El fuego del ayer

OH CUAM TRISTIS

Poeta recién llegado
No pretendas olvidar las cicatrices de mis caricias,
ni refutes a las horas el tiempo que te dediqué.
Casi me lo creo al pensar que lo recuerdas
y mis lágrimas no dejan de atarme al ayer.

Ese ayer de la mercancía de tus besos
y la venta de rozarme a tu piel
se está muriendo en un frívolo tropiezo
y se levanta en un nocturno amanecer.

Porque eres una llama que arde a tu antojo
y cercenas mis recuerdos con un sablazo de nostalgia,
me atas al destino de mi obviado despojo
enjaulando mi vulnerable perseverancia.

Eres una hoja seca que cruje y no se quema,
que cruje y cruje sin mostrar fragilidad.
Y la ceniza que marcó el fuego de tu condena
te deja libre y te concede impunidad.

No habré de morir recordando,
pero sí amándote sin final ni bordes
y juro que en tu mente sigo estando,
pero claro, tus ojos desmienten el proceder de mis albores.

Ya suena por aquí que te marchas,
y donde más que a las leyendas de mis olvidos
donde no vives sino que ensanchas
hacia tu ser mis deseos más atrevidos.

Te quiero en los brazos y en el alma,
y los malditos recuerdos te desvanecen.
Mas se distingue aún tu dulce aura
en éste corazón que por vos sigue latente.
 

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