tras el vidrio.
Un día, de curioso, decide
pasar a ese mundo. Sus amigos le dijeron que no.
Pero el se negó y se sumergió, con el
cabello bamboleante ante los estragos del ebrio.
Participó, con lo que creía que era bueno,
y se hizo capitán. Bautizó su chalupa
y ató sus sueños con los velámenes de Teseo.
Enrumbandosé desde campiñas hasta caserío;
encontrandosé o con miserias de garrocha
y toz en la testa, o con filosofías de acierto chino,
y post-guerra. Pero aún siendo esto,
mortal para muchos, le vinó la contra suerte.
pasar a ese mundo. Sus amigos le dijeron que no.
Pero el se negó y se sumergió, con el
cabello bamboleante ante los estragos del ebrio.
Participó, con lo que creía que era bueno,
y se hizo capitán. Bautizó su chalupa
y ató sus sueños con los velámenes de Teseo.
Enrumbandosé desde campiñas hasta caserío;
encontrandosé o con miserias de garrocha
y toz en la testa, o con filosofías de acierto chino,
y post-guerra. Pero aún siendo esto,
mortal para muchos, le vinó la contra suerte.
Se topó con la chica más bella de la urbe,
la que no necesitaba coronas, ni pies
delgados; la de gaviota y la de cisne de estanque.
Ella, vino, y lo besó.
Él para recompensar ese gesto
le construyo un lecho de flores silvestres,
allá en la estación de las 22 primaveras,
para descansar de las luchas diarias,
la poca pitanza y la abolición de la floja esclavitud.
la que no necesitaba coronas, ni pies
delgados; la de gaviota y la de cisne de estanque.
Ella, vino, y lo besó.
Él para recompensar ese gesto
le construyo un lecho de flores silvestres,
allá en la estación de las 22 primaveras,
para descansar de las luchas diarias,
la poca pitanza y la abolición de la floja esclavitud.
En una jornada cuando la cornucopia tembló,
él le cerró la puerta, era tan solo
cuestión de un momento,
le decía, pero ella se fue. La locura de
los diablos, de la alquimia, de la fiebre, del cubo
y del acero. Ese era el respiro,
pero ella le tapó los bronquiolos, le desjarretó el muslo,
y le vegetó los globulos rojos.
Él fue cojeando a buscarla
tras la escalera, pero no la encontró.
Él espero entonces cien largos años,
con libros de tapa dura
y absenta con nombres de vermú,
para que al fin, en una tarde
de gris cadaver, al sonar la sirena
de la despedida de los buques,
aborde el que va más alla de los recuerdos,
al lado de Cáncer. Ya sin mirar atrás.
él le cerró la puerta, era tan solo
cuestión de un momento,
le decía, pero ella se fue. La locura de
los diablos, de la alquimia, de la fiebre, del cubo
y del acero. Ese era el respiro,
pero ella le tapó los bronquiolos, le desjarretó el muslo,
y le vegetó los globulos rojos.
Él fue cojeando a buscarla
tras la escalera, pero no la encontró.
Él espero entonces cien largos años,
con libros de tapa dura
y absenta con nombres de vermú,
para que al fin, en una tarde
de gris cadaver, al sonar la sirena
de la despedida de los buques,
aborde el que va más alla de los recuerdos,
al lado de Cáncer. Ya sin mirar atrás.
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