AlejandroCifuente
Poeta recién llegado
No sé bien en que creer si de pronto los heraldos que amasan nuestro mundo
se estrellan en el rincón donde nacen las madrugadas de vino,
al costado de un vacio lleno de caras desconocidas y de cuerpos con olor a madera
que desvisten sus orejas sordas donde los pájaros tragan un alpiste negro y,
en menos ocasiones, las venas pululan sobre el jarro de cerveza
como pequeños tránsitos purgados en nuestro plato bondadoso.
Pero los claveles se deshojan con sus manos, buscando alguna cuerda
que nuevamente amarre el día desde su sombra más diáfana,
que regresé después de la lluvia a colocar los lunares de la fogata
donde murieron las constelaciones de nuestros párpados anchos.
Sin embargo detrás hay una lámpara que forcejea por su lado más limpio,
una catarata navegando el humo en la penumbra, en nuestro querido horizonte.
Es la puerta que transitan todos los pies descalzos que viven en el fondo de la nada.
se estrellan en el rincón donde nacen las madrugadas de vino,
al costado de un vacio lleno de caras desconocidas y de cuerpos con olor a madera
que desvisten sus orejas sordas donde los pájaros tragan un alpiste negro y,
en menos ocasiones, las venas pululan sobre el jarro de cerveza
como pequeños tránsitos purgados en nuestro plato bondadoso.
Pero los claveles se deshojan con sus manos, buscando alguna cuerda
que nuevamente amarre el día desde su sombra más diáfana,
que regresé después de la lluvia a colocar los lunares de la fogata
donde murieron las constelaciones de nuestros párpados anchos.
Sin embargo detrás hay una lámpara que forcejea por su lado más limpio,
una catarata navegando el humo en la penumbra, en nuestro querido horizonte.
Es la puerta que transitan todos los pies descalzos que viven en el fondo de la nada.