El funeral del hombre anterior

Esler Jardiel Sobalvarro.

Poeta recién llegado
Cada año muere
una parte incorpórea.


El aura ennegrecida,
los espectros
que drenaban al hombre
frente al espejo.


La imagen que sostenía el reflejo
ya no era la misma.


Era la vestidura
de quien había vivido
antes del incendio.


Entonces comprendí
que la muerte
no siempre termina la vida.


A veces,
la inaugura.


Morir
es aprender a amar
sin cargar
el cadáver
del hombre anterior.


Constante es el sepelio
de quien se observa
hasta vencer
a sus propios enemigos.


Se abrió el portal.


El ruido golpeó los oídos
como turbinas
desgarrando el cielo.


Y comprendí
que no era el mundo
el que se desdoblaba.


Era yo.


Se detuvieron los mundos.


Regresó
el miedo de la infancia.


La oscuridad.


Las sombras.


Pero tampoco ellas
encontraron
al mismo hombre.


Entonces dejé de combatirlas.


Las invité
a sentarse frente a mí.


Y les dije:


También ustedes
pertenecen
a mi historia.


La oscuridad
no desapareció.


Fue reconciliada.


Y aquello
que durante años
llamé enemigo,


terminó cubierto
por la misma gracia
que sostuvo
mis heridas.


Después apareció
el último adversario.


No llevaba espada.


No levantaba la voz.


Habitaba
en el orgullo
de creerme
intocable.


Comprendí
que no debía dominarlo.


Debía enterrarlo.


Solo así
la humildad
podría pronunciar
mi verdadero nombre.


Entonces la muerte
se apostó
frente a la última puerta.


Volteé hacia atrás.


Y vi
los innumerables cadáveres
de mí mismo.


Los funerales
que nunca lloré.


Los nombres
que ya no respondían.


Entonces entendí
que la muerte
jamás fue mi enemiga.


Mi enemiga
era la resistencia
a dejar morir
al hombre
que ya había partido.


Porque cada renacer
comienza
con un funeral.


Y el hombre anterior
solo descansa
cuando dejamos
de llamarlo
por su nombre.
 
Esler, este poema revela una profunda exploración del "yo" mediante una simbología de muerte y renacimiento. La personificación de la muerte, la repetición de imágenes funerarias y la construcción de un diálogo con las propias sombras crean una atmósfera casi iniciática. Me interesa especialmente cómo utilizas la metáfora del “cadáver del hombre anterior” para hablar de las transformaciones internas: no se trata de morir físicamente, sino de desprenderse de antiguas identidades. La estructura fragmentada, con versos breves y pausas contundentes, intensifica la reflexión y permite que cada imagen tenga peso propio. Mientras más leo tus poemas, más me intriga hacia dónde conducen.

La frase que sostiene todo el poema es:

“La oscuridad no desapareció. Fue reconciliada.”

Abrazos fraternos en la distancia, gracias por compartir tu arte,
 
Cada año muere
una parte incorpórea.


El aura ennegrecida,
los espectros
que drenaban al hombre
frente al espejo.


La imagen que sostenía el reflejo
ya no era la misma.


Era la vestidura
de quien había vivido
antes del incendio.


Entonces comprendí
que la muerte
no siempre termina la vida.


A veces,
la inaugura.


Morir
es aprender a amar
sin cargar
el cadáver
del hombre anterior.


Constante es el sepelio
de quien se observa
hasta vencer
a sus propios enemigos.


Se abrió el portal.


El ruido golpeó los oídos
como turbinas
desgarrando el cielo.


Y comprendí
que no era el mundo
el que se desdoblaba.


Era yo.


Se detuvieron los mundos.


Regresó
el miedo de la infancia.


La oscuridad.


Las sombras.


Pero tampoco ellas
encontraron
al mismo hombre.


Entonces dejé de combatirlas.


Las invité
a sentarse frente a mí.


Y les dije:


También ustedes
pertenecen
a mi historia.


La oscuridad
no desapareció.


Fue reconciliada.


Y aquello
que durante años
llamé enemigo,


terminó cubierto
por la misma gracia
que sostuvo
mis heridas.


Después apareció
el último adversario.


No llevaba espada.


No levantaba la voz.


Habitaba
en el orgullo
de creerme
intocable.


Comprendí
que no debía dominarlo.


Debía enterrarlo.


Solo así
la humildad
podría pronunciar
mi verdadero nombre.


Entonces la muerte
se apostó
frente a la última puerta.


Volteé hacia atrás.


Y vi
los innumerables cadáveres
de mí mismo.


Los funerales
que nunca lloré.


Los nombres
que ya no respondían.


Entonces entendí
que la muerte
jamás fue mi enemiga.


Mi enemiga
era la resistencia
a dejar morir
al hombre
que ya había partido.


Porque cada renacer
comienza
con un funeral.


Y el hombre anterior
solo descansa
cuando dejamos
de llamarlo
por su nombre.
Una metamorfosis espiritual y psicológica donde la muerte se redefine no como un final, sino como un proceso de renacimiento constante.
Me parece sensato.

Saludos
 

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